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Identidad y orientación sexual en la infancia

¿Qué deben saber los padres para apoyar a sus hijos?

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SILVESTRE FAYA

La mayoría de las personas, al arribar a la paternidad, lo hacen carentes de una educación adecuada sobre la sexualidad y repiten patrones de su formación primaria basados en prejuicios y creencias sin fundamento.

Entre los tres y cinco años de edad, los menores son capaces de identificarse como niño, niña o ninguno de los dos. Esta identidad les permite asumir de manera progresiva las conductas sociales propias de dicho género. Si existiera un rechazo hacia su género asignado al nacer, el infante entra en una etapa de confusión que buscará aclarar mediante su entorno familiar cercano, pero este puede pretender “corregir” su sexualidad sin respetar su difícil proceso.

La identidad de género no significa que el menor experimente impulsos eróticos; tan solo está ubicándose en el mundo y buscando las bases para saber quién es realmente. Su vida corre a diferente velocidad que la de los adultos. En esta etapa de la vida todo es novedad y aprendizaje, pero también frustración y dolor si el entorno no permite investigar o curiosear libremente.

Los padres, en cambio, pueden angustiarse ante una realidad que no saben cómo asimilar y recurrir a las experiencias que poseen, muchas veces llenas de prejuicios, obstaculizando de esta forma el proceso natural de su hijo.

La atracción física o emocional que una persona experimenta hacia otra puede iniciar a temprana edad, incluso desde los seis o siete años, cuando la admiración despierta sensaciones nuevas que aún no logra identificar. Esto ocurre mucho antes de pretender un acercamiento físico hacia el individuo de su interés.

A los nueve años comienzan a ocurrir cambios estructurales en el cuerpo y las hormonas sexuales inician su despertar. A los 12, la naturaleza ha consolidado su presencia y la orientación sexual empieza a definirse y manifestarse.

El infante o adolescente no heterosexual o trans, sin embargo, suele aprender a quedarse callado para no generar conflictos en casa. Reliega su pensar y su sentir a segundo plano para no perder la aprobación de su familia. Muchas veces observa y escucha a sus padres mientras discuten sobre su manera de conducirse, que buscan cambiar a toda costa, orillándole encubrir sus emociones y reprimir su vida interna.

VERSE REFLEJADO EN OTRO

La ignorancia de algunos adultos los hace creer que con el simple hecho de ver o convivir con personas de la comunidad LGBTQ+, sus hijos se van a “convertir en uno de ellos”. Esta visión hipersimplificada de la diversidad sexual sólo da muestra clara del desconocimiento y malicia que hay en torno a ella.

La realidad es que esa cultura de rechazo sólo produce aislamiento en los niños que no son heterosexuales ni cisgénero, pues la identidad y la orientación sexual no son algo que se elija a voluntad.

La visibilización de miembros LGBTQ+ en la sociedad cumple con funciones de aceptación e inclusión. Se le ha denominado “espejo” a la apreciación de los menores que forman parte de la diversidad sexual: pueden considerarse incluidos y aceptados cuando se ven representados de forma respetuosa, contrario a aquellos que se perciben “raros” o “defectuosos” en entornos intolerantes, provocando una baja autoestima.

Para los niños no pertenecientes a la comunidad LGBTQ+, la representación los impulsa a aceptar que existen diversas formas de vivir la sexualidad sin que esto les resulte amenazante.

Cuando un niño o adolescente de la comunidad LGBT+ se siente seguro en casa, tendrá la confianza para superar los obstáculos exteriores. Imagen Magnific.
Cuando un niño o adolescente de la comunidad LGBT+ se siente seguro en casa, tendrá la confianza para superar los obstáculos exteriores. Imagen Magnific.

VÍNCULO PADRES-HIJOS

El desconocimiento e incomprensión de los adultos sobre una orientación sexual que no coincide con sus expectativas, los puede llevar a querer “enderezar” a su hijo mediante actos perjudiciales para la salud mental de los menores y adolescentes. En algunos casos acuden a las llamadas terapias de conversión, pretendiendo curar lo que no es una enfermedad ni un trastorno.

Quien es objeto de esta u otras prácticas suele desarrollar ansiedad y depresión debido a que sus padres buscan erradicar algo por el simple hecho de no entenderlo. En muchos casos, separarse emocionalmente de los progenitores se convierte en una defensa necesaria para sobrevivir a la continua persecución psicológica que, con el paso del tiempo, termina por romper el vínculo familiar.

Es imposible tener las respuestas a todas las interrogantes que se plantean los padres de hijos cuya orientación o identidad sexual no corresponde a la normatividad, sin embargo, el amor hacia ellos es y será siempre la piedra angular para construir una sólida relación fincada en el conocimiento.

Recibir asesoría profesional por personal médico-psicosexológico dispersará la angustia propia del prejuicio, facilitando la integración familiar y social. Quien se sabe aceptado en casa, sin condiciones, construirá una confianza en sí mismo capaz de enfrentar cualquier obstáculo externo.

No es necesario que los padres comprendan todos los aspectos de la diversidad sexual, pero sí que ofrezcan amor incondicional a sus hijos. Imagen AP Robyn Spector.
No es necesario que los padres comprendan todos los aspectos de la diversidad sexual, pero sí que ofrezcan amor incondicional a sus hijos. Imagen AP Robyn Spector.

TESTIMONIO DE VIDA

Mi nombre es G. Hoy les narro mi crianza siendo una persona que, desde muy pequeña edad, ya sabía que pertenecía a la comunidad LGBT+.

A mis ocho años me percaté de que sentía cierta atracción por las mujeres. Yo sentía que era normal, incluso ya sabía que sería tomboy porque siempre me gustaba andar con ropa de varón, pero estaba consciente de que mi cuerpo era de mujer. Conforme fui creciendo, me di cuenta de que no estaba bien visto ante la sociedad el pertenecer a la comunidad LGBT+.

A mis 12 años ya sabía que era lesbiana. Sentía temor de informarle a mi familia porque venían con una educación machista. La única persona que sabía de mis preferencias sexuales era mi abuelo, en paz descanse, Jesús Faya Dorantes. Mi pensamiento hacia él es que para su edad y época era un ser humano con la mente muy adelantada. Su cuerpo venía de una época, pero su mente pertenecía a otra.

A mis 15 años elegí hablar con mi familia para decirles que me gustan las mujeres. Mi abuelito no quería que lo hiciera porque sabía lo que podía pasar. Desafortunadamente o afortunadamente, no sé cómo verlo, somos seis nietos y la única mujer soy yo.

Mi familia tenía todas las expectativas en mí de que yo me casara con un varón y tuviera hijos. Mi mamá me dijo que estaba decepcionada de mí porque ella había hecho una mujer, no una “marimacha”. Mi mamá era así por la educación de mi abuelita, en paz descanse. Ella fue una señora que me crió con mano dura; su lema principal era: “las letras y los números con sangre entran”:

Ya se imaginarán por qué era tan difícil “salir del closet”. Muchas personas que pertenecen a la comunidad prefieren guardar silencio y no luchar por sus derechos; eligen seguir el patrón de casarse y tener hijos con tal de que la familia no se les vaya encima.

A mis 18 años decidí irme de casa para defender mis preferencias, para romper mi linaje, crecer con mis gustos sin lastimar a nadie y, principalmente, que no me lastimaran con sus tratos y palabras.

Muchas veces no estamos preparados para tomar las cosas de quien vienen, tampoco sabemos cómo enfrentar los miedos y el “qué dirán”. Los padres no se percatan de que, al aceptar a sus hijos o hijas, nos empoderan como seres humanos; porque con ellos de nuestra mano, sin temor a que ellos mismos nos juzguen, nosotros nos sentimos segur@s, protegid@s.

Este Mes del Orgullo LGBT+ es una oportunidad perfecta para recordar que la diversidad no es un peligro que acecha a la vuelta de la esquina, sino una realidad que enriquece nuestra especie. Al final del día, lo que un niño necesita no es un padre que entienda perfectamente cada término del acrónimo LGBT+, sino un padre que le diga, con palabras y acciones: “Te amo por quien eres, no por quien yo esperaba que fueras”.

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Escrito en: Lgbt identidad homosexialidad género

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