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José Gaos y su discípulo más prometedor

Fue asesor predilecto de cuatro presidentes de la república y avaló en textos periodísticos y declaraciones acciones impopulares, como la represión a los médicos y a los ferrocarrileros, y también la matanza de 1968.

José Gaos y su discípulo más prometedor

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ANTONIO ÁLVAREZ MESTA

Huyendo de la represión fascista en España, cientos de miles de personas buscaron refugio en otras naciones para salvar sus vidas. México recibió a más de veinte mil exiliados; entre ellos, una pléyade de intelectuales que dejó una huella imborrable en la cultura nacional. 

El filósofo José Gaos fue más que bien recibido en México. Aunque había alcanzado la rectoría de la Universidad de Madrid, su mayor distinción era la de ser un discípulo cercano a José Ortega y Gasset. Fue Ortega quien lo impulsó a viajar a Alemania para estudiar con Martin Heidegger; Gaos siguió su consejo y se formó bajo la tutela directa del filósofo más renombrado del siglo XX. Profundizó en su ontología y en la fenomenología de Husserl, corrientes con las que robusteció el raciovitalismo aprendido de Ortega.

José Gaos rechazó la etiqueta de desterrado en favor del concepto de transterrado, subrayando así su plena asimilación cultural y profesional. Su magisterio en la UNAM y El Colegio de México resultó fundamental para el desarrollo de la filosofía mexicana, influyendo en figuras clave como Leopoldo Zea, Jorge Portilla y Luis Villoro. El objetivo de Gaos no era la mera transmisión de su pensamiento, sino el cultivo de un rigor fenomenológico aplicado al entorno propio; veía su función pedagógica como una labor de mayéutica o “parto” de ideas.

José Gaos identificó en Emilio Uranga a su alumno más prometedor, llegando a calificarlo como “un genio de los que surgen en Europa solo una vez por siglo”. Gaos vaticinaba incluso que la obra de Uranga alcanzaría la síntesis definitiva entre el ser y la nada dentro de la ontología heideggeriana. Inicialmente, el pronóstico parecía acertado: Uranga lideró el célebre Grupo Hiperión, dedicado a la construcción de una filosofía de lo mexicano. En su obra cumbre, Análisis del ser del mexicano, sostiene que nuestra ontología se define por la accidentalidad —una existencia vivida como contingente— y la zozobra, entendida como la angustia derivada de una oscilación crónica entre el pasado indígena y la modernidad occidental.

Uranga, por recomendación de Gaos, buscó una beca para estudiar en Alemania con Heidegger. El milagro ocurrió: don Alfonso Reyes lo mandó llamar para anunciarle que el gobierno se la concedía. Fue una beca generosa, pero de todos modos el filósofo afirmó que era insuficiente. Su bibliofilia y melomanía le hacían incurrir en gastos inoportunos. A Uranga —verdadero dandi— no le gustó el aspecto de Heidegger. Le parecía indigno de un intelectual que prefiriera la sencilla ropa de los campesinos bávaros a trajes formales de casimir. 

Más allá de lo anecdótico, la agudeza intelectual de Uranga le permitió asimilar los recursos teóricos y metodológicos de la filosofía europea. Bajo su impulso, el grupo Hiperión profundizó en la obra de Sartre y otros exponentes del existencialismo. Uranga también abrevó en la poesía, estudiando a fondo a Ramón López Velarde del mismo modo en que Heidegger lo hizo con Hölderlin. De hecho, la categoría conceptual de zozobra proviene del título de uno de los poemarios del vate jerezano.

Uranga fue la mente más lúcida de su generación, pero los éxitos académicos terminarían favoreciendo relaciones con el poder que afectarían irremisiblemente su imagen. Fue asesor predilecto de cuatro presidentes de la república y avaló en textos periodísticos y declaraciones acciones impopulares, como la represión a los médicos y a los ferrocarrileros, y también la matanza de 1968. Siempre fue cáustico e ingrato. Al ser encargado del discurso en un homenaje a Samuel Ramos empleó ese momento para señalar con severidad las fallas que detectó en El perfil del hombre y la cultura en México. Peor aún, tras el deceso de Gaos, publicó despiadadas críticas al noble mentor a quien debía tanto.

A Uranga le gustaba —por su etimología náhuatl— el vocablo nepantla, que alude a un estado intermedio o indefinido. Estar nepantla significa quedarse en la indecisión y la incompletitud. Obviamente, también son nepantla los proyectos mal logrados o inconclusos. Por desgracia, el discípulo más prometedor de Gaos se quedó nepantla.

Correo-e: antonioalvarezmesta@hotmail.com

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