En días pasados tuve la oportunidad de participar en la Reunión Anual del Sistema Universitario Jesuita (SUJ), celebrada en la Ibero Tijuana. Más que un encuentro de trabajo entre rectores, directivos y colaboradores de las universidades jesuitas del país, fue un espacio de reflexión profunda sobre uno de los temas más relevantes para la educación al estilo ignaciano: el acompañamiento de nuestros estudiantes y colaboradores.
Bajo el lema "Acompañamiento: el proceso central y fundamental en la formación del estudiante", la reunión nos invitó a volver a lo esencial: reconocer que la educación no consiste únicamente en transmitir conocimientos, sino en ayudar a cada persona a descubrir su propósito, desarrollar sus talentos y construir un proyecto de vida con sentido.
En un mundo marcado por la incertidumbre, la aceleración tecnológica y los cambios sociales constantes, el acompañamiento adquiere una relevancia especial. Escuchar, orientar, motivar y, cuando es necesario, canalizar adecuadamente a quienes enfrentan desafíos personales o académicos son acciones que forman parte de la responsabilidad educativa de nuestras instituciones. No se trata de resolver la vida de los estudiantes o de los colaboradores, sino de caminar junto a ellos para que encuentren sus propias respuestas y fortalezcan su capacidad de discernimiento.
Las jornadas incluyeron conferencias magistrales, paneles de buenas prácticas y mesas de trabajo en las que se compartieron experiencias exitosas de las distintas universidades del SUJ. Resultó muy enriquecedor conocer iniciativas de acompañamiento, programas de integración comunitaria y estrategias para fortalecer el bienestar emocional y académico de los jóvenes. Fue una oportunidad para presentar y aprender de proyectos que buscan responder a desafíos emergentes como la salud mental, la inclusión educativa y la transformación digital.
Uno de los temas que generó mayor interés fue el de la inteligencia artificial en la educación. Lejos de asumir una postura de rechazo o entusiasmo acrítico, las universidades jesuitas coincidimos en la necesidad de abordar estas tecnologías desde el discernimiento, la ética y el compromiso con la dignidad humana. La pregunta central no es qué puede hacer la inteligencia artificial, sino cómo podemos utilizarla para fortalecer los procesos educativos y organizacionales sin perder de vista aquello que nos hace profundamente humanos.
La formación universitaria debe estar vinculada con la realidad social, el contacto con las problemáticas de nuestro entorno, especialmente con las situaciones de vulnerabilidad y desigualdad, constituye una oportunidad invaluable para formar profesionistas competentes, pero también ciudadanos conscientes, compasivos y comprometidos con la transformación de sus comunidades.
Regreso de Tijuana con la convicción de que las universidades jesuitas seguimos compartiendo una misión común: formar personas capaces de construir esperanza en tiempos complejos. La excelencia académica es indispensable, pero resulta insuficiente si no está acompañada por una profunda formación humana, ética y social. En una época donde abundan las herramientas tecnológicas y la información está al alcance de un clic, el verdadero valor de la educación sigue encontrándose en las personas y en la capacidad de acompañarnos unos a otros para crecer, aprender y transformar la realidad. Porque educar, al final, es un acto de confianza en el futuro y en el potencial de cada ser humano.
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