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Batopilas: la memoria de otra Laguna posible

WALTER SALAZAR

Hace algunos años tuve la oportunidad de realizar mi tesis de maestría en Antropología Social en el ejido colectivo Batopilas, en Francisco I. Madero, Coahuila. Durante meses conviví con sus habitantes, presencié asambleas y escuché relatos sobre el origen y transformación del ejido. Con el tiempo comprendí que Batopilas no era únicamente una comunidad agrícola o una forma particular de organización ejidal. Era, sobre todo, una apuesta colectiva que nos obliga a preguntarnos si es posible construir la vida en común desde principios distintos a los que impone el mercado.

Batopilas surgió en la década de 1970 como resultado de procesos de lucha social y organización campesina. Durante décadas funcionó bajo un esquema colectivo donde la tierra, el trabajo y buena parte de las decisiones se sostenían en principios de corresponsabilidad y cooperación. No era una comunidad perfecta ni libre de conflictos, pero sí un proyecto que apostaba por algo que hoy parece cada vez más extraño, colocar lo colectivo por encima de la competencia individual.

Con los años, las transformaciones económicas, tecnológicas y generacionales fueron modificando la vida del ejido. La lógica empresarial ganó terreno, las formas de trabajo colectivo se debilitaron y, hace apenas algunos años, concluyó esta experiencia. Podría leerse como una simple adaptación a los nuevos tiempos. Sin embargo, hacerlo implicaría aceptar como inevitable una trayectoria histórica que en realidad estuvo llena de disputas, tensiones y alternativas.

La historia de La Laguna suele narrarse como la consolidación inevitable del mercado y la modernización. Batopilas recuerda que ese camino no fue el único posible. Durante décadas encarnó una apuesta que, con todas sus contradicciones, buscó sostener formas de cooperación y vida colectiva dentro de la lógica dominante, contra ella y, en algunos momentos, más allá de sus límites.

Walter Benjamin advertía que la historia suele escribirse desde la perspectiva de los vencedores. Lo que llamamos progreso aparece entonces como una marcha continua y necesaria, mientras los proyectos derrotados quedan relegados al olvido o convertidos en curiosidades del pasado. Mirar a Batopilas a contrapelo implica romper con esa narrativa. No para idealizar su historia, sino para reconocer que allí existió una posibilidad histórica distinta. Una posibilidad atravesada por conflictos, límites y contradicciones, pero capaz de demostrar que el individualismo competitivo no era el único horizonte imaginable para la región.

Por eso vale la pena recordar Batopilas. No como una reliquia nostálgica ni como un modelo perfecto, sino como una grieta en la memoria dominante de La Laguna. Una historia que nos recuerda que toda realidad social pudo haber sido diferente y que, incluso en tiempos donde el mercado parece definirlo todo, siguen existiendo rastros de otras formas de producir, convivir e imaginar el futuro.

¡Hasta encontrarles a todes!  

walter.salazar@iberotorreon.mx

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