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METRO DE LA CDMX: UN ESPEJO SOCIAL  

ZAIDE P. SEAÑEZ MARTINEZ

METRO DE LA CDMX: UN ESPEJO SOCIAL  

Cuando visito la Ciudad de México disfruto mucho utilizar un sistema de transporte que moviliza a millones de personas, quienes realizan un universo de actividades, profesiones, vocaciones, o simplemente lo necesario para sobrevivir en una urbe cuyas complejidades no nos son ajenas. El Metro ofrece ventajas como la optimización del tiempo, la diversidad de transacciones comerciales que se pueden dar en los vagones y en el caso de las mujeres, la posibilidad de viajar con mayor seguridad en espacios exclusivos. A mí me da la oportunidad de imaginar historias sobre la vida de los que, por azares del destino y de la movilidad, coinciden conmigo en los trayectos. Es un sitio fascinante y fiel de la cultura mexicana. No me ha sido difícil visualizar sus vagones, pasillos, comerciantes y usuarios como elementos coreográficos de un gran escenario comunal, en el cual se desarrollan distintos planos para conformar una sola representación.

Entre mis reflexiones una gira en torno a cómo este sistema de transporte es un instrumento que evidencia asimetrías sociales, pues en él convergen todo tipo de personas cargadas de expectativas, sueños, valores, necesidades o preocupaciones, que bien podrían ser dignas de estudios sociológicos de Pierre Bourdieu o Anthony Giddens. Ejecutivos, abogados, médicos, estudiantes, trabajadoras del hogar, vendedores, madres o adultos mayores requieren trasladarse a un destino de manera rápida y económica. Y así el Metro se convierte en un observatorio social y un vasto democratizador.

He notado aspectos comunes entre los usuarios: la necesidad de transportarse no distingue clase social; todos hacen uso del celular para huir del aburrimiento que conllevan los largos trayectos, incluso lo utilizan como espejo si no alcanzaron a maquillarse en casa, o simplemente como medio para perderse en el despiadado y adictivo mundo de los "reels", como mero entretenimiento, y evitando así pensar en las preocupaciones.

El colectivo se convierte en un laboratorio social en el que confluyen agentes que se acostumbran a dejar de mirar al otro como "persona". Ocupan un espacio citadino en donde, paradójicamente, se convive con solidaridad y hostilidad, pues el feroz individualismo se hace patente para sobrevivir ante la urgencia que exige la monstruosidad urbana, mientras que la calidez humana se hace presente cuando alguien cede el asiento o detiene la puerta en favor de otra u otro. Es interesante atestiguar el cúmulo de fricciones y negociaciones que ocurren al entrar o salir del vagón, y observar el acuerdo tácito de acomodarse para ocupar espacios imperceptibles; o en su peculiar cantadito, escuchar los anuncios de la venta de productos, tales como vendas, llaveros, audífonos, golosinas, y otros más inverosímiles, como remedios para la salud. Todo en un mismo espacio que simula, casi de manera fiel, un mercado.

La comodidad de viajar en auto nunca podrá equipararse a la singular experiencia que ofrece el Metro: un encuentro cercano con los demás, que cuestiona nuestros privilegios y carencias, similitudes y diferencias. Si visitas la capital del país, no te pierdas esta vivencia humana y cultural.

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