Cuando hablamos de una universidad, es común pensar en sus aulas, laboratorios, bibliotecas, espacios deportivos, cafeterías o edificios. Todo ello es importante, una universidad necesita espacios dignos, seguros, funcionales y adecuados para cumplir con su misión.
Los edificios son importantes, sobre todo, por lo que sucede dentro de ellos. Un laboratorio puede despertar la vocación de un estudiante; una biblioteca puede convertirse en el lugar donde alguien descubre una nueva pasión; una cancha puede enseñar el valor del esfuerzo y del trabajo en equipo; un salón puede ser el escenario de una conversación que cambie la vida de una persona.
Un espacio universitario también comunica. Un campus limpio y cuidado comunica respeto. Un espacio accesible comunica inclusión.
Una instalación segura comunica que las personas importan. Un laboratorio moderno comunica que el conocimiento necesita herramientas para desarrollarse.
Un área verde comunica que también debemos aprender a relacionarnos responsablemente con nuestro entorno.
Por eso, la infraestructura deja de ser solamente un asunto administrativo o financiero y se convierte en parte de la experiencia educativa.
Pero hay algo todavíamás importante, ningún edificio, por moderno que sea, puede sustituir a las personas.
Podemos tener aulas equipadas con lamejor tecnología, pero necesitamos docentes capaces de inspirar. Podemos construir espacios extraordinarios para la innovación, pero necesitamos estudiantes dispuestos a preguntar, experimentar y equivocarse. Podemos tener instalaciones deportivas de primer nivel, pero necesitamos personas que encuentren en ellas una oportunidad para crecer.
Una universidad se construye con concreto, acero, tecnología y recursos, pero sobre todo se construye con relaciones humanas. Una nueva aula no solamente representa un espacio adicional, puede significar mejores condiciones para aprender. Un nuevo laboratorio no es solamente equipamiento, puede convertirse en una oportunidad para investigar y crear. Una remodelación no es solamente una mejora estética, puede contribuir a que las personas se sientan más cómodas, seguras y orgullosas del lugar donde estudian o trabajan.
Por eso, una universidad no debería preguntarse únicamente qué edificios quiere tener, sino qué experiencias quiere provocar, qué personas quiere formar y qué sociedad quiere ayudar a construir. Los campus universitarios cambian, todo eso es parte de una institución que está viva y que busca responder a las necesidades de su comunidad, pero hay algo que debería permanecer en el centro de cada decisión, las personas.
Dentro de cada edificio hay historias. Hay estudiantes que están construyendo su futuro, docentes que comparten lo que saben, colaboradores que hacen posible que la institución funcione, familias que depositan su confianza y una sociedad que espera de la universidad algo más que profesionistas.
Una universidad necesita buenos edificios, sin duda.
Pero necesita, sobre todo, buenas razones para construirlos. Porque al final, una universidad no se mide solamente por sus edificios, sino por las posibilidades que abre, las experiencias que genera y las personas que ayuda a transformar.
Andrés Rosales Valdés
andres.rosales@ iberotorreon.mx