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Investigación inhumana

Los Kellogg concluyeron que una crianza con abundantes estímulos acelera el desarrollo, pero que también la genética y las condiciones de la especie marcan límites en ese desarrollo.

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ANTONIO ÁLVAREZ MESTA

¿Qué es más importante en la formación de los seres humanos: la herencia o la educación? Esa es una pregunta que a lo largo de los siglos infinidad de estudiosos trataron de responder y que ha generado una apasionada controversia. La misma disyuntiva se puede plantear de otras maneras: ¿natura o cultura?, ¿biología o sociedad?, ¿genes o memes?

Un matrimonio de psicólogos, Winthrop y Luella Kellogg, de la Universidad de Columbia, llevaron a cabo una atrevida investigación en 1931. Quisieron averiguar qué tanto pesa tener una crianza idéntica en el desarrollo de individuos de especies diferentes. Lainvestigación que idearon fue resumida en estas palabras para una revista científica: “Supongamos que un simio antropoide en su día de nacimiento fuese llevado a una familia humana típica. Supongamos que fuese alimentado con biberón y que fuese vestido, aseado, bañado, y acariciado en un ambiente humano típico; que se le hablase desde el momento del parto tal como se hace con un niño humano; que tuviese una madre adoptiva humana y un padre adoptivo humano... Y la situación ideal se lograría si el bebé simio fuese adoptado por una familia humana con un niño de una edad equivalente a la del pequeño simio”.

Sin embargo, los Kellogg no pudieron conseguir un simio recién nacido. Robert Yerkes, etólogo mundialmente famoso, que a la sazón dirigía la Estación de cría y experimentación de antropoides en Orange Park, Florida, les facilitó una chimpancé de siete meses y medio. Entonces los Kellogg decidieron que su hijo Donald de diez meses sería el compañero de crianza de la pequeña chimpancé. Esa decisión les acarreó virulentas críticas y hasta la fecha es motivo de cuestionamientos éticos.

La chimpancé recibió el nombre de Gua y convivió día y noche con Donald. Los Kellogg se dedicaron a la crianza de ambos y aplicaron la más rigurosa metodología para estudiar el comportamiento social y afectivo, los patrones alimenticios, la coordinación motora, las formas de comunicación y el desarrollo del lenguaje y de la inteligencia.

Se observó que desde el primer momento en el que Gua y Donald entraron en contacto mostraron mutuo interés. Gua era muy afectuosa y extendía sus labios con intención de besarlo. Donald, tímido, se sorprendía pero no rechazaba el beso. Se desarrolló una relación de apego. Si Donald era llevado a otra habitación Gua le seguía. Si Gua gemía, Donald la abrazaba con ternura.

Gua aprendió a usar correctamente la cuchara y a beber en un vaso varias semanas antes que Donald. Caminaba en una posición erguida y era más fuerte que Donald, pero lo trataba con delicadeza. A la chimpancé no le gustaba jugar sola. En cambio Donald podía entretenerse solo por largos ratos.

Sorprendentemente la monita logró la comprensión de más de un centenar de palabras y entendía órdenes sencillas. Estaba adaptada a su hogar humano. Incluso podría decirse que fue una alumna aplicada. De hecho, Donald sólo la empezó a superar en inteligencia a partir de los dieciocho meses. Y se comprobó que la clave estuvo en el mayor potencial lingüístico de la especie humana.

A los nueve meses de intensa convivencia los “hermanos” fueron separados. ¿El motivo? Parecía bien que Gua imitara a Donald y a sus padres adoptivos humanos, pero no podía permitirse que Donald imitara conductas de Gua, por ejemplo, sonoros gruñidos y gestos simiescos para indicar que deseaba comer.

Los Kellogg concluyeron que una crianza con abundantes estímulos acelera el desarrollo, pero que también la genética y las condiciones de la especie marcan límites en ese desarrollo.

Gua fue regresada a la estación de Orange Park y murió de neumonía poco después. Por su parte, Donald —graduado como médico— se suicidó en 1972. Sin duda, los dos merecían un mejor final.

antonioalvarezmesta@hotmail.com

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