"Aquella mañana en que la odiaba más que nunca, mi madre cumplió treinta y nueve años. Era bajita y gorda, tonta y fea. Era la madre más inútil que haya existido jamás. Yo la miraba desde la ventana mientras ella esperaba junto a la puerta de la escuela como una pordiosera. La habría matado con medio pensamiento".
No recuerdo haber leído el inicio de un libro tan duro y cargado de odio como el que nos presenta Tatiana Tîbuleac en El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes (Impedimenta, España, 2025, 247 pp.).
Al comenzar la lectura, nos encontramos con estas líneas tan crudas y llenas de rabia que Aleksy dirige hacia su madre -quien, por cierto, ni siquiera tiene nombre dentro de la novela-, su contenido nos impacta y provoca una reacción difícil de ignorar.
Diversos estudios señalan que los vínculos afectivos que formamos en la infancia influyen en la manera en que aprendemos a relacionarnos con los demás. En ese proceso, el nexo entre madres e hijos ocupa un lugar esencial. Sin embargo, la maternidad real suele distanciarse de la idealización construida por la sociedad: las madres también se equivocan, se cansan, atraviesan pérdidas y cargan sus propias heridas. Por otro lado, los hijos pueden crecer con vacíos, resentimientos o emociones que nunca aprendieron a comprender o expresar.
Aleksy, el protagonista de la novela, precisamente encarna esa herida. Tras la muerte de su hermana menor, Mika, el padre los abandona y el vínculo con su madre se fractura. El dolor compartido no los acerca, sino que los distancia. Ella queda atrapada en su sufrimiento y él interpreta esa ausencia emocional como rechazo. Silencios, reproches y malentendidos, transforman el amor en resentimiento.
El propio Aleksy, reconocido pintor que atraviesa un bloqueo creativo, narra la historia. Su psiquiatra le pide que recuerde y escriba lo que vivió el último verano que pasó con su madre. Catorce años atrás ambos viajaron a un pequeño pueblo francés: él era un adolescente problemático, internado en una institución psiquiátrica; ella, una mujer enferma que sabía el poco tiempo de vida que le quedaba. La novela posee una bella prosa y aborda la soledad, la distancia emocional, la muerte, el duelo, la culpa, el resentimiento hacia los padres, la mala comunicación y la reconciliación.
Tatiana Tîbuleac nació en Chisináu, Moldavia, en 1978. Estudió Periodismo y Comunicación, y trabajó en prensa y televisión antes de dedicarse a la literatura. Su experiencia se ve reflejada en una escritura directa, intensa y humana, presente en una obra que le ha valido diversos reconocimientos.
Hay libros que terminan cuando cerramos la última página y otros que permanecen largamente en la memoria, como El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes, porque nos confronta con el mito de la maternidad perfecta, los vínculos que no sabemos cuidar y las palabras que nunca nos atrevemos a pronunciar. También nos recuerda que a veces vamos postergando cosas por hacer y decir, y cuando nos damos cuenta ya es demasiado tarde.
laura.parra@ibero-torreon.edu.mx