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LIDERAR DESDE LA CONGRUENCIA

CLAUDIA RIVERA MARÍN
CLAUDIA RIVERA MARÍN

Estoy convencida de que la congruencia es una de las características que más admiro en las personas, porque requiere la convergencia de varios atributos: autoconocimiento, honestidad, valentía, autenticidad e inteligencia emocional.

La congruencia se define como “la alineación entre lo que se piensa, lo que se siente, lo que se dice y lo que se hace”, cuatro momentos que no siempre coinciden, y precisamente por eso es tan difícil encontrar esa cualidad en los individuos y desgraciadamente en aquéllos que ejercen algún tipo de liderazgo ya sea político, social, empresarial o incluso familiar. 

Mucho se ha hablado del liderazgo y de su importancia para el funcionamiento de cualquier organización. Sabemos que liderar implica influir, orientar y motivar a las personas para alcanzar objetivos comunes, lo cual será difícil de lograr cuando esa influencia, lejos de ser positiva e inspiradora, se convierte en un factor que lleva a la pérdida de confianza y motivación. 

La congruencia es relevante porque las personas observan permanentemente el comportamiento de quienes ejercen el liderazgo. Los discursos pueden comunicar valores, principios y objetivos, pero las acciones son las que demuestran si esos valores forman parte de la cultura organizacional o quedan sólo en palabras. Esto no significa que un líder nunca se equivoque, por el contrario: la verdadera congruencia también implica reconocer errores, asumir responsabilidades y actuar de acuerdo con los principios que se esperan de los demás. Al liderar es imprescindible tener cuidado de no exigir o esperar de las personas aquello que nosotros mismos no estemos dispuestos a hacer, en pocas palabras, predicar con el ejemplo. Desde un padre o madre de familia que pretende que sus hijos no beban y manejen, pero ellos sí lo hacen; o un político que predica austeridad mientras usa prendas o relojes costosos, o algún jefe que habla de innovación, pero se muestra poco accesible a nuevas ideas. Los valores no deberían ser conceptos escritos en manuales, sino comportamientos reales. 

Aunque no abundan, sí podemos encontrar líderes que han predicado con el ejemplo, entre ellos Nelson Mandela quien promovió la reconciliación y la paz sin venganza, perdonó a sus opositores y unificó a su país a través del deporte. En el ámbito empresarial tenemos a Yvon Chouinard, empresario estadounidense impulsor de la sostenibilidad del planeta por encima de las ganancias económicas corporativas, y en congruencia con ese pensamiento, él y su familia donaron el 100% de la propiedad de la empresa a un fideicomiso y a una organización sin fines de lucro. 

En contraparte, un claro ejemplo de liderazgo incongruente son Kenneth Lay y Jeffrey Skilling, directivos de Enron Corporation que presumían sobre los valores y ética de su empresa, y daban conferencias sobre integridad, respeto y comunicación pero crearon un sistema fraudulento para inflar las ganancias de la compañía y ocultar deudas millonarias, llevándola a la quiebra. En definitiva, el verdadero liderazgo comienza cuando las palabras dejan de ser promesas y se convierten en acciones consistentes.

claudia.rivera@iberotorreon.mx

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