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WALTER SALAZAR

HACER PONIENTE EN TIEMPOS DE VIOLENCIA

Entre 2006 y 2015 la región lagunera, y en particular Torreón, atravesó uno de los periodos más violentos de su historia reciente. La llamada "guerra contra el narcotráfico" no fue un fenómeno abstracto ni lejano: se encarnó en colonias concretas, en calles específicas y en cuerpos jóvenes que cargaron con el mayor costo. El poniente de la ciudad fue uno de esos territorios marcados por la violencia extrema y sostenida.

Fue en ese contexto que participé en una investigación realizada en el sector poniente de Torreón, cuyos hallazgos quedaron plasmados en el capítulo "Notas para desbordar la violencia: el hacer poniente de la juventud como expresión de rebeldía anticapitalista", incluido en el libro Levantar el Poniente. Acerca de la juventud: identidades y violencias en el sector poniente de Torreón (2015).

Durante aquellos años el poniente de la ciudad fue descrito, casi de manera exclusiva, como sinónimo de riesgo, marginación y violencia. Desde fuera se le redujo a cifras, mapas delictivos y notas rojas. El discurso institucional lo clasificó como "polígono prioritario", una etiqueta que lejos de transformar las condiciones estructurales terminó reforzando estigmas. Parecía que en ese territorio sólo había lugar para la violencia.

Sin embargo, la investigación mostró otra dimensión del poniente. Incluso en los momentos más crudos, cuando los enfrentamientos armados y los operativos formaban parte de la vida cotidiana, también existieron esfuerzos por sostener la vida en común. Precisamente eso es a lo que algunos jóvenes llamaron hacer poniente.

No se trató de un programa gubernamental ni una política pública: hacer poniente fue una práctica habitual impulsada, sobre todo, por jóvenes que se negaron a asumir la violencia como destino único. A través del arte, la música, la apropiación del espacio público y la organización barrial, construyeron vínculos, redes de apoyo y formas de comunidad en un contexto atravesado por el miedo.

Desde la investigación estas prácticas pueden leerse como actos de resistencia cotidiana. No una resistencia épica, sino una que se juega en permanecer, encontrarse y crear en un territorio marcado por la exclusión. Hacer poniente fue -quizá aún lo es- una forma de disputar el sentido del espacio frente a un modelo que produce precariedad y luego responsabiliza a los territorios de sus propias heridas.

Volver hoy a estas reflexiones no es un ejercicio nostálgico: es una manera de ampliar la memoria colectiva sobre el poniente de la ciudad, que más allá de un escenario de victimización, constituyó un espacio de agencia, dignidad y creación comunitaria.

Tal vez uno de los aprendizajes más importantes que dejó esa investigación sea que incluso en contextos de violencia extrema, la vida insiste, y cuando insiste en colectivo, abre la posibilidad de pensar otros presentes y otros futuros para la sociedad.

¡Hasta encontrarles a todes!

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