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Hijas de eminencias

Que el autor del Quijote se desentendiera de ella durante los tres primeros lustros de su existencia no propició el apego afectivo.

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ANTONIO ÁLVAREZ MESTA
ANTONIO ÁLVAREZ MESTA

El padre de Malva Marina Trinidad Reyes fue un renombrado poeta y activista político que conquistó merecidamente el Premio Nobel de Literatura en 1971.

Me refiero, por supuesto, a Pablo Neruda. Malva fue la única hija que tuvo con su primera esposa, la holandesa María Antonia Hagenaar, a quien conoció cuando era cónsul en Java. La niña nació con hidrocefalia. El decepcionado padre escribiría: “Mi hija, o lo que yo denomino así, es un ser perfectamente ridículo, una especie de punto y coma, una vampiresa de tres kilos”. Neruda las abandonó cuando la niña tenía dos años. Se desentendió de ambas. La pequeña murió seis años después en la patria de su madre y Neruda jamás la volvería a ver. Federico García Lorca escribió con nostalgia: “Malva Marina, quién pudiera verte/ delfín de amor sobre las viejas olas,/ cuando el vals de tu América destila/ veneno y sangre de mortal paloma”.

Por su parte, Isabel de Saavedra, la hija de don Miguel de Cervantes, fue fruto de la relación extramarital entre el escritor y Ana Franca de Rojas. A la muerte de su madre, Isabel se fue a vivir con su padre, quien la reconoció entonces como hija. Ella ya tenía quince años y la relación jamás fue tersa. La joven contrajo matrimonio, pero enviudó y tuvo amoríos con un hombre casado llamado Juan de Urbina. Cervantes hizo que éste le diera a Isabel una casa y una buena suma de dinero. Ni la hija, ni las hermanas, ni la sobrina de Cervantes tuvieron buena reputación. Los vecinos, de forma despectiva, empleaban el término “las Cervantas” para referirse a ellas asumiendo su falta de moralidad, pues era bien sabido que acostumbraban recibir visitas de varones. Hay que tener presente que Andrea y Magdalena, hermanas del escritor, sacrificaron sus respectivas dotes para pagar el rescate de sus hermanos cuando estuvieron cautivos en Argel. No pudieron casarse. Eso explica —al menos en parte— la tolerancia de don Miguel ante su conducta licenciosa. Lo que es constatable es que Isabel jamás mostró afecto filial ni hizo nada por preservar el legado cervantino. Que el autor del Quijote se desentendiera de ella durante los tres primeros lustros de su existencia no propició el apego afectivo.

En 1868, Laura Marx, contra los deseos de su famoso padre Karl, se casó con el antillano Paul Lafargue. Este hombre, tras ser anarquista por varios años, se volvió socialista y conociendo el peso específico de su suegro no titubeó al proclamarse marxista. Eso a Marx no le gustó y declaró que si Paul era marxista, él, Karl, preferiría no serlo. Paul estuvo casado con Laura hasta la muerte de ambos. Se suicidaron en 1911 porque estaban convencidos de que la vejez solo les causaría estragos. Hicieron el pacto de morir juntos antes de que Paul cumpliera 70 años. Una noche, tras ir al cine y ya en casa, disfrutaron delicias de repostería y bebieron té con ácido cianhídrico. En sus funerales participaron muchas personalidades y el mismo Vladimir Ilich Lenin pronunció un discurso laudatorio.

La más joven de los hijos del creador del psicoanálisis, Anna Freud, también era la más apegada a su padre. Fue psicoanalizada entre 1918 y 1922 por su controvertido progenitor. Años después, cuando este luchaba contra un cáncer de mandíbula, Anna asumió un rol de cuidadora, secretaria, enfermera y protectora de su legado.

Su disciplina y constancia le permitieron brillar con luz propia y se convirtió en pionera del psicoanálisis infantil y en autoridad mundial en los mecanismos de defensa.

En 1925 conoció a Dorothy Burlingham, quien se convertiría en su confidente, colega y asociada. Estuvieron juntas 54 años. A Anna le incomodaban los rumores de que ellas sostenían una relación lésbica y asumió públicamente una postura opuesta a la homosexualidad. Hay quienes afirman, sin embargo, que fueron más bien compañeras de vida o que sublimaron sus inclinaciones amorosas en provecho de su trabajo científico y terapéutico.

La historia de estas hijas revela que la eminencia paterna no garantiza el bienestar. Solamente amplifica tanto la luz como las sombras de la relación paterno-filial.

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