Imagen: Enrique Castruita
En la palabra madre está implicado un viaje de regreso, pero no siempre hacia el origen. En la palabra madre existe también una condición de fragilidad que nos recuerda, de algún modo, que nunca podemos andar solos por el mundo y que no hay forma de que hayamos aparecido así, de la nada; tampoco la poesía. Así, todo poema conlleva una fuerza creadora que tiene algo de fuerza maternal.
La escritura de León Plascencia Ñol en Historial clínico (Ediciones Era, 2024) invoca una maternidad que se desplaza en diferentes tiempos. O será, más bien, que hay tiempos que no terminan nunca de pasar; la poesía los hace vigentes, inagotables, presentes: una maternidad que gradualmente se hace etérea y cada vez más compleja de enunciar.
El autor, nacido en 1968, es poeta, narrador, editor y artista visual. Dirige Nox Escuela de Escritura Creativa y la Editorial Filodecaballos. Fue director de la revista literaria Parque Nandino, de la revista de arquitectura y diseño México Design y de la revista digital La Zona. Fue becario en el programa Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA) durante dos periodos y disfrutó de residencias artísticas otorgadas por el Ministerio de Cultura colombiano (2004) y el Instituto de Traducción Literaria de Corea (2007 y 2012). Historial clínico es posiblemente su entrega más personal.
LA ESCRITURA
Al inicio del libro aparece una especie de nota del autor titulada Introito. Si bien este apunte queda al margen de las demás secciones, representa un texto importante para orientar la lectura, pero sobre todo para sugestionarla. Desde ahí, León Plascencia ofrece un vistazo de la profundidad de la obra y establece, sin muchos reparos, una realidad determinante: se trata de un relato íntimo y tan verdadero como el poema lo permite. Por supuesto, casi todo texto poético contiene las verdades y los secretos de sus autores y autoras; revela, de cierta manera, sus inquietudes, sus fijaciones y, claro, sus dolores.
Sin embargo, esta nota introductoria es especial debido a que funciona, de igual forma, como una declaración rotunda sobre lo que se está exponiendo: una postura estética, pero también humana y honesta. Informa al lector que la madre padeció una enfermedad y que el hijo padece el lenguaje. Nos enteramos de una comunicación sobrenatural y onírica entre ambos. Existe entre ellos una dislocación del tiempo.
La primera sección del libro, “Gramática”, puede verse como un registro de llamadas telefónicas que la voz poética sostiene con su madre. Lo interesante de estos diálogos son las dimensiones que alcanzan a cubrir: se trasladan de un pasado lúgubre hacia los sueños, la memoria y, sobre todo, hacia un presente doloroso y tambaleante. Una característica que vale la pena mencionar respecto a estas charlas es lo que provoca la voz lejana de la madre al otro lado de la línea: es como si suspendiera el momento; una pausa.
Mientras ocurren las conversaciones, el hijo percibe su entorno con mayor intensidad y se forma, por decirlo de alguna manera, una segunda conciencia que registra los pájaros que vienen, los que se van, los colores y formas en cuadros de pintura, la televisión, la música, los libros, los recuerdos y una divagación que se detiene en la parte blanca de la memoria.
La conclusión de esta primera parte, al igual que de algunas otras, es precisamente lo níveo, que se convierte en un motivo recurrente. El poeta nos ofrece la blancura como una experiencia entre la vida y la muerte: “cuando muera —me dice mi madre— quiero descansar en un paisaje blanco, que todo sea blanco, también la muerte, como en mi sueño”. De esta forma, el discurso poético se torna hacia una palidez peligrosa y delirante que permite a los personajes y objetos trasladarse del hogar al inframundo de los hospitales.

EL OTRO LENGUAJE
Un rasgo importante de Historial clínico es su claridad desafiante, que rechaza conclusiones elevadas o metáforas inalcanzables. Se nota una intención por evadir las exageraciones, los chantajes y retóricas que no alcanzan a sostener emociones así de complejas. Se trata de un conjunto de textos sobrios y puntuales que se encargan de nombrar lo que fue; que a veces rayan en lo narrativo y anecdótico, pero aun así no dejan de evocar imágenes de un anhelo incalculable.
La segunda sección, “El último cumpleaños”, se conforma de once ejercicios poéticos que consisten en enlistar objetos que, distribuidos a lo largo del verso, generan una atmósfera de enfermedad más palpable. Las cosas que se enumeran no siempre son objetos sólidos; a veces se agrupan los sonidos de las máquinas y dispositivos clínicos, o algunos gestos y sensaciones que se materializan en la realidad de la lectura: “Había una conciencia finita, una serie de rastros, una carta para después, las raíces de la caricia. Había la laguna distante, el río de aguas lodosas, las sombras de luz, había”.
Uno de los grandes logros de esta obra se hace más notorio en su parte media: el autor conjuga dos lenguajes. Primero, el literario, ese que se desplaza entre lo narrativo y lo poético; después, el médico, el cual, como se sabe, es más rígido y gélido. Lo que ofrece León Plascencia es una combinación de ambos registros en la que, de forma elegante y precisa, se empalman las subjetividades y la experiencia individual con datos numéricos, con especificaciones clínicas y con el nombre de medicamentos, los cuales más que sonar a cura, delatan la muerte: “Los brazos de mi madre se volvieron transparentes debido a las múltiples inyecciones y a la anemia que la consumía. Podían verse las venas como ríos minúsculos que surcaban un continente”.
La voz lírica reconoce este código hospitalario como una lengua ajena en un diálogo que no se puede sostener, solo tolerar. Es a partir de esta extrañeza que se puede comprender lo difícil de la enfermedad y ese dolor que se expande en los siguientes fragmentos del libro.

LOS PASILLOS
Los poemas cumplen una función fotográfica donde cada verso, identificado con un número al inicio, corresponde a una imagen única e independiente en la que se propone un paisaje, un acercamiento, una evocación a un pasado que se vislumbra entre el gris y lo blanco. Ese álbum familiar contiene días en la autopista y en la playa al mismo tiempo que momentos en el hospital sin luces y en pasillos repletos del silencio de los fantasmas. Hacia el final del libro, la lluvia cae y todas esas postales del pasado quedan sumergidas en una inundación que se siente como la muerte invadiendo una casa.
Historial clínico es un cuaderno de ejercicios literarios que, desde diferentes técnicas y aproximaciones, intenta descifrar la enfermedad y el duelo. Se trata de un diagnóstico inquieto, de un testimonio que se renueva en el síntoma de la poesía. León Plascencia Ñol nos ofrece un experimento íntimo que nace, como casi todas las cosas, en la palabra madre.