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Hamnet: sanación de una pérdida irreparable

La película se basa en la novela homónima de Maggie O’Farrel, que imagina el duelo de la familia de Shakespeare por la pérdida de su hijo, sólo que esta vez desde el punto de vista de Agnes, la madre.

Hamnet: sanación de una pérdida irreparable

Hamnet: sanación de una pérdida irreparable

RAÚL MORA

Las manos tiemblan, el corazón se contrae, la visión se ennegrece y la lucidez va destrozándose. Es algo que revuelve el estómago, un malestar que se empeña en quedarse. Un vacío que absorbe cualquier atisbo de alegría. Un sufrimiento que no viene de los nervios del cuerpo porque es un mal encarnado en el alma. Ese dolor ha acompañado a hombres y mujeres a través de los tiempos. Es una prueba de estar vivo, algo ineludible que estamos predestinados a sentir alguna vez. No hay escapatoria, sólo queda canalizarlo para no corroerse, para no sucumbir ante la oscuridad.

Hamnet es una obra que aborda esa tristeza profunda que nace de la pérdida, pero también una de sus posibles y más hermosas sanaciones. Quinto largometraje de la directora china Chloé Zhao (Songs My Brothers Taught Me, 2015; The Rider, 2017; Nomadland, 2020; Eternals, 2021), ha sido protagonista en festivales y en las listas de lo mejor del año, multilaureado y nominado a varias categorías en la próxima entrega de los Premios Oscar.

LA PREMISA

Agnes (Jessie Buckley, con una interpretación impresionante) es una mujer mística con una conexión casi esotérica con la naturaleza, de carácter salvaje y pasional. Conoce a Will (Paul Mescal, con su característica mirada de tristeza) el sensible profesor de latín de sus medios hermanos. Se enamoran, se entregan y se casan. Así conciben a tres hijos: Susanna (Bodhi Rae Breathnach) y los gemelos Judith (Olivia Lyne) y Hamnet (Jacobi Jupe, la gran revelación de la cinta).

La trama tiene su origen en la literatura. En primera porque es una adaptación de la novela homónima de la británica Maggie O’Farrel, en segunda porque imagina a los miembros de la familia del escritor más influyente de habla inglesa: William Shakespeare. Personas perdidas en el tiempo que permiten una construcción guiada por las pocas certezas que se tienen sobre ellos. El filme los reconstruye desde la ternura —desechando algunas tesis académicas que privilegian una visión ascética y misógina del autor— para contar la posible historia que dio origen a una de las mayores obras literarias que el intelecto humano ha creado: Hamlet.

El guion, escrito por Zhao y O’Farrel, se construye en tres actos, modificando la estructura fragmentada por una lineal y ajustando las diferencias de formato entre novela y película. Esto fortalece el punto principal de la historia, pero abandona algunos pasajes fascinantes sobre algunos personajes femeninos.

EL LENGUAJE DE CHLOÉ ZHAO

La cineasta se caracteriza por un tipo de narrativa que se centra en las historias mínimas como parte de escenarios imponentes. En sus anteriores trabajos, estos espacios son paisajes desérticos donde lo pequeño se pierde en la inmensidad de los horizontes. En Hamnet, en cambio, se trata de un ambiente bucólico habitado por Agnes, donde los usuales planos grandilocuentes son menos frecuentes, porque esa inmensidad no se representa desde el paisaje, sino desde la emocionalidad, materializando lo trascendental. Para esto, Zhao recurre al director de fotografía Lukasz Zal (Ida, 2013; Cold War, 2019; The Zone of Interest, 2023), que se enfoca más en personajes pero que dota a los espacios de misticismo: un hogar en luto, un bosque místico, un teatro efervescente...

Algunos acusan a esta narrativa emocional de manipulación barata pornomisérica por una escena en particular, algo que es tabú y muchas cintas evitan mostrar: la muerte de un infante. Pero se presenta de una manera que no resulta en morbo, sumando un simbolismo que hace navegar a la secuencia entre lo poético y lo crudo. Así logra un buen balance. Además, cuenta con una actuación magistral de Jessie Buckley en la más pasional demostración de dolor.

Aun así, Zhao no se libra del todo del sentimentalismo simple, por ejemplo, al usar la música del mítico Max Richter para sazonar sus imágenes. El clímax de la película recicla una pieza del compositor para incrementar la emoción en una escena que no lo necesita.

También, por momentos, la directora cae en su usual contradicción de filmar de una manera preciosista tratando de incorporar movimientos de cámara o planos muy cuidados en momentos de espontaneidad.

Esta acumulación de elementos mancha un poco de artificialidad el resultado final, pero logra que la balanza se incline hacia la naturalidad debido a buenas decisiones como el uso de la luz, que crea imágenes bellísimas como las del bosque o las noches de escritura de Will.

EL DUELO

La escena del deceso antes mencionada es el punto de quiebre de los personajes y la responsable de llevarlos al duelo, cada uno manifestándolo según su naturaleza. Agnes es expresiva, llora con intensidad y entra en una etapa depresiva que se va transformando en rencor hacia su marido, quien pareciera no verse afectado por el dolor. Así se contraponen sus personalidades,representadas por el sobrio pero bello vestuario de Malgosia Turzanska, quien viste a la esposa de rojo y al esposo de azul.

Él no sabe expresar sus sentimientos de manera clara, una característica que pareciera común en el género masculino, por lo que necesita remitirse a la metáfora para definir lo que siente. Ella se abandon; él se sumerge en su trabajo, alejándose de su familia.

El último acto es uno de los momentos cumbre de la obra. En él vemos lo que hizo Will con su dolor: lo moldeó en una obra de teatro, una tragedia. No es una recreación del suceso, sino una exploración del duelo no resuelto, del rencor, de la tristeza  permanente que lleva al individuo a perderse. Plantea la inminente duda de si vale la pena seguir viviendo con el dolor o si es mejor abandonarse. Así, el sufrimiento se transmuta en arte y se sitúa en el inconsciente colectivo, inmortalizando al autor.

Pero la perspectiva que tiene el espectador es la de Agnes, quien, tras enterarse de que su marido creó una obra basada en su pérdida, viajó a Londres con intenciones de reclamo. Sin embargo, una vez ahí, la curiosidad le empuja a ir al teatro. Así la cinta nos muestra la contraparte del romántico proceso artístico: el proceso de ser espectador. Es importante enfatizar esto porque en este punto hay una diferencia notable entre libro y película, a la cual se le ha recriminado que pareciera dar más protagonismo al escritor que el que se le da en la novela, donde ni siquiera se menciona su nombre. No obstante, claramente se privilegia la visión de Agnes sobre la de Will, porque ella se aleja de su mundo de naturaleza y entra a uno que le es totalmente desconocido: el teatro.

La energía del teatro recrea la del bosque, a donde huyó para dar a luz a su primera hija porque ahí se sentía más segura. Sin tener familiaridad hacia el arte, Agnes encuentra en el escenario algo que la mueve desde adentro y entiende que su esposo siente un dolor como el de ella, sanando así su rencor. Además, los otros espectadores que la acompañan en el teatro abarrotado comparten, de cierta forma, su luto. La tristeza se convierte en comunidad y la soledad individual se rompe por la certeza de que los demásla entienden.

El arte es una de las maneras más hermosas que tiene el ser humano de sanar los espasmos del alma. En el preciso instante en que un espectador se da cuenta de que alguien más ya sintió eso que lo está carcomiendo, su soledad se rompe de un modo estrepitoso y, sin importar espacio o tiempo, puede sentirseconectado con la humanidad. 

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