Jessy Archer: la eterna reina del barrio de Santa Rosa
A simple vista no lo parece, pero Jessy Archer es una sobreviviente.
Aunque evita encasillarse en etiquetas, Jessy forma parte de una de las poblaciones más vulneradas del país. Diversas investigaciones y organizaciones coinciden en que, en México, las personas trans tienen una expectativa de vida de apenas 35 años.
Detrás de esta estadística convergen múltiples factores: la violencia y discriminación sistemáticas, las barreras para acceder a servicios de salud, la precariedad económica, la exclusión laboral y el rechazo familiar que enfrentan muchas personas trans a lo largo de su vida.
Actualmente, Jessy tiene 70 años. Su identificación oficial indica que se llama Jesús, pero toda su vida se ha asumido como "simplemente Jessy".
"Soy lo que ves", expresa mientras toma asiento en un sillón rojo. A su flanco izquierdo, un gran cuadro de Marilyn Monroe parece custodiar la escena. Desde ese rincón de la casa que la vio crecer, Jessy desteje los hilos de su historia.
Estamos en Santa Rosa, uno de los barrios con mayor tradición, identidad y arraigo popular de Gómez Palacio. Entre las calles de esa colonia Jessy descubrió su identidad. Hasta ahí migró su familia proveniente de Jalisco.
"Mis papás vinieron para acá por la bonanza del algodón, el oro blanco de La Laguna".
A ella le tocó nacer en esta región desértica. En total fueron seis hermanos, de los que, dice, ya sólo quedan tres.
Desde que llegaron a Gómez Palacio se instalaron en una casa ubicada sobre la calle Urrea. Jessy ha vivido toda su vida en esa zona. "Por eso soy la reina de Santa Rosa", pronuncia orgullosa, mientras con su mano derecha roza la corona que se posa en su cabeza.
El 15 de junio de 2025, Jessy fue coronada Reina de la Marcha LGBTI+ de Gómez Palacio. A sus 69 años, y después de haber vivido gran parte de su vida en una ciudad donde la diversidad sexual permaneció durante décadas en los márgenes, se convirtió en el rostro de la primera celebración organizada por el municipio para visibilizar a las minorías sexuales.
Su coronación ocurrió en el marco de las celebraciones del Orgullo Gay, 28 de junio, una fecha ligada a las luchas históricas por los derechos de la diversidad sexual.
Cuando recuerda aquella noche, Jessy guarda silencio unos segundos. El brillo en sus ojos lo dicen todo: "Fui muy feliz. Muy plena".
Quizá muchos no lo entiendan, pero a finales de la década de los 60, época en la que Jessy decidió ser quien era, la homosexualidad era considerada una enfermedad mental por amplios sectores médicos y sociales. El contexto en Gómez Palacio estaba marcado por la invisibilidad, la discriminación y la vigilancia moral.
Por eso, la coronación de hace un año, más que un certamen, para Jessy fue el abrazo social que esperó durante mucho tiempo. Portar la corona le resignificó todas las décadas que resistió en silencio. Fue su momento para ocupar un espacio público y hablar por las y los que no han sido escuchados: "Agradezco a Dios y a la vida por permitirme llegar hasta aquí, no como víctima, sino como una ganadora, una diva que creció entre el odio que nos acechaba. […] Hoy mi existencia es la prueba de que existimos porque resistimos. Y como reina, seguiré en pie de lucha, de la mano de mi comunidad, defendiéndonos, viviendo con orgullo y con resiliencia", fue el mensaje que lanzó esa noche a la audiencia.
Un año después, en la casa de su infancia, Jessy Archer, la eterna reina del barrio de Santa Rosa, desteje sus memorias para narrar, en el marco del Día Internacional del Orgullo LGBTI+, cómo fue y ha sido habitar un mundo que rechaza lo distinto.
DEL SEMINARIO A LA LIBERTAD
Hace 60 años Jessy era un niño con rasgos afeminados habitante de un barrio bravo. Santa Rosa era mucho más que una colonia popular. Sus calles crecieron sobre uno de los asentamientos más antiguos de la Comarca Lagunera, ligado a la antigua hacienda que antecedió al desarrollo de Gómez Palacio. Ahí, donde décadas atrás revolucionarios ocultaron armas y conspiraron contra el régimen porfirista, Jessy intentaba librar su propia batalla: entender quién era.
Aunque percibía que no era como los otros niños, trató, inconscientemente, de esconderse tras un traje de monaguillo para servirle al sacerdote que oficiaba las misas en la Parroquia de Santa Rosa de Lima, fundada en 1886 y clavada desde entonces en el corazón del barrio.
Junto con otro compañero, recuerda, jugaban a que oficiaban misa. Usaban la vestimenta del padre e imaginaban que un puñado de galletas eran las hostias que le daban a la gente.

Ese juego inocente llegó a ser visto por una religiosa que vislumbró en ambos una vocación sacerdotal real que terminó en una invitación a formar parte del seminario de Atizapán de Zaragoza, ubicado en la Ciudad de México.
Jessy tenía 12 años de edad y un montón de dudas sobre su identidad. "Me fui por miedo a que descubrieran mi sexualidad".
Lo intentó, pero no pudo ocultarlo. En la escuela, cuando un profesor le preguntaba algo, y tenía que contestar en voz alta, a sus espaldas escuchaba que se murmuraba: "este güey es puto, es gay".
Lo lastimaba que lo señalaran, por eso se fue. Era 1968 cuando tomó el camión número 91 de la línea de camiones Omnibus para irse a la Ciudad de México.
"Me fui en el año de las Olimpiadas y de la matanza de Tlatelolco", Jessy habla de dos eventos que marcaron la historia de México. El primero sellaría la entrada del país a la modernidad global; el segundo, aunque un acto encarnizado, representó un parteaguas en el despertar social inspirado por la lucha estudiantil que exigía, entre otras cosas, el fin del autoritarismo.
En general, el 68 fue un año de efervescencia política, cultural y sexual. Incluso, varios artículos periodísticos y académicos, señalan que una de las olas expansivas del movimiento estudiantil fue precisamente el activismo de la diversidad sexual.
En medio de ese contexto social, Jessy, que, aunque sí comulgaba con los buenos valores y con la filosofía de amar al prójimo como a ti mismo. Aunque sí creyera en Dios y en los "preceptos del Padre". Después de un año de haber llegado al seminario y en el trance de un soliloquio, se sinceró: "Me dije a mí misma: 'mí misma, no quiero ser sacerdote, ni tampoco esconder mi sexualidad y ni mis preferencias debajo de un hábito religioso".
Era 1968, año catalizador histórico y cultural, cuando Jessy rompió el molde tradicional y decidió liberar su verdadera identidad.
REINA DEL ESTILISMO
Después de dejar el seminario, Jessy volvió a La Laguna, a su natal Gómez Palacio. Retornó al barrio con la certeza de que no quería esconderse nunca más. Ya no estaba dispuesta a negociar con el silencio que imponía la época.
Pero la libertad siempre ha tenido un precio. En un principio Jessy no fue aceptada por su familia. Su padre, recuerda, nunca aceptó del todo quién era. Hubo momentos en que incluso la negó públicamente.
"Me dolió mucho. Una vez le preguntaron por su famoso hijo, Jessy, y él respondió que no me conocía. Me negó, así, como San Pedro negó a Jesús", comparte, pero sin permitir que se le abra la herida.
A la reina no le gusta ahondar en los malos pasajes de su vida. No le interesa usar esta ventana para presentarse como víctima. Sufrió sí, como todo aquel que decide ser él mismo: discriminación, rechazo, insultos, estigma, falta de oportunidades laborales. Pero eso jamás la detuvo. Sabía que habitar un mundo que rechaza lo distinto requería actos puros de resistencia, y los tuvo.
Por eso, cuando descubrió lo bien que se sentía arreglarse ella misma frente al espejo, hacerse crepé, y resaltar sus rasgos a base de maquillaje, quiso compartir ese sentimiento y comenzó a arreglar a sus amigas y familiares. Se hizo estilista de forma empírica. Primero fue un pasatiempo, pero luego se profesionalizó tomando seminarios de belleza.

En aquellos años, ya en la década de los 70, los salones de belleza eran espacios prácticamente exclusivos para las mujeres y la figura de un estilista hombre, abiertamente afeminado, rompía con todos los moldes.
Jessy comenzó atendiendo clientas a domicilio. Lo hacía arriba de una bicicleta cargando sobre su espalda una mochila de mezclilla Levi's en la que transportaba tijeras, cepillos, secadora y maquillajes. Así recorrió colonias enteras construyendo una reputación a base de recomendaciones.
Fue hasta que una amiga le lanzó la pregunta: "Jessy, ¿Por qué no pones una estética?", que su vida cambiaría de forma definitiva.
Aunque no contaba con el capital para concretar la idea, otra amiga decidió apoyarla y en el año 1977 abrió su primer local sobre la avenida Hidalgo, entre las calles Escobedo y Ocampo en Gómez Palacio. Un lugar que tiempo después se volvería icónico también para la clientela masculina, aunque al principio, expresa Jessy: "Iban por morbo. Porque decían: 'vamos a ver al jotito, al travesti'. Pero luego sí regresaban porque les gustaba mi forma de hacer estilismo".
De boca en boca, la clientela comenzó a multiplicarse. Dice que es pionera de las estéticas Unisex en La Laguna.
En una época en la que los productos profesionales de belleza sólo podían conseguirse en salones especializados su negocio se volvió una referencia obligada.
"Tenía filas. Yo llegaba a las nueve de la mañana y la gente ya me estaba esperando", recuerda con la añoranza sostenida. Las filas se extendían hasta la esquina. Las personas aguardaban pacientemente para ponerse en manos de aquella estilista que a pesar del conservadurismo de su tiempo, se negó a vivir entre las sombras.
Con los años atendió a mujeres de la alta sociedad lagunera, esposas de funcionarios, primeras damas y artistas que visitaban la región. Incluso llegó a peinar a vedettes como Olga Breeskin, Lyn May, Lina Benar y Merle Uribe, cuando se presentaban en los centros nocturnos de la Comarca Lagunera.
"Yo no lo podía creer. Me sentía en las nubes". Y cómo no, si por aquellos años las minorías estaban sujetas a los márgenes y era raro que alguien alcanzara el éxito. Pero Jessy picó piedra y pronto su estabilidad económica también desafió los prejuicios de la época.
UNA CORAZA CONTRA EL MUNDO
La discriminación estuvo presente durante buena parte de su vida. Los comentarios, las burlas y los señalamientos aparecían con frecuencia. Durante los años más duros de la epidemia de VIH Sida (1983-1990s), incluso hubo quienes asumieron que se había contagiado y que había muerto.
"A mí me mataron muchas veces, pensaban que me había muerto de Sida y de muchas otras cosas y cuando me veían hasta me pellizcaban para ver si no era un fantasma".
Ante la ola de comentarios negativos, Jessy desarrolló una estrategia de supervivencia que todavía conserva. "Me convertí en una ballena enjabonada para que todo se me resbalara", suelta una carcajada.
Aunque la frase suene ligera, detrás existe una historia más compleja. Porque claro que ha llorado. Claro que se ha quebrado. La diferencia es que nunca permitió que esas heridas definieran el rumbo de su historia.
"Yo me vestí con una coraza que no la atravesaba ni un tractor". Su postura también la llevó a convertirse en una referencia para otras personas de la diversidad sexual.
Desde su estética enseñó el oficio a jóvenes que enfrentaban condiciones de vulnerabilidad y buscó alejarlos de contextos de prostitución donde la discriminación limitaba sus opciones laborales.
"A muchos amiguitos les decía que era mejor dedicarse a algo bonito y le enseñé a cortar el pelo, a maquillar".
Quizá por la misma coraza que la abraza, a Jessy no le gusta definirse desde el sufrimiento. Prefiere hablar desde la resistencia. A sus 70 años, asegura que ha disfrutado cada etapa de su vida y que no se arrepiente de nada: "He sido feliz en todas mis etapas".
UNA CORONA PARA TODA UNA VIDA
Cuando en 2025 fue nombrada Reina de la Marcha LGBTI+ de Gómez Palacio, la noticia generó una reacción inmediata entre quienes la conocen.
Muchas de las que fueron sus clientas le dijeron lo mismo: "Pero si tú ya eras reina desde hace mucho".
Y quizás tenían razón. Pero la corona llegó cuando Jessy atravesaba uno de los momentos más difíciles de su vida, fuera de los reflectores, sin ejercer el estilismo y sufriendo la pérdida de dos de sus familiares más queridos.
"Me resurgieron de las cenizas". La distinción apareció justo cuando sentía que atravesaba una etapa gris. Por eso, a la ceremonia, Jessy le dio un significado más profundo.
Aunque pronto deberá entregar la corona a su sucesor o sucesora, hay algo que nadie podrá quitarle, la dignidad de haber vivido con autenticidad.
En esta etapa de su vida dedica parte de su tiempo a acompañar a otras personas mayores de la diversidad sexual que enfrentan la vejez en soledad. Las lleva al médico, las ayuda con trámites o simplemente las acompaña.
En la casa de la calle Urrea donde ha pasado prácticamente toda su vida, la reina de Santa Rosa sabe que la verdad de la vida no está en una corona, sino en haber sobrevivido aún cuando todo estuvo en su contra.
Mientras posa para una fotografía, el murmullo de la colonia se cuela por una ventana entreabierta. Santa Rosa permanece ahí, tejiendo su memoria y sus historias. También Jessy Archer. Después de siete décadas de resistencia, la eterna reina del barrio sigue aquí: auténtica, orgullosa y, sobre todo, libre.