¿Cambio? ¿Por qué cambiar? ¿Qué no están las cosas ya suficientemente mal?”.
Así se preguntaba Lord Salisbury, primer ministro británico en el siglo XIX. La pregunta se refería a la capacidad del Reino Unido para reformarse. Lo mismo podría uno preguntar sobre el México actual.
México vive un espejismo. Una parte importante de la población vive mejor que en el pasado reciente y no quiere otra cosa que seguir la fiesta. Otra parte reconoce la trampa en la que estamos, pero es incapaz de alterar el rumbo. El partido gobernante ha logrado colocarle una soga al cuello del desarrollo y la inmovilidad que nos caracteriza parece algo normal, natural.
Las incoherencias y contradicciones están presentes en todas partes. Aquí describo algunas de las que me parecen más salientes para que cada uno llegue a su propia conclusión.
México, al igual que buena parte del mundo, experimentó profundos desajustes en las décadas recientes, desajustes producto esencialmente del cambio tecnológico acelerado que dislocó los procesos productivos, las relaciones internacionales, el comercio, la civilidad política y la convivencia entre la población. La ubicuidad de la información hizo evidentes los contrastes sociales que, además, se exacerbaban por la propia tecnología. La llegada de personajes como AMLO, Trump, Bolsonaro y sus similares alrededor del mundo no fue producto de la casualidad.
Cada uno de estos líderes fue imponiendo su marca, dependiendo de la fortaleza relativa de las instituciones de cada nación. Las instituciones mexicanas probaron ser extremadamente débiles, lo que no sólo llevó a una concentración extrema del poder, sino a la consecuente impunidad y corrupción que, además de flagrante, ha adquirido dimensiones nunca antes vistas.
Baste observar las pérdidas al erario por el huachicol fiscal. Por si eso no bastara, la inacción de la FGR constituye el broche de oro al proyecto de permanencia en el poder.
Pero el régimen ciertamente es popular.
López Obrador no sólo logró ser admitido como representante de las causas populares, sino que ancló su proyecto en los programas sociales que yacen en el corazón de la esperanza que nutre la fortaleza política del obradorismo.
Ambos componentes del proyecto son clave: el representante de las causas populares envalentona y empodera a quienes se sentían despreciados (deplorables, los llamó Hillary Clinton), mientras que el ejército de los “siervos de la nación” articula el proyecto en todos los ámbitos de la vida política: desde la escuela hasta la salud y, por supuesto, la entrega de las “ayudas” que el prócer prometía. Ni un paso sin huarache, todo en la política del bienestar.
La “criminalidad del bienestar” -el crimen organizado- también fue parte del proyecto que entrañó el deterioro de las normas, lo poco que quedaba de la legalidad y la total ausencia de límites o contrapesos.
Hoy ya no existen parámetros de comportamiento ni mecanismos que los hagan cumplir. La llamada justicia es berrinchuda y sesgada y, por lo tanto, inexistente.
AMLO mantenía la cohesión de su “movimiento” por su enorme presencia y habilidad. Hoy, la lucha por el poder está en todos los ámbitos.
Así, el contexto y realidad de la presidenta Sheinbaum es radicalmente distinto al de su predecesor. Ella cuenta con el beneficio de la estructura que heredó, pero enfrenta a un Trump agresivo que demanda resultados concretos y no tiene la habilidad o experiencia de AMLO para controlar a sus propias huestes. El fácil recurso a la soberanía o la retórica antiestadounidense se agota con rapidez porque todo mundo sabe que, efectivamente, el crimen organizado está en todas partes y que la corrupción es un hecho evidente. La mayoría de las gasolineras preguntan si uno requiere factura, evidenciando la doble contabilidad que caracteriza al huachicol fiscal.
Ninguna retórica contrarresta la obviedad.
Las disquisiciones sobre quién gobierna saturan las columnas, pero en política lo que importa es lo que la gente cree. Y ese es un gran problema para la presidenta. En contraste con su predecesor, ella entiende perfectamente bien la inviabilidad del modelo económico vigente, pero sus soluciones no resuelven el entuerto. Más bien, lo acrecientan. Eso resume el panorama: AMLO por un lado, Trump por otro y luego un dogmatismo ideológico que impide romper con la parálisis prevaleciente.
La conclusión de un artículo reciente sobre el debate dentro de la Casa Blanca sobre qué hacer respecto a México, publicado en The Atlantic, aporta otra perspectiva a este complejo menjurje: “la aparente inconsistencia en las decisiones de la Casa Blanca refleja las propias contradicciones internas de México: un país con una economía lícita de dos trillones de dólares, donde el crimen organizado controla grandes espacios territoriales; un gobierno que ataca a los cárteles, mientras que muchos de sus propios miembros son acusados de ser parte del crimen organizado. El gobierno de EU siempre ha tenido dificultad en capturar estas sutilezas en su visión. Ahora parece que ya ni siquiera lo intenta”.
Esta historia todavía está por escribirse, pero, como escribió Thomas Sowell, “uno de los problemas de ser pesimista es que nunca puedes celebrar cuando las circunstancias te dan la razón”.