Sin duda, el tema de las adicciones es muy sensible para la mayoría, a veces se tiene la creencia de tener un consumo moderado o manejable, eso que muchos dicen: “lo puedo dejar cuando yo quiera”.
Es posible que procuremos no caer en ninguna, pues contamos con información suficiente sobre las consecuencias como para optar por ellas conscientemente.
Sin embargo, más allá de las que reconocemos que generan dependencia y, por ende, problemas, las estadísticas son avasalladoras cuando se trata de la más común, pero que no se reconoce como tal: la adicción a las pantallas (y a las diferentes aplicaciones, principalmente redes sociales), porque tenemos la excusa de pensar que es una forma de comunicación.
No obstante, neurológicamente las consecuencias de las adicciones sonmuysimilares.Las físicas se notanmás en el uso de unas que de otras, pero a final de cuentas, todas actúan en el centro de recompensas del cerebro generando placer por la dopamina que se segrega.
Es lamentable que sean las pantallas las que poseenuna mayor potencialidad para desarrollar dependencia debido a que la tasa de uso es muy superior por la facilidad de acceso a una: niños en un 65%, adolescentes en un 92% y adultos en un 80%.
Los datos son abrumadores y si se revisa la edad más temprana enla que se permite el uso deuna pantalla en bebés, la situación todavía es más aterradora: a partir de los 3 meses de edad.
Encendamos las alarmas. En bebés de hasta 3 años de edad, una exposición de 10 minutos en adelante, impide el desarrollo de las conexiones neuronales que limitarán su capacidad intelectual y el manejo de emociones.Es común encontrar retrasos en el habla, así comoansiedad extrema cuando se les priva de la pantalla.
Enlos niños, se puede observar baja capacidad del manejo de emociones, trastorno de la atención, incapacidad para memorizar y pobreza enel aprendizaje: prácticamente no pueden leer y sucaligrafía es atroz, eso sin contar que la ortografía, el vocabulario y la sintaxis ahora son temas tan complejos como el pensamiento matemático en antaño.
En los adolescentes aparece la anhedonia: la pérdida del gusto por los placeres de la vida; sin planes a largo plazo, sin propósito. También, por la necesidad de ser aceptados, existe la posibilidad de adoptar otros comportamientos dañinos que, incluso, atenten contra su integridad. La maduración de la corteza prefrontal, responsable del autocontrol, la empatía y el juicio crítico está interferida.
Pero los adultos no estamos salvos aun si las pantallas hubieran llegado en una etapamuymadura: el “scroll” infinito también nos atrapa y cinco minutos se pueden convertir en horas. Pensemos: ¿cuántos números telefónicos recordamos y cuántos sabíamos hace 30 años? ¿Aún leemos? Y, ¿qué tanto recordamos? Si consideramos que el deterioro cognitivo deviene por la pérdida de conexiones neuronales, ¿qué esperanza puede tener un bebé que no tuvo oportunidad de desarrollarlas? Actuemos mientras la neuroplasticidad lo permita, antes de perder autonomía o condenar a nuestros hijos a la incapacidad.
Flor.vargas@iberotorreon.mx