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Historias del Orgullo en La Laguna: Lourdes Reveles y el proceso de abrazar la transición de su hijo Anderson

Historias del Orgullo en La Laguna: Lourdes Reveles y el proceso de abrazar la transición de su hijo Anderson

Historias del Orgullo en La Laguna: Lourdes Reveles y el proceso de abrazar la transición de su hijo Anderson

DANIELA CERVANTES

La primera vez que Lourdes Irene Reveles Martínez regaló un abrazo a un desconocido llevaba un cartel de cartulina entre las manos. De un lado había escrito una frase sencilla: “Abrazos de mamá gratis". Del otro, un mensaje de apoyo a la comunidad LGBTTTIQ+.

Recuerda que un muchacho la abrazó llorando. Después llegó una chica. Más tarde, otro joven que apenas alcanzó a decirle "gracias". Lourdes los estrechó como si los conociera de toda la vida. No preguntó nombres ni historias. Sólo se limitó a entender que a veces, un abrazo podría ser la razón de alguien para aferrarse a la vida.

Cada junio, mes que en marca el Día Internacional del Orgullo Gay, Lourdes vuelve a pensar en aquellos abrazos, y trata de sumarse, de alguna manera, a la lucha por la diversidad.

No lo hubiera imaginado, hace no mucho, Lourdes no sabía muchas cosas, por ejemplo que había personas que tenían que marchar para exigir derechos y respeto. No lo sabía hasta que un día su hija llegó para decirle que no era ella, sino él.

La frase la desarmó, pero el amor la movilizó. Desde ese día Lourdes decidió apoyar la transición de su hijo.

Una transición familiar

Hace cinco años, Lourdes no sostenía carteles ni hablaba sobre diversidad. Era dueña de un pequeño emprendimiento y vivía inmersa en la rutina de sacar adelante el negocio y criar a sus dos hijos.

Fue en plena temporada de graduaciones, cuando el trabajo parecía no terminar nunca, que Anderson, quien entonces todavía llevaba el nombre con el que nació, se acercó para decirle algo.

—Mamá, ya no quiero que me llames así.

Lourdes apenas levantó la vista.

—Ahorita no. Déjame pasar estos días porque tengo mucho trabajo.

La respuesta fue breve. Casi automática.

Pero durante los siguientes tres días el silencio creció entre los dos. Mientras Lourdes atendía pedidos y resolvía pendientes, su hijo creyó que acababa de ser rechazado por la persona cuya aceptación más necesitaba.

Ella, en cambio, vivía otro tipo de silencio. "No era rechazo", dice ahora. "Yo estaba completamente choqueada."

Todavía hoy puede recordar esa sensación de vacío. Como si el tiempo hubiera decidido detenerse justo después de aquella frase.

Cuando por fin terminaron los días más pesados de trabajo, lo llamó para conversar.

—Ahora sí, explícame qué está pasando.

Entonces escuchó una historia que llevaba años gestándose en silencio.

Desde hacía mucho tiempo, Anderson no se reconocía en el género con el que había crecido. Nunca había encontrado palabras para decirlo, pero sí una incomodidad constante que lo acompañaba desde niño. Había llegado el momento de nombrarla.

Quería vivir como el hombre que siempre había sentido que era.

Lourdes no gritó. No lloró. No le pidió que abandonara la casa. Pero tampoco comprendió de inmediato lo que estaba ocurriendo.

"Yo pensaba que era la adolescencia", recuerda. "Creí que podía ser una etapa."

Antes de compartir la noticia con alguien más, habló con su entonces esposo.

"Le dije: 'Mira, salió con esto'. Pero para mí seguía siendo mi niña."

Esa palabra —niña— aparece varias veces durante la conversación. No porque Lourdes quiera desconocer la identidad de su hijo, sino porque describe con honestidad el lugar emocional desde el que comenzó su propio proceso.

Mientras Anderson daba el paso de reconocerse públicamente como un hombre trans, ella intentaba despedirse de la hija que había imaginado durante quince años.

"Para mí fue un duelo." Lo dice sin dramatismo.

Como quien por fin encontró el nombre correcto para explicar una emoción antigua.

"Nadie habla de eso." Cuando nace un hijo, dice Lourdes, nadie advierte que un día quizá también habrá que aprender a conocerlo de nuevo.

Uno imagina nombres, futuros, fotografías. Hasta conversaciones que todavía no ocurren.

Construye una idea de esa persona mucho antes de que tenga edad suficiente para decir quién es realmente. Por eso el desconcierto.

"No es que dejes de quererlos. Es que tienes que volver a aprender todo. Su nombre. Cómo hablarle. Cómo presentarlo. Cómo entenderlo."

Hace una pausa. "También es una transición para nosotros." Esa parte casi nunca aparece en las campañas, en las noticias ni en las marchas. La atención suele concentrarse —con razón— en las personas trans y en la discriminación que enfrentan.

Mucho menos se habla de las familias que necesitan información para acompañarlas.

"Los que estamos detrás también necesitamos apoyo".

Anderson tenía 16 años cuando comenzó aceptarse tal cual era, hoy, a sus casi 20 años, entiende que todo había sido más complejo si su madre no lo hubiere apoyado.

Red de apoyo

En el caso de Lourdes había otro elemento que hacía más urgente cualquier decisión. Anderson vivía con distimia. Ella conocía demasiado bien los días en que la depresión parecía ocuparlo todo.

Había visto cómo una tristeza persistente podía apagar el ánimo de una persona durante meses. Entonces comenzó a hacerse una pregunta.

“¿Y si no lo apoyo?”. La respuesta la aterrorizó.

"No hablo de que se fuera de la casa", aclara. "Hablo de que se fuera de este mundo."

Aquella idea terminó por mover todas las demás. El miedo dejó de ser perder a la hija que había imaginado.

El verdadero miedo era perder al hijo que tenía enfrente. "Yo preferí darle ese pequeño luto a mi hija", dice mientras baja la voz. "Y darle la bienvenida a él. Para no perderlo."

La transición de Anderson ocurrió en una sociedad que todavía castiga la diferencia.

Primero se cortó el cabello. Después eligió un nombre construido a partir de la combinación de su antiguo nombre y sus apellidos.

Más tarde comenzaron las explicaciones. Las miradas. Las correcciones. Las preguntas de desconocidos.

En la escuela llegaron las agresiones. Le rompieron su computadora. Sufrió bullying. También abuso. La violencia terminó por expulsarlo de las aulas antes que cualquier decisión académica.

Continuó estudiando desde casa. Ni siquiera internet resultó un refugio. Las redes sociales replicaron el mismo acoso. "Todo por ser él mismo", resume Lourdes.

La familia también necesitó ayuda. Gracias a la activista Paola Valentino encontraron un psicólogo especializado en personas trans.

Las consultas dejaron claro que la transición no era un asunto individual. Anderson necesitaba herramientas.

Su hermana menor también. Lourdes descubrió que ella cargaba preguntas que nadie parecía dispuesto a responder.

¿Cómo acompañar sin invadir? ¿Cómo respetar los tiempos? ¿Cómo enfrentar el miedo? ¿Cómo equivocarse sin dejar de amar?

“Es muy difícil intentar entenderlos cuando nadie te enseña”, expresa Lourdes

Construir un lugar seguro

Hubo otro duelo. Esta vez con parte de su propia familia. Algunos seguían llamando a Anderson por el nombre que había dejado atrás.

Otros insistían en hablar de él en femenino. "Si eres parte de la familia, por lo menos hay que hacer el esfuerzo."

Lourdes tomó una decisión que todavía duele recordar. Se alejó. No porque hubiera dejado de quererlos. Sino porque necesitaba construir un lugar donde su hijo pudiera sentirse seguro.

Ese lugar terminó convirtiéndose en una cafetería. Hoy Anderson trabaja ahí como barista. La cafetería nació pensando en darle una oportunidad laboral.

Con el tiempo se convirtió en algo mucho más grande. Hasta ahí llegan estudiantes. Parejas del mismo sexo. Familias tradicionales. Personas trans. Clientes que llegan únicamente porque saben que nadie los observará con desconfianza.

Lourdes comparte que D'REV Coffe, es más que una cafetería, porque representa un esfuerzo para brindar apoyo, protección y una oportunidad para Anderson y para todo aquel que necesite un poco de comprensión ante el caos que puede representar el ser distinto.

“Aquí todos pueden ser ellos mismos”. Lo dice sin convertirlo en eslogan. Lo dice porque conoce el precio que puede tener no poder hacerlo.

Amor incondicional

Cinco años después de aquella conversación, Lourdes ya casi no recuerda el nombre con el que registró a Anderson cuando nació. En cambio recuerda perfectamente la primera vez que volvió a verlo tranquilo.

"Antes era muy enojón", dice. "Vivía frustrado".

Ahora sonríe más. Habla más. Sueña más. Y entonces comprende que aquel duelo nunca tuvo que ver con perder una hija.

Tuvo que ver con despedirse de una expectativa para conocer, por fin, a la persona que siempre había estado frente a ella.

Por eso convirtió una cafetería en refugio. Por eso insiste en hablar de las familias cuando casi todas las conversaciones se concentran en otro lugar.

Porque sabe que detrás de cada transición hay madres y padres aprendiendo a amar de una forma distinta. Y porque, si alguien le pregunta qué hizo para acompañar a su hijo, Lourdes siempre termina respondiendo con la misma frase: "Yo preferí darle la bienvenida a él. Para no perderlo".

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