Rastros del pasado
En la película La gran belleza, dirigida por Paolo Sorrentino, un personaje pregunta: "¿Qué tienen en contra de la nostalgia? Es la única distracción posible para quien no cree en el futuro". El historiador Carlo Ginzburg habitó este planeta durante 87 años y buscó saciar su curiosidad por el pasado, dejando de lado la manera tradicional de investigar y escribir la historia, marcando así un hito con su obra El queso y los gusanos.
La trayectoria de este autor fue profundamente moldeada por las obras de ficción que leyó, así como por los estudios de sus colegas, como Los reyes taumaturgos de Marc Bloch, libro publicado hace un siglo, que innovó al estudiar las creencias y mentalidades de épocas pasadas.
A través del análisis de archivos sobre causas de fe, Ginzburg desentrañó indicios en el proceso de una mujer interrogada por sospecha de tratos con el diablo. Así recreó escenarios de múltiples torturas y confesiones que después fueron negadas, abriendo el dilema de creer o no en dichos testimonios. Chiara, la acusada, salvó su vida al demostrar arrepentimiento tras los interrogatorios, pero recibió como pena una reclusión perpetua.
Tanto este proceso como el que concluyó en la condena a muerte de Menocchio, el molinero de El queso y los gusanos, hablaban de la creencia compartida, tanto por los inquisidores como por los acusados, en el mal y sus ejecutores. Según Ginzburg, el miedo siempre fue la estrategia utilizada por quienes históricamente detentaron -y siguen ejerciendo- el poder como un recurso de control social y una advertencia a no transgredir los límites impuestos al conocimiento y la conducta.
La erudición de Ginzburg le permitió comprender que, a través de los procesos inquisitoriales de un molinero y una campesina, se podían plantear interrogantes y reflexiones valiosas para descifrar el pasado mediante un conocimiento interdisciplinario, estableciendo así los fundamentos de la microhistoria. Estos procedimientos lo llevaron a desvelar verdades y a combatir el neoescepticismo y la posverdad.
Para Ginzburg, también las obras de arte podían estudiarse como documentos históricos fundamentales para comprender la forma de pensar, actuar y crear de nuestros antecesores. Una pintura o un texto le posibilitaban leer los mitos que fundaron sociedades enteras, estableciendo un vínculo vital donde el pasado podía arrojar luz sobre el presente.
La historia personal del investigador fue determinante para su labor y legado. El padre, Leone, se opuso al fascismo y sufrió encarcelamiento y muerte. La madre, Natalia, fue una reconocida escritora cuyas novelas nutrieron la imaginación del hijo. Eso explica su recomendación a sus discípulos, jóvenes historiadores: leer ficción con voracidad. En su visión, un libro siempre lo remitía a otro, posibilitando la concatenación del conocimiento. Como los personajes que estudió, Ginzburg también se desmarcó de los dogmas, inspiró a generaciones de historiadores y, gracias a su brillante pluma, alcanzó a un público que encuentra en sus libros pistas para encarar el futuro.
Azucena.baez@iberotorreon.mx