Observa los objetos que te rodean ahora mismo: ¿Cuántos tienen más de diez años? ¿Alguno fue reparado en lugar de reemplazado? En la mayoría de los hogares mexicanos, la respuesta incómoda es: casi ninguno.
Esto no ocurre por accidente. Detrás de cada objeto hay decisiones de diseño que determinan si durará años o décadas, si podrá repararse o deberá tirarse. Y durante demasiado tiempo, esas decisiones se han tomado priorizando el reemplazo sobre la durabilidad. El fenómeno tiene nombre: obsolescencia programada.
Cuando pensamos en diseño, solemos imaginar colores, formas o tendencias. Pero el diseño industrial va mucho más allá: decide con qué materiales se fabrica un producto, bajo qué lógica de vida útil, cómo se repara y cómo se desecha. Da forma material a nuestra vida cotidiana y por eso su impacto es enorme.
Hubo un tiempo en que ese impacto era positivo. Las máquinas de coser de los años 30 y 40, se construyeron con piezas de hierro fundido accesibles, manuales públicos y un diseño pensado para el mantenimiento. Los refrigeradores y radios de mediados del siglo XX se reparaban con conocimientos básicos y duraban décadas.
Esa lógica cambió. Hoy, las baterías de teléfonos y laptops vienen soldadas adentro sin ninguna razón técnica que lo justifique, posiblemente es una decisión de diseño deliberada para que su desgaste obligue a cambiar el aparato completo. Las actualizaciones de software inutilizan dispositivos que físicamente funcionan bien. Y los nuevos modelos, nos convencen de que lo que tenemos ya está "pasado de moda". Pareciera que el diseño dejó de trabajar para el usuario y empezó a trabajar en su contra.
El resultado es grave: México genera cerca de un millón de toneladas de basura electrónica al año, una de las cifras más altas de AL, y la mayor parte termina en tiraderos clandestinos o en países sin regulación ambiental.
La economía circular actualmente exige al diseño industrial regresar a su vocación original: crear objetos que sirvan por mucho tiempo. Implica que antes de que un producto exista físicamente, el diseñador haya respondido preguntas clave: ¿de dónde vienen los materiales? ¿cómo se repara? ¿qué pasa cuando deja de funcionar? ¿sus componentes pueden recuperarse? En México existen ejemplos alentadores. Cuna Cero diseña cunas para ser devueltas, reacondicionadas y reusadas. Artesanos de Oaxaca y Michoacán llevan generaciones fabricando objetos que se reparan o se degradan. Y universidades como la Ibero, la UAM y el Tec de Monterrey ya forman diseñadores con estos principios, lo que significa que la próxima generación tendrá las herramientas para proponer algo diferente.
La cultura de la reparación, ha desaparecido porque hoy comprar nuevo es artificialmente más barato que reparar. Recuperarla no es cosa de nostalgia: es una actitud inteligente frente a un sistema diseñado para que consumamos sin pensar.
Elegir productos más duraderos, reparar antes de tirar, preguntar cómo se mantiene algo antes de comprarlo: gestos pequeños con impacto acumulado enorme. Francia obliga a los fabricantes a publicar un "índice de reparabilidad" en sus productos. La UE avanza en "derecho a la reparación". México no tiene leyes equivalentes, pero el debate ya existe.
Cada decisión de diseño es una decisión ética que afecta a personas, comunidades y al planeta. México tiene una vulnerabilidad real, pero también una oportunidad única: la tradición artesanal que practica la durabilidad de manera instintiva y diseñadores en formación listos para cambiar las reglas.
Diseñar para durar no es un sueño romántico. Es el fundamento de un modelo que respeta al usuario, al trabajo y al planeta. Los objetos que usamos cada día cuentan, en silencio, la historia de los valores que hemos decidido tener como sociedad.
Paulina.delgado@iberotorreon.mx