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La danza de lo impredecible

PAMELA VILLARREAL

Vivimos bajo el amparo de la ilusión del control. Trazamos agendas, diseñamos rutas y construimos certezas para convencernos de que el mañana será un reflejo fiel del ayer. El ser humano ansía lo predecible. Psicológicamente, la rutina actúa como un bálsamo que reduce la ansiedad y provee de una reconfortante sensación de seguridad. Sin embargo, basta con mirar a nuestro alrededor -y hacia nuestro propio interior- para recordar una verdad inevitable: lo único constante en la vida es el cambio.

Al analizar nuestra propia naturaleza, la biología es la primera en derribar el retrato de la permanencia. No somos un producto terminado, sino un proceso en curso. Cada segundo, millones de nuestras células mueren y se regeneran. Nuestra plasticidad cerebral redistribuye conexiones neuronales de acuerdo a lo que aprendemos y experimentamos, funcionando como un ecosistema vivo. El desarrollo humano es una metamorfosis continua: pasamos de la total dependencia propia de la niñez a la crisis de identidad característica de la adolescencia, y de ahí a las constantes reconfiguraciones de la vida adulta y la vejez. La pretensión de mantenernos estáticos es ir en contra de nuestra propia esencia.

Esta dinámica se traslada de lo individual a lo colectivo. Las sociedades que hoy habitamos son el resultado de migraciones, revoluciones del pensamiento y transformaciones tecnológicas. Lo que hace un siglo era una norma incuestionable, en la actualidad puede parecer ridículo o impensable. La cultura es un organismo vivo que respira y muta.

En el plano laboral esta realidad se ha vuelto aún más vertiginosa. Las dinámicas de trabajo vigentes exigen una inédita velocidad de respuesta. Campos de acción se transforman por completo, nuevas herramientas redefinen el día a día y estructuras institucionales se reasignan totalmente en cuestión de semanas, derrumbando certezas o seguridades. Ahora el éxito profesional se evalúa por la capacidad de aprender, desaprender y reaprender. Los entornos laborales modernos no buscan piezas que encajen en un solo molde, sino perfiles capaces de adaptarse al flujo continuo del tiempo y el contexto. Esos jefes inamovibles y autoritarios repentinamente se ven obligados a romper paredes mentales, incluir la diversidad de pensamientos y aprender de otros para configurar mejores espacios.

Reconocer que el cambio rige nuestra existencia no significa entregarse al caos o vivir en absoluta incertidumbre. En todo caso nos invita a cultivar la flexibilidad cognitiva y la apertura emocional. La rigidez, aunque se disfrace de fortaleza, es frágil: el árbol que no se dobla ante el viento termina por romperse. En cambio, ser flexibles nos permite ajustar los pasos de una danza al ritmo del tiempo sin buscar que la música se detenga.

Aceptar la mutabilidad de la vida nos libera del peso de las expectativas rigurosas y nos invita a mirar el futuro con una profunda curiosidad. Cambiar no es perder nuestra esencia: es, precisamente, la única manera de propiciar que nuestra mejor versión florezca.

Pamela.villarreal@iberotorreon.mx

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