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YAMIL DARWICH

En National Geographic en el mes de abril, hizo una aseveración que debe preocupar a la humanidad, particularmente a educadores e investigadores del área de la salud: "El coeficiente intelectual está descendiendo por primera vez en décadas". Tema motivador en el día de niño.

Escribieron: el coeficiente intelectual -I.Q.- se había incrementado a partir de 1930, enumerando entre las causas: mejor alimentación, el incremento de la salud por los descubrimientos médicos y la educación, que se estandarizó en la mayor parte del mundo.

Recordemos que la prueba del I.Q., qué es útil a los psicólogos, mide la inteligencia para evaluar a pacientes; sin embargo, representa una estimación parcial, al no considerar factores como potencialidades emocionales o las capacidades creativas.

En descargo, debo escribir que es la herramienta más importante en el campo de estudio de la salud mental -Wisc, para niños o adultos-.

Se considera que, en promedio, los humanos presentan -según la citada prueba- una puntuación entre 90 y 109 puntos, siendo 130 el nivel más alto, quedando establecido el límite de lo considerado normal, entre 70 a 79. Menor a 70 es calificado como bajo y calificando al paciente como deficiente intelectual.

La declaración en la revista se apoya el en el "Efecto Flynn", del neozelandés estadounidense James R. Flynn, escritor/investigador de la inteligencia humana -1934 al 2020-.

Estudió ampliamente el fenómeno durante el siglo XX y comienzos del siglo XXI; constató que "los puntajes de las pruebas de inteligencia habían aumentado constantemente desde principios de la década de 1930".

La revista Intelligence, utilizó una prueba de personalidad online llamada "Proyecto de Evaluación de Personalidad de Apertura Sintética", para analizar a casi 400 000 estadounidenses.

Registraron respuestas, -del año 2006 a 2018- examinando si los puntajes de capacidad cognitiva estaban cambiando dentro del país con el tiempo y el porqué.

Mostraron caídas en lógica y vocabulario; los llamados razonamiento verbal, resolución de problemas visuales y analogías -conocido como razonamiento matricial- y habilidades computacionales y matemáticas.

En contrario, según Elizabeth Dworak, doctorada en Desarrollo de la personalidad y mentalidad psicológica, colaboradora en la U. Northwestern, afirma que las puntuaciones en razonamiento espacial siguieron una tendencia ascendente durante el período de 12 años, demostrando que la inteligencia está variando en las orientaciones de las capacidades individuales.

Otros investigadores están preocupados; aseveran que las causas están en la deficiencia en el desarrollo de las habilidades intelectuales a causa de la facilitación del pensamiento. Con los avances de las ciencias de la comunicación -recientemente la I.A.-, han disminuido los ejercicios mentales para las matemáticas, lectura y comprensión; ofreciendo alternativas para simplificar tareas -copiar/pegar-, limitando el crecimiento e interconexión de redes neuronales.

Michel Desmurget, doctor en neurociencia y director de investigación en el Instituto Nacional de la Salud y la Investigación Médica de Francia, escribió el libro "Fábrica de cretinos digitales", afirmando que: "El uso de tecnología -smartphones, ordenadores, tabletas- por parte de las nuevas generaciones, es absolutamente desproporcionado".

Continúa: "a los dos años, el consumo medio se sitúa en torno a las tres horas. De los ocho a los doce, la media se acerca a las cinco horas; en la adolescencia, la cifra se dispara casi a siete horas, lo que supone más de dos mil cuatrocientas horas al año en pleno desarrollo intelectual".

Asevera: "en contra de lo que la prensa y la industria han difundido hasta ahora, el uso de la tecnología, lejos de ayudar al desarrollo de los niños y estudiantes, produce graves complicaciones de toda índole: sobre el cuerpo (obesidad, problemas cardiovasculares, reducción de la esperanza de vida), sobre las emociones (agresividad, depresión, comportamientos de riesgo), sobre el desarrollo intelectual (empobrecimiento del lenguaje, concentración, memoria…) y familiar, sin el reforzamiento educativo en casa".

Habrá que analizar tales afirmaciones a partir de nuestra realidad familiar y evaluar los usos y costumbres que tenemos con nuestros íntimos: el manejo de computadoras, tabletas y teléfonos celulares; si tenemos una comunicación eficiente e íntima con los menores, promoviendo actividades con ellos, buscando el aspecto lúdico y aceptando sus preferencias, tanto de los niños como los jóvenes; hasta repensar la alimentación que reciben todos en casa, escuela o centros de trabajo.

No dejemos desapercibido las relaciones escolares, -con compañeros de aula y otros- y las de amistades que conviven con ellos fuera de casa y en actividades de diversión conjuntas.

No querer ser el "amigo", sino el papá-mamá /amigo, con quien les sea fácil, confiable y seguro comunicarse.

Sé que es difícil, pero "no hay medicina social dulce".

En otros "Diálogos" le he insistido en rescatar a sus menores del daño que le está produciendo el sobreuso de las nuevas tecnologías, la falta de cercanía familiar y el reforzamiento de la educación familiar -valores-.

Vale la pena comentarlo en casa y tomar decisiones. ¿Qué piensa?

ydarwich@ual.mx

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