Cuando era niña, Octavia E. Butler se sentía muy atraída por los libros de ciencia ficción. Encontraba en las revistas y novelas de este tipo mundos lejanos, viajes espaciales, criaturas extrañas, futuros posibles. Lo que no encontraba en esas historias eran personas como ella. La ciencia ficción que Butler conoció de niña estaba escrita mayoritariamente por hombres blancos y sus protagonistas rara vez eran mujeres negras. Mucho tiempo después ella resumiría esto en una entrevista, cuando le preguntaron qué le molestaba de los libros que leía: “Yo no estaba en ellos”.
Butler nació en Pasadena en 1947. Era hija única, tímida, tenía dificultades para leer, y pasó buena parte de su infancia en la biblioteca, después de que su mamá le consiguiera una tarjeta. A los diez años ya escribía historias y a los doce, después de ver una película de ciencia ficción que le pareció bastante mala, decidió que podía escribir una mejor.
En sus escritos no respondió a aquella ausencia de representación reproduciendo los mundos que encontraba en sus lecturas. Lo que hizo fue desplazarlos. En Kindred, una mujer negra del siglo XX viaja al Maryland de la esclavitud; en la trilogía Xenogénesis, una especie extraterrestre, los Oankali, rescata a los seres humanos después de una catástrofe nuclear, pero pone una condición: para que la humanidad sobreviva, tendrá que aceptar una transformación genética y reproducirse con ellos; en Parábola del sembrador y Parábola de talentos, un futuro marcado por el cambio climático, la desigualdad y el fundamentalismo obliga a sus personajes a imaginar otras formas de comunidad.
Los mundos que crea en sus historias son extraordinarios, pero las preguntas que los construyen son profundamente humanas. ¿Qué estamos dispuestos a entregar para sobrevivir? ¿Qué ocurre cuando nuestra idea de libertad entra en conflicto con la de otra persona? ¿Podemos convivir con aquello que nos resulta diferente sin intentar dominarlo? ¿Qué parte de nuestra identidad estamos dispuestos a modificar para seguir existiendo?
La ciencia ficción le permitió hacer preguntas difíciles de formular desde el presente. Ella decía que este género literario le daba una libertad enorme, porque podía llevar a sus personajes al pasado, al futuro o a otros mundos y explorar ahí los temas que le interesaba desarrollar.
Cuando Butler comenzó a publicar, había muy pocas personas negras escribiendo ciencia ficción y todavía menos mujeres negras. Ella misma recuerda que, en una conversación pública, ella y Samuel R. Delany apenas se contaban entre quienes estaban abriendo ese camino.
Desde entonces el paisaje ha cambiado. Ursula K. Le Guin, Margaret Atwood, N. K. Jemisin, Nnedi Okorafor, Nalo Hopkinson, Anne Leckie, Becky Chambers y muchas otras escritoras han ampliado las posibilidades del género y los lugares desde los que puede imaginarse el futuro.
Pienso en Butler y vuelvo a aquella niña que no encontraba su rostro en los libros que leía. Recuerdo también a la niña que fui buscando libros en los que hubiera mujeres que viajaran, eligieran su propio camino y fueran dueñas de sus vidas. ¿Dónde estaban? La literatura de las últimas décadas escrita por mujeres justo ha puesto el interés ahí, en no esperar a que alguien nos haga un lugar en el mundo imaginado, sino aprender a imaginarlo también desde nuestra propia mirada.