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Pantallas en niños y jóvenes

FLOR A. VARGAS CORTÉS

Desde hace décadas el smartphone forma parte de la cotidianeidad, desde bebés hasta adultos mayores. Ciertamente es una herramienta de comunicación muy poderosa, pero también ofrece una amplia gama de distractores.

Ya desde la segunda década de este siglo comenzaron a surgir investigaciones sobre los efectos nocivos del uso excesivo de las pantallas, particularmente las portátiles que, al contar con conexión a internet, se convierten en una ventana por la que se escapa nuestra atención y ya es evidente el daño que producen no tener autocontrol para evitar la adicción.

No es casualidad que, después de implementar el uso de tecnología y pantallas en los sistemas educativos, en muchos países se esté dando marcha atrás hacia métodos tradicionales como la escritura a mano, los libros impresos y hasta prohibir el uso de celulares en las escuelas. También es cierto que en la actualidad se esgrimen argumentos relacionados a los derechos humanos y que, en las instituciones educativas, no se puedan aplicar reglamentos que fomenten la disciplina y el desarrollo, so pena de verse sometidos a la crítica social por entorpecer el "sano desarrollo de la personalidad". No obstante, una de las misiones de la escuela, además de formar académicamente, es la disciplina y el respeto como refuerzo valoral en cuanto a civismo y sana convivencia.

Pero todo eso se complica cuando desde casa se confunde desarrollo con sobreestimulación; libertad con falta de límites; educar con complacer.

La primera pantalla, sea celular o tableta, llega a las manos del niño porque los adultos (papá y/o mamá) lo permitimos, incluso, lo proveímos.

Si habiendo adquirido el hábito al celular siendo adultos, nos resulta difícil sentimos tranquilos cuando lo olvidamos o extraviamos (síndrome de abstinencia), ¿cómo podrá sentirse un joven o un niño cuando su vida ha estado íntimamente ligada a una pantalla? Y lo más grave son los efectos: falta de concentración, por ende, dificultades para el aprendizaje; hábitos de sueño y de alimentación alterados, afectando su sano desarrollo; falta de tolerancia a la frustración que deriva en problemas de conducta; problemas emocionales (irritabilidad, ansiedad y depresión); y, por si fuera poco, las habilidades de comunicación (escritas y orales, más aún cuando son cara a cara) son más limitadas. Entre más temprano inicien el uso, los daños son más severos y se requerirá más esfuerzo para sanar, pues habrá que recuperar lo truncado.

Pero veamos, ¿por qué los padres querríamos algo así para nuestros hijos? Si en lugar de un aparato de "comunicación" fuera una sustancia que sabemos es nociva, ¿se lo daríamos a nuestros hijos? ¿O pensaríamos más seriamente en lo que esto podría traer a sus vidas y a la de la familia? Hay bebés, que aún no hablan, pero pasan tiempo frente a una pantalla que retrasa su desarrollo. No busquemos justificaciones para lo injustificable, seguro hay otras alternativas que no hagan tanto daño, pero, ¿estamos dispuestos a ser padres impopulares por cuidar a nuestros hijos? Son nuestra responsabilidad.

Flor.vargas@iberotorreon.mx

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