magen: Sofía Gryllo
Le gusta recubrir con palabras el fósil del recuerdo que quiere excavar y siente que la nostalgia es una enfermedad poética de la que uno nunca se cura. En Neblina afuera (Sexto Piso, 2025), su más reciente libro, Iveth Luna Flores destila su historia en autoficción. Con su herencia obrera, trabaja la memoria de manera profunda: la familia, el cuerpo, la formación universitaria. Cada una de sus letras forma un mapa de su natal Apodaca, en un lenguaje “cadillo” tan duro como las fábricas que enmarcaron su infancia.
Neblina afuera puede leerse como una novela fragmentada: los ensayos están unidos por la necesidad de escribir, de enraizar la memoria y habitar el pasado; solamente así es posible un futuro. Cuando se tiene la sensación de haber vivido sólo una historia,la palabra entra en las grietas, se asoma en las confusiones y vislumbra una genealogía donde Iveth Luna Flores se atreve a cuestionar las estructuras tradicionales y desmarcarse de ellas. “Toda historia familiar es como una reproducción privada de la historia de su tiempo”, es la frase de Herta Müller que la autora coloca al inicio de su obra.
Uno de esos puntos es la disposición servicial que han tenido las mujeres con los integrantes masculinos de las familias mexicanas. La autora lo aborda en uno de sus ensayos: “A pesar de que sean las madres quienes controlan toda la economía o cuidan en la casa, son los padres quienes tienen la última palabra”.
Pero, a pesar de todo, Iveth fue libre en Apodaca. Recuerda con cariño sus calles, sus arroyos, sus campos, los juegos que sólo era capaz de redactar la inocencia. Por eso su escritura es comunal. Mirar hacia atrás le da la oportunidad de situarseante un folio en blanco y reinterpretar la historia. Lo escribe en uno de sus anteriores poemas: “La única ventaja del blanco / es que en él puedes dibujar lo que quieras”.
En el corazón del libro habita el ensayo “La forma más veloz que tengo de moverme”. Allí, en breves párrafos, la autora reflexiona sobre el papel que la poesía ha tenido en su vida, un género que se toma como quien entra a una casa vacía y la vuelve suhogar. En ese tenor aparecen frases como la de Jorge Luis Borges: “Cuando leemos un buen poema pensamos que también nosotros hubiésemos podido escribirlo, que ese poema preexistía en nosotros”.
Momentos antes de presentar Neblina afuera en la Feria Universitaria del Libro UANLeer 2026, Iveth Luna Flores sube a la planta alta del Colegio Civil Centro Cultural Universitario de Monterrey. Toma un ejemplar de la revista Siglo Nuevo, el equipo de Sexto Piso le hace una breve sesión fotográfica y luego conversa sobre su libro. En la poética de su voz, expresa convencida que es posible alcanzar la libertad al momento de escribir.

Recuerdo unos versos tuyos en Ya no tengo fuerza para ser civilizada: “Me gusta recubrir con palabras / el fósil del recuerdo que quiero excavar”. Si como apunta el título de este poema, la nostalgia es una enfermedad, ¿consideras que te has curado de ella?
No, siento que la nostalgia es una enfermedad poética de la que uno nunca se cura. En Neblina afuera, justo lo que hago es trabajar la memoria de manera más profunda, expandida, algo que en mi poesía ya estaba intentando hacer, pero creo que acá profundicé mucho más en temas que tienen que ver con la familia, con el cuerpo, con la formación universitaria. Fue un poco como sacar ese recuerdo, pero intentar sacarlo lo más profundo posible.
Inauguras Neblina afuera al narrar tu infancia y juventud en Apodaca. Si nuestra lengua contiene el lenguaje de los territorios donde crecimos, ¿cuál es el lenguaje que habita en ese lugar?
Creo que es un lenguaje muy complejo; pensaría en un “lenguaje cadillo”, como los cadillos que se te pegan a las calcetas. Donde crecí había mucho monte, porque eran colonias que apenas se estaban construyendo, casas de Infonavit. Entonces, viví una infancia muy libre en las calles, en los arroyos, en los campos, al mismo tiempo en que se estaban construyendo todas estas fábricas alrededor. Creo que los lenguajes de Apodaca son duros como la fábrica, pero también son muy comunales. La cosa de la colonia, las familias que se apoyan entre sí, los vecinos que se cuidan entre sí, eso sigue estando muy presente y siento que enla ciudad ya se perdió.
En tu libro hablas de una herencia fabril y el tema de las fábricas es como un leitmotiv del noreste mexicano. ¿Encuentras una poética en el entorno industrial?
Hay una poética del trabajo donde se romantiza el esfuerzo, se romantiza la explotación, pero también es un lenguaje que viene mucho del cuidado. A mí sí me interesaba explorar la parte del cuidado de las mujeres en mi familia, pero también complejizar ese cuidado, no sólo exponerlo o juzgarlo —que en parte sí me parece necesario criticar ese cuidado, porque es lo que sostiene al cuerpo trabajador y a la industria—. Creo que hay muchos cuidados dolorosos y bellos. No podemos simplemente despreciar esos cuidados y pensar que son nocivos, sino también pensar que son las formas en las que resistimos y en las que nos educaronnuestras madres. En las colonias de clase trabajadora, los cuidados son elementales para el cuerpo trabajador y para que siga girando esa tuerca. Por otro lado, creo que todavía hay mucha libertad en estas colonias, justo porque todos estamos al pendiente de todos. Claro, tendrá sus negligencias, como cualquier otra zona, pero también creo que esas comunidades posibilitan el cuidado mutuo entre la comunidad.

Escribes: “Tomamos la poesía como quien entra a una casa vacía, en ruinas, y la vuelve su hogar”. Cuando dejaste la casa de tus padres, hablabas de construir tu propio hogar, ¿lo encontraste en la poesía?
Sí, sí lo encontré en la poesía. Y creo que justo en la poesía y en mis relaciones personales fue donde también vi esto que dicen, de que uno puede salir del barrio, pero el barrio sigue en ti. Tú puedes salir de tu familia, de dinámicas tóxicas, de dinámicas dolorosas, y las vas a replicar si no las cuestionas, si no las aprendes a ver. Entonces, creo que para mí la poesía, o la literatura en general, me ha ayudado a identificar esos patrones, esas herencias. Y ver cómo también puedes intentar transformarlas, porque no puedes decir: “Ay, ya no voy a ser esta persona” y ya, es imposible; vas cargando con todas esas voces que te habitan. Sí creo que la poesía fue ese pequeño departamento que no pude comprar, pero en lenguaje ahí está.
Sobre los patrones y las herencias familiares, tocas el tema de la familia patriarcal, donde el padre es el centro del universo hogareño. Muchos crecimos en esas condiciones y te lo cuestionas, incluso cuánto repetiste el patrón con tus parejas. ¿Qué te inquieta de estos rasgos familiares tan enraizados en nuestro país?
Siempre me incomodó esta cosa de servirle a los hombres, que es algo que está mucho en las familias mexicanas, sobre todo en las norteñas y católicas, de cómo el papá o el abuelo tiene el poder o tiene todo el control. A pesar de que sean las madres quienes controlan toda la economía o cuidan en la casa, son los padres quienes tienen la última palabra; desde ahí son los primeros o los que tienen la autoridad para decidir. Siempre me incomodó eso, porque me parecía materialmente desigual. Si en mi casa o en la casa de mis amigas y de mis primas y de mis tías, eran las mujeres las que hacían el jale más pesado, ¿por qué los hombres, desde su sillón y tomándose su cerveza, podían decidir sobre ellas? Incluso sobre los cuerpos de las mujeres. Todavía habría que cuestionar eso. Incluso aunque nos dediquemos al arte, seamos feministas o deconstruidas, hay muchas cosas en las familias mexicanas que todavía no podemos mover de lugar; las respetamos, porque la familia es toda una institución para respetar.

Hay un autor que te acompañó en el proceso de este libro: Juan Pablo Villalobos. Él tiene una frase: “En el libro no aparecen las cosas del presente, sólo las del pasado y las del futuro”. ¿Qué te generan sus palabras?
Me encanta, no la conocía. Juan Pablo, de hecho, ahorita es mi maestro —estoy en un taller de novela con él— y ha sido mi tutor en otros momentos. Justo ayer en un taller que yo estaba dando, decía que vamos hacia el pasado para ir hacia el futuro. Es decir, generalmente la idea del progreso que nos han vendido en estas ciudades industriales es que hay que ir “para adelante, para adelante, para adelante”, o “para arriba”, como una cosa de “avanzar”. Y cuando se hace eso, lo que se hace es borrar lo que ha pasado atrás. Y de hecho lo que han intentado la industria y el gobierno es borrar el pasado, para no entender la lucha de lostrabajadores, de los sindicatos… Se ha borrado esa búsqueda de los derechos laborales. Entonces, no sólo en ese ámbito de lo laboral, sino en lo familiar, para mí es importante ir hacia atrás, hacia abajo, como a las raíces. Creo que esa es la manera en la que me he podido mover. No desde el presente, sino yendo hacia atrás, y eso me hace entender cómo moverme hacia adelante.
¿Escribimos por la ilusión de la libertad o realmente somos libres cuando lo hacemos?
Yo creo que sí somos libres cuando escribimos, porque creo que si no fuera libre no podría quedarme ahí. Y porque justo el lenguaje es movimiento. Incluso cuando vamos a escuchar música o cuando estamos platicando con alguien, sentimos la libertad de expresarnos. Entonces, yo creo que sí, que el lenguaje te va llevando a construir quién eres, o a apalabrar quién eres y qué estás haciendo.
Hablas de que en este libro se solidifican tus obsesiones, tus miedos. ¿Cómo han envejecido estos aspectos en tu libro? ¿Consideras que algunos aún gozan de juventud?
Sí, totalmente, por ejemplo, en el ensayo de “Lo que llevo en la maleta”, cuando hablo de que tenía mucho miedo para entrar a la universidad porque no había leído. Estos días en que empecé otro taller de poesía... ya me dedico de tiempo completo a dar talleres de poesía, pero siempre que voy a iniciar un nuevo taller me vuelven a dar muchos nervios, vuelvo a sentir que no tengo la autoridad para dar el taller, a pesar de que llevo años haciendo esto. Entonces, pienso que esto es un rezago de la clase trabajadora: nunca crees que realmente tienes la autoridad o los conocimientos para hacer lo que estás haciendo. Como que el clasismo todo el tiempo está sobre ti haciéndote cuestionarte: “¿Pero sí tengo estos conocimientos o no?”. Lo cual sería muy diferente de haber idoa una universidad súper prestigiosa con todas las posibilidades y facilidades, incluso con la salud mental para poder aprender. Creo que la concepción que tenemos muchas personas que venimos de la clase trabajadora es que siempre hay una revisión de quiénes somos y qué sabemos, como si nunca pudiéramos decir: “Sí sé esto” y ya. Lo hacemos, pero siempre vuelve esa desconfianza. Entonces, creo que ese miedo sigue ahí, muy vigente.

En el ensayo que da nombre al libro narras tu lucha por dejar de fumar y de todo lo que significaba el humo del cigarro al momento en que escribías. En algún momento, ¿esas nubes de nicotina se disiparon o rompieron a llover encima de ti?
Creo que llovieron en su momento, cuando años atrás escribí ese libro. También fue un libro que escribí con mucha neblina. Pero claro, me siento fuera de esas nubes. Sí siento que haber escrito este libro, haber hecho el proceso de dejar de fumar y escribir en el día, estructurar mi rutina de escritora, me hizo ver muchísimas cosas que no había visto antes. Si antes me acercaba todaansiosa o desesperada a escribir, ahora se siguen sintiendo las cosas, pero lo hago con más tranquilidad y seguridad. Sí creo que se disipó un poco esa neblina, y eso también es la profesionalización: ya no estar haciéndolo nada más al ahí se va, con drogas o con sustancias, sino siendo muy consciente de lo que estás haciendo.
En ese mismo ensayo escribes: “Ahora que miro atrás, siento la sensación de haber fumado el mismo cigarro toda la vida”. Sientes que, en algún momento, ¿los seres humanos hemos llegado a pensar que hemos vivido la misma historia toda la vida?
Sí, totalmente. Pienso en las personas que tienen ansiedad: no logran recordar que en algún momento de su niñez no tuvieron ansiedad. Piensas que toda la vida te has sentido así. O cuando te sientes no querido. Creo que los traumas o la falta de algo te hacen pensar que toda tu vida fue así, y creo que para eso es la memoria, para regresar a la infancia, a estos momentos donde noestaba toda esa neblina. No sé, yo con esto del cigarro pienso que lo mismo diría alguien que se droga, alguien que bebe o alguien que siente que toda su vida lo hicieron menos; pareciera que siente que toda la vida ha sido la misma persona con la misma sensación.
Otro elemento recurrente en tu obra ha sido el diván y la terapia psicológica. ¿Qué tan importante ha sido para ti, sobre todo en cuanto al mito de que si alguien va a terapia esto afectará su modo de escribir al ya no experimentar emociones tan aplastantes?
Creo que hay un romanticismo del oficio o del talento, como si fuese una cosa misteriosa. Creo que el diván o la terapia son una cosa casi de la lectura o de la escritura: trabajamos con lenguaje, vas y hablas, te escuchas a ti mismo, escuchas las mentiras que dices en la terapia, sales de ahí y te pones a pensar en qué dijiste o por qué estás diciendo esas cosas. Y creo que no, creo que la terapia, como otras disciplinas artísticas, es un método de autoconocimiento y de ficción, porque claro, tú vas a construir quién eres dentro de la terapia y eliges qué vas a contar. Hay una selección de qué es lo que cuentas, como cuando eliges dentro del libro qué es lo que vas a contar. No sé si es para todas las personas, para nada diría que la terapia es para todos; porque no creo en eso, creo que hay gente que tiene años yendo a terapia y sigue cagándola de las mismas formas. Más bien son caminos de autoconocimiento que te van a servir a ti y a nadie más.
A estas alturas de tu carrera y de tu vida, ¿qué has descubierto de lo que dibujas de ti al escribir?
Ahora que puedo ver con distancia mis poemas, creo que este libro me ayudó a decir “¡Ah! Okey, esto es lo que yo trazaba de mi historia personal”. En Mis amigas están cansadas (2024), por ejemplo, empecé a hablar más de mis amistades, de mis animales de compañía, de mis sobrinas; hasta que no sabes qué cuentas, puedes elegir qué contar. No sé si será para toda la vida, pero sí creo que ahora tengo un poco más de claridad de esos dibujos.
srodriguez@elsiglo.mx