Incertidumbre
Incertidumbre, gran palabra que está en boca de todos. Dicen que seguirá siendo la referencia de lo que hoy se vive en el mundo entero. Me voy a atrever a decir una obviedad: incertidumbre quiere decir no tener certeza, sobre todo de aquello que se escapa de nuestro control. Yo puedo ahora mismo tener la certeza de que quiero reflexionar sobre lo que gira en torno al tema, pero no tengo certeza de que a ti, estimado lector que me prestas un poco de tiempo, te interese la reflexión.
La certeza de la incertidumbre es lo que impera en la vida de los seres humanos. Si aceptamos que el cambio es permanente y que nada es para siempre, aceptaremos también que la duda, la vulnerabilidad, nos colocan cotidianamente en el terreno de las no certezas. La aceptación de este hecho nos hace que nos olvidemos un poco o un mucho de ese estado de fragilidad que representa no estar seguros de nada.
Confiar nos alivia, tener fe nos fortalece, vivir el presente nos da tranquilidad. Imaginen ustedes cómo sería la vida si de manera constante la angustia de lo que está por venir nos tomara para sí. Serían imposibles los momentos de gozo que nos procuramos, los planes de viajes, la aventura de emprender. En fin, viviríamos paralizados. Por eso no debe asustarnos esa condena a la que nos ha sometido el acomodo del mundo actualmente.
Nadie nos había dicho, pero siempre hemos estado rodeados de inseguridad, es decir, no tenemos seguro nada, ni la vida. Por eso, lo que nos toca es vivir lo mejor posible. No digo que abandonemos el cálculo razonable, el cuidado a nuestra persona, el apoyo solidario a quienes entran en el torbellino de las dudas, pero hagámoslo sin obsesiones, dejándonos llevar por la sorpresa que representa cada nuevo amanecer, porque aunque muchas veces queramos, nunca un día es igual a otro.
La incertidumbre goza de mala fama porque la asociamos a todo lo negativo y porque nuestra propia naturaleza exige respuestas prontas, claras, con plazos, con detalles de lo que va a ocurrir. La incertidumbre vive muy cómoda en el futuro y es desde ahí donde controla pensamientos y emociones. Ella es feliz robándonos el sueño, inundando nuestro cuerpo de cortisol, frenando las ilusiones, pintando panoramas negros. Ella sabe que no es buena, pero de eso se vale para secuestrarnos. Y entonces no queda más remedio que enfrentarla, encararla y desconectarnos de su dominio.
Es tan corto el tiempo de estar que bien vale la pena pensar-nos desde donde nos estamos habitando. ¿Qué permitimos que rija la existencia?
La incertidumbre y el miedo son roomies, les gusta vivir juntos porque hacen de las suyas con más facilidad. La pregunta será: ¿Cómo quiero vivir? ¿Amenazado constantemente por todo y por nada? ¿O con el maravilloso reto de procurarnos la paz por encima de las distracciones que eso supone?
Por eso, por más que nos digan que es la palabra del año, que lo único que real es la incertidumbre, más nos vale no comprar la idea. Porque si bien es una realidad inobjetable y es la constante de la vida, no podemos creer que todo empieza y termina ahí. Vivir en la confianza es más poderoso. Haremos lo que podamos con lo que nos presenta la realidad, ni más ni menos.
A veces creo que a alguien le conviene que vivamos en la duda. Por eso, asumamos que vivir implica en sí mismo un riesgo constante, que nadie nos puede garantizar que saldremos bien librados, pero que así está bien y así tiene que ser. Los tiempos de Dios son perfectos y él es lo único cierto que nunca nos fallará. Vivamos entonces con alegría.
X: @mpamanes