EDITORIAL Caricatura editorial columnas editorial


Hubris

Denise Dresser

ÁTICO

Las grandes potencias no caen porque otros las destruyan sino porque dejan de entender cómo funciona el poder. Reemplazan estrategia con espectáculo.

Los griegos tenían una palabra para describir la arrogancia de quienes se sienten invulnerables: hubris. Era más que soberbia. Era la convicción de que el poder propio podía derrotar cualquier límite, ignorar cualquier advertencia y desafiar cualquier realidad. Era el pecado de los héroes trágicos; el defecto que precedía a la caída. La enfermedad de quienes terminaban creyéndose dioses. La política de Donald Trump hacia Irán es un manual contemporáneo del hubris.

Después de meses de amenazas, bombardeos, despliegues militares y discursos grandilocuentes, Estados Unidos termina donde comenzó: negociando con el mismo régimen que prometió doblegar. Después de una guerra que consumió recursos, prestigio y capital político, Washington se encuentra discutiendo un acuerdo que deja abiertos muchos de los problemas que supuestamente justificaron el conflicto. La pregunta es sencilla ¿qué ganó EU?

No eliminó el programa nuclear iraní. No produjo una rendición. No transformó al régimen. No destruyó la influencia regional de Teherán. No modificó de manera permanente el equilibrio estratégico de Medio Oriente. El problema central del enriquecimiento de uranio sigue ahí. La capacidad de presión iraní sobre Ormuz sigue existiendo. La amenaza que justificó la guerra no desapareció; simplemente fue pospuesta.

Y existe una ironía aun más profunda. Trump aseguró que estaba ayudando a liberar al pueblo iraní, pero ocurrió exactamente lo contrario. La guerra fortaleció a quienes debía debilitar. Los sectores más radicales del régimen encontraron la excusa perfecta para consolidar su poder. Mientras Washington hablaba de libertad, aumentaba la represión. Mientras Washington hablaba de democracia, la teocracia militar reforzaba su control.

Trump ha concebido la política exterior como una sucesión de amenazas, impulsos y demostraciones de fuerza. Cree que la incertidumbre es una estrategia. Cree que intimidar es una estrategia. Cree que proyectar agresividad es una estrategia. Y ya vimos los resultados. Había un plan para bombardear. Había un plan para amenazar. Había un plan para escalar. Lo que nunca pareció existir fue un plan creíble para el día después. Y ahora el propio acuerdo corre peligro. Los ataques israelíes en Líbano posteriores al cese al fuego han vuelto a tensar la situación regional. Netanyahu actúa como quiere, donde quiere, como quiere, ignorando a su supuesto amigo. Un "Memorándum de Entendimiento" que depende de actores que ni siquiera controlan plenamente a sus propios aliados es cualquier cosa menos una demostración de fortaleza.

Por eso es tan relevante la advertencia del historiador Timothy Snyder, quien ha descrito el momento actual como un caso de "superpower suicide": el suicidio de la superpotencia. Y ese es el caso de EU hoy. Una potencia que debilita alianzas, erosiona su propia credibilidad y convierte ventajas estratégicas en derrotas autoinfligidas. Como bien demuestra la historia, grandes potencias a veces se derrotan a sí mismas. No caen porque otros las destruyan. Caen porque dejan de entender cómo funciona el poder. Porque confunden miedo con respeto. Porque sustituyen instituciones por impulsos. Porque reemplazan estrategia con espectáculo.

Los griegos sabían que el hubris siempre termina convocando a Némesis. La arrogancia llama a su propio castigo. La soberbia fabrica su propia ruina. Y Donald Trump parece empeñado en demostrarlo. Todo lo que toca termina deteriorándose. Convirtió el Partido Republicano en un culto personal. Transformó la verdad en una mercancía negociable. Ha erosionado alianzas construidas durante generaciones. Ha degradado la reputación internacional de Estados Unidos. Hasta los símbolos terminan sometidos a su compulsión destructiva: el Jardín de las Rosas removido para satisfacer su estética de concreto, la histórica "Reflecting Pool" repintada y ahora arruinada, la Casa Blanca convertida en escenografía de lucha para su cumpleaños. Todo acaba subordinado a él. Todo termina empequeñecido por él.

Eso es el hubris. Pensar que el poder exime de la realidad. Pensar que bombardear sustituye planear. Pensar que el pedestal es permanente. Hasta que llega el momento en que la estatua empieza a resquebrajarse. Y cuando cae una superpotencia víctima de su propia arrogancia, el problema no es sólo la caída. El problema es que nadie sabe quiénes acabarán sepultados bajo los escombros.

Leer más de EDITORIAL / Siglo plus

Escrito en: Mhoni Vidente Signo del zodiaco Horóscopo Astrología

Comentar esta noticia -

Noticias relacionadas

Siglo Plus

+ Más leídas de EDITORIAL

LECTURAS ANTERIORES

Fotografías más vistas

Videos más vistos semana

Clasificados

ID: 2484837

elsiglo.mx