LA VOZ DE DEISY
Hace unos días vi una entrevista que le realizaron a Ingrid Betancourt, secuestrada por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) junto con su colaboradora Clara Rojas, hace 24 años. En el encuentro habló sobre el cautiverio que sufrió durante más de seis años, las personas con las que interactuó, el ansiado momento de su liberación, las controversias en las que se ha visto envuelta, y hasta el mediático rompimiento de su matrimonio. Como siempre, Betancourt narró los hechos con el estoicismo y la parsimonia que la caracterizan, hasta que su voz se quebró al mencionar el nombre de otra víctima del conflicto armado.
Deisy Guanaro tenía solo once años de edad cuando miembros de las FARC irrumpieron en su hogar, encañonaron a su madre y le arrebataron a la niña en medio de la noche. Histérica y golpeada, la mujer salió a la calle y gritó pidiendo ayuda, mientras desaparecía el vehículo en el que metieron a Deisy, para ser trasladada a un campamento donde fue amarrada mientras se preguntaba cuál sería su destino.
Con un nuevo nombre, Deisy fue obligada a caminar durante ocho días por parajes desconocidos e inhóspitos, hasta que sus pies sangraron y su pequeño cuerpo iba perdiendo las fuerzas con cada paso que daba. De pronto, se vio rodeada por guerrilleros y un grupo de cerca de 180 niños que, como ella, lloraban y pedían auxilio sin recibir una respuesta. Uno de los hombres la apartó del grupo, le exigió que se quitara la ropa y la obligó a quedarse callada. Ahí empezó la tortura, la extrema violencia física y psicológica que la niña soportó, mientras desesperadamente intentaba recordar aquella canción que su madre tarareaba cuando se sentía triste.
A los trabajos forzados se añadieron las violaciones y torturas diarias por parte de guerrilleros embrutecidos por el alcohol y las drogas. Y a su dolor, Deisy sumaba el de las niñas y jóvenes que eran abusadas y obligadas a abortar en condiciones que podían provocarles la muerte o daños irreparables a sus pequeños cuerpos.
Durante dos años Deisy resistió la crueldad de sus secuestradores, hasta que fue rescatada por el ejército y descubrió que la guerrilla también le había quitado a sus hermanos pequeños y a su madre. Así, fue entregada a la entidad estatal encargada de proteger a los menores de edad, pero ahí también sufrió abusos por parte de trabajadores de la institución que se aprovecharon de su desamparo.
Han pasado casi tres décadas del tormento que Deisy vivió. Es imposible ignorar su voz, olvidar la historia que comparte con tantas niñas y mujeres víctimas de los conflictos armados, del secuestro, la violación e incluso la revictimización.
Hoy Deisy alza su voz con la fuerza y dignidad que solo da la verdad, y cuenta la historia que durante tantos años se guardó, por temor a represalias y por vergüenza. Con la cabeza en alto, muestra sus heridas y el tatuaje con el que uno de sus violadores la marcó. Hoy puede mirar de frente a políticos que fueron cómplices de las vejaciones que padeció, y decirles que nunca más callarán su voz.