En los últimos años, hablar de innovación educativa se ha vuelto casi obligatorio. Planes estratégicos, discursos institucionales, nuevos planes de estudios, acuerdos gubernamentales y proyectos académicos colocan la palabra "innovación" como una meta permanente. Sin embargo, en la práctica, con frecuencia se reduce a un sólo significado: incorporar tecnología. Aulas con pantallas, plataformas virtuales, aplicaciones y laboratorios digitales suelen presentarse como sinónimo de transformación o innovación educativa. Pero ¿realmente innovar es sólo digitalizar, es sólo incorporar las TIC´s?
Se argumenta en muchos foros que los procesos educativos deben ir más allá de la transmisión de conocimientos, integrar una formación ética y una cultura de la innovación profunda que promueva la justicia social, ambiental, económica y epistémica. Desde esta perspectiva, Castillo Ceja afirma que se requiere además de una ética educativa alineada con la Carta de la Tierra que contribuya significativamente a formar una ciudadanía del mundo comprometida con un futuro justo, libre, solidario, pacífico y sustentable.
La experiencia cotidiana demuestra que hoy en día se encuentran espacios educativos altamente equipados donde la lógica de enseñanza sigue siendo la misma de hace décadas: clases expositivas, estudiantes pasivos y evaluaciones centradas en la memorización. La tecnología, en estos casos, sólo reemplaza al gis, al plumón o al proyector, sin modificar de fondo la experiencia de aprendizaje. Esta situación no es menor, porque genera la ilusión de cambio sin que exista una transformación real.
La educación enfrenta ahora múltiples desafíos en el contexto global marcado por la desigualdad, la pobreza, la crisis ecológica, el nuevo orden económico internacional y la pérdida de sentido colectivo. La instrumentación del conocimiento, el enfoque utilitario de la investigación y la mercantilización del proceso educativo, han contribuido a una desconexión entre el saber académico y los valores fundamentales de la humanidad. Frente a este panorama, se vuelve urgente repensar la innovación educativa, no como complemento, sino como un eje estructurante de todo proceso formativo y de investigación.
Desde esta perspectiva, innovar significa transformar las prácticas de enseñanza y aprendizaje. Metodologías como el aprendizaje situado, el aprendizaje basado en proyectos, el aprendizaje-servicio, el trabajo colaborativo, la resolución de problemas o las aulas invertidas buscan colocar al estudiante en el centro del proceso, no como receptor de información, sino como protagonista de su formación. Estas estrategias promueven la curiosidad, el pensamiento crítico, la creatividad y la capacidad de aplicar conocimientos en situaciones reales. Aquí si hay innovación educativa y se puede dar una seria transformación.
Hablar de innovación educativa también exige un enfoque social. No toda innovación es valiosa por el simple hecho de ser nueva. Una innovación con sentido es aquella que contribuye a reducir brechas, a atender la diversidad, a incluir y a garantizar que nadie quede fuera del proceso educativo. Esto implica diseñar experiencias accesibles, incluyentes, no discriminatorias, considerar distintas formas de aprender y ofrecer apoyos diferenciados. Innovar, entonces, es también un acto de justicia.
Innovar no es una meta que se alcanza y se archiva; es un proceso permanente. Supone apertura al cambio, disposición a evaluar lo que funciona y lo que no, y valentía para abandonar prácticas que ya no responden a las necesidades actuales. Quizá el mayor acto de innovación educativa hoy no sea instalar más pantallas o digitalizar la educación, sino atrevernos a replantear nuestras certezas sobre cómo se aprende. Porque innovar, en esencia, es humanizar la educación.
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