Mucho se ha hablado del modelo educativo que impulsa la Nueva Escuela Mexicana que, según la SEP, busca la formación integral de los estudiantes. Anteriormente, los planes de estudio a nivel básico y medio incluían asignaturas relacionadas con la educación cívica, un valor que se ha ido diluyendo como componente indispensable en la formación del ciudadano. Durante décadas, el civismo incluido en los planes educativos no sólo transmitió conocimientos acerca de normas, derechos y obligaciones, sino que también fomentó valores como respeto, responsabilidad, honestidad y participación democrática, indispensables para garantizar una convivencia armoniosa, respetuosa y solidaria, privilegiando el bien común y la cultura de paz.
La educación cívica permite el desarrollo de competencias éticas y sociales que contribuyen a que las nuevas generaciones ejerzan su libertad con responsabilidad. La falta de esta formación se refleja en las actitudes que diariamente observamos en la población y que por desgracia ya hemos normalizado: no respetar cajones de estacionamiento para personas con discapacidad; llenar la ciudad de basura, para luego quejarnos y culpar al gobierno en turno; falta de cultura vial, que además se traduce en la creciente agresividad de los conductores y el preocupante número de accidentes; maltrato a animales y despilfarro de recursos naturales, por sólo mencionar algunas.
La desaparición progresiva del civismo como materia independiente también impacta en la convivencia escolar. La formación en valores cívicos contribuye a prevenir fenómenos como acoso, discriminación y violencia entre quienes integran la comunidad escolar. Cuando los estudiantes reflexionan en torno de la importancia del respeto y la dignidad humana, desarrollan empatía y habilidades para resolver conflictos de manera pacífica. Más allá de transmitir saberes técnicos, la escuela debe formar ciudadanos capaces de interactuar en sociedades diversas y complejas. Si bien es cierto que la educación empieza en casa y se complementa con la adquirida en la escuela, muchas veces pareciera que se contraponen, tendencia que plantea profundas interrogantes sobre el tipo de ciudadanía que se está construyendo y las consecuencias sociales a largo plazo.
Aunado a lo anterior, el contexto contemporáneo exige ciudadanos capaces de hacer frente a desafíos globales como la desinformación digital, la polarización política y la crisis ambiental. La educación cívica ofrece herramientas para analizar críticamente la información y participar de manera responsable en espacios públicos, incluidos los entornos digitales. En una era dominada por redes sociales y constantes flujos de información, la ausencia de instrucción cívica puede facilitar la propagación de discursos de odio o noticias falsas. En definitiva, revalorar el civismo implica reconocer que la educación cívica no es un complemento opcional, sino un pilar esencial para forjar sociedades más justas, participativas y solidarias.