El pasado 27 de marzo de 2026 se llevó a cabo la primera sesión de este año del Seminario Permanente Devenires Críticos contra la Opresión. Más de veinte personas entre estudiantes, docentes, activistas y público en general nos reunimos para conversar sobre la Introducción de Marcos de guerra de Judith Butler. La discusión partió de la pregunta: ¿por qué algunas vidas importan y otras no?
La propuesta de Butler permite entender que esta diferencia se produce socialmente. Todas las personas compartimos una condición de vulnerabilidad, una fragilidad que nos hace dependientes de otros. Sin embargo, esa vulnerabilidad se vive de manera desigual. Hay vidas más expuestas a la violencia, al abandono o a la muerte. A esta diferencia Butler la llama precaridad. Esta desigualdad no surge por sí sola. Se construye a través de marcos sociales, políticos y culturales que influyen en lo que vemos, sentimos y consideramos importante. Esos marcos funcionan como filtros que determinan qué vidas se reconocen y cuáles quedan fuera.
Cuando llevamos esta idea al contexto mexicano, la conexión es clara. La desaparición de personas muestra cómo operan estos marcos. No solo se trata de la ausencia física, también hay una invisibilización que ocurre en el lenguaje, las instituciones y la opinión pública. Expresiones como "en algo andaban" reducen la empatía social. Los procesos largos para denunciar o identificar restos, junto con la forma en que los casos se diluyen en cifras, debilitan el reconocimiento de esas vidas. Así, la precaridad se sostiene mediante prácticas que normalizan la indiferencia.
Algo similar ocurre con personas migrantes, comunidades indígenas, habitantes de periferias o sujetos de la diversidad sexogenérica. Las violencias que enfrentan suelen generar reacciones limitadas. A veces decimos "qué mal" y seguimos adelante. En otros casos, cuando las víctimas encajan en ciertos parámetros, la indignación crece y se vuelve mediática. Esa diferencia muestra cómo funcionan los marcos que organizan nuestra percepción cotidiana.
En las guerras actuales también se observa este fenómeno. Algunas muertes ocupan titulares y provocan reacciones globales, mientras otras se integran a la rutina informativa. La diferencia no está en el dolor, sino en las condiciones que permiten que esas vidas sean vistas y percibidas como vidas plenas.
La reflexión que dejó el seminario apunta hacia un reto mayor. El problema no se resuelve solo incluyendo más vidas dentro de los marcos existentes, ya que estos pueden seguir dejando a otras fuera. La invitación es a pensar en referentes más abiertos, no determinados por intereses económicos o políticos, que permitan reconocer la vida en su diversidad. Esto implica cuestionar estructuras como el capitalismo, el patriarcado y la colonialidad.
Hablar del reconocimiento de la vida hoy es urgente. En ello se juega la posibilidad de construir una sociedad donde nadie tenga que demostrar que merece ser visto, nombrado o llorado. ¡Hasta encontrarles a todes!
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