En alguna ocasión abordé el proceso, no sólo del envejecimiento de mi padre, sino de lo que para él ha de significar acompañar a mi madre que padece demencia, con la complejidad que implica que a veces esté consciente y pueda comunicarse verbalmente, aunque no tan bien como solía hacerlo antes. Sin embargo, esos episodios son cada vez más esporádicos. No obstante, él permanece a su lado.
Aunque cuenta con apoyo para el cuidado diario, es testigo del deterioro cognitivo y físico de ambos. Día tras día envejecen más y van perdiendo mucho de lo que fueron, sin dejar de ser ellos.
Veo con claridad que para mi papá el síndrome del cuidador es evidente, y además atraviesa un doble duelo: por estar casi solo en su matrimonio, viendo que ella aún existe, pero pocas veces lo "visita", y también el de la incertidumbre de no saber qué sucederá, quién partirá primero y cómo será cuando uno de los dos falte.
En matrimonios tan longevos como el de mis padres, de esos que ya no se ven, que llegaban a las bodas de diamante (60 años), titanio (70) o brillantes (75), la viudez suele ser corta, pues en realidad, al fallecer uno de los dos, habrá partido la persona con la que más tiempo se ha vivido, esa que le daba sentido a cada día (después de que los hijos se han ido).
Por eso creo que el duelo del cuidador es doblemente intenso, y es posible que se vea atormentado por algo de culpa, ya que, si bien es una circunstancia que será de la forma y en el momento en que Dios quiera, como humanos no dejamos de soñar con que exista la "mejor" manera.
Mi padre ha menguado mucho en su fuerza y vitalidad. No sé qué tanto sea por cuidar a mamá y qué tanto por su propia edad.
Para todos aquellos que son cuidadores de un adulto mayor, sin importar la edad, el agotamiento mental, emocional y físico en verdad es fuerte. Es una tarea llena de satisfacciones, y a la vez de desvelos y preocupaciones.
Los que hemos vivido la experiencia de ser padres, y en particular las madres, conocemos bien ese cansancio de los primeros meses, de dormir poco y sentir un agotamiento extrañamente bonito.
En esta etapa, como cuidadores, sucede algo similar, con la diferencia de que ser cuidado no incrementa las capacidades ni desarrolla más habilidades, sino todo lo contrario. Así que el cuidador de un adulto mayor inicia un día y terminará hasta que Dios lo disponga o se renuncie.
Eventualmente nos hemos preparado para algunas de las etapas de la vida. Tal vez hasta hemos imaginado nuestra propia vejez, pero ¿de veras nos estamos preparando? ¿Contaremos con alguien a nuestro lado? ¿Nos tocará cuidar a alguien? ¿Dispondremos de recursos suficientes? ¿Conservaremos la autonomía necesaria?
Estas preguntas y muchas más tienen su respuesta en qué tan positivos han sido nuestros hábitos, esos que llamamos de higiene, cuyo objetivo primordial es preservar la salud.
En ocasiones escucho a mi papá recordar planes que no se concretaron porque siempre hubo algo qué hacer que lo impidió o postergó para un "después" que no llegó. Cabe reflexionar en ello desde nuestra propia vida.