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ENTREVISTA

José Javier Villarreal, una épica de lo íntimo

"Creo que esas historias de familia, esos personajes, nos constituyen, nos hacen ser quienes somos”.

Imagen: Yamin Martínez/ Cultura UANL

Imagen: Yamin Martínez/ Cultura UANL

SAÚL RODRÍGUEZ

Es alguien que ha escrito hasta cansarse, que ha fundado su obra en su propia geografía. El doctor José Javier Villarreal es un poeta de provincia que se ha trasladado desde su natal Tecate hasta Monterrey, donde actualmente ejerce el cargo de secretario de Extensión y Cultura de la Universidad Autónoma de Nuevo León (UANL). En su más reciente poemario, Retratos de familia (Vaso Roto, 2025), el autor comparte un profundo tejido de historia personal, imágenes y huellas que revelan la interpolación de pasado y presente.

El encuentro se gesta durante la edición 2026 de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Al mediodía de un domingo decembrino, Villarreal aguarda en el vestíbulo de un hotel sobre la avenida Mariano Otero, en la capital jalisciense. Ahora hay que buscar un lugar donde conversar, un espacio donde el pensamiento poético brote sin interrupciones. El poeta pide que se le siga. Toma el ascensor para subir al primer piso. Allí hay un bar solitario, aislado del bullicio, como si un huraño lo hubiese inventado.

Sobre una de las mesas, José Javier Villarreal manifiesta la historia detrás de Retratos de familia. Recuerda haber leído un verso donde Alfonso Reyes confunde los recuerdos con fantasmas. También cita otra línea de Manuel Altolaguirre: “Solamente los muertos pueden ser nombrados”. Esa poética lo inquietó. Lo obligó a observarse ante la nostalgia de un universo que había quedado atrás, en lo más profundo de la memoria. Lo orilló a hablar de madrugada con sus muertos. 

“Y la raíz más sólida es un álbum de familia que encontré en casa de mis padres, en una especie de bodega, en un cuarto de triques donde estaba todo lo de mis abuelos. Me impresionó mucho, porque hay una fotografía donde están mis abuelos jovencísimos; mi madre no existía, estaban a punto de casarse en 1921, que es cuando muere López Velarde”.

Esa fotografía le mostró a un par de jóvenes que no le decían nada; José Javier Villarreal no conoció a sus abuelos y en su imaginario aleteaban más preguntas que respuestas. Entonces observó cómo un espacio de novedad pretérita se abría ante él. Trató de habitarlo. Intentó hacer una épica desde lo íntimo y escribió un libro de poemas semejante a una colección de fotografías. En sus páginas mezcla un paseo familiar y literario, porque es la literatura ese elemento capaz de habitar los vacíos dejados por sus antepasados.

“Entonces, en mi historia familiar hay muchos vacíos, muchos espacios que lo mejor era no tocarlos; todo el mundo los evadió. Entonces dije que, bueno, como una especie de prótesis, la literatura, mis lecturas, el arte, el cine, cubren esos espacios en blanco”.

La evocación del poeta es interrumpida por un mozo del hotel. El bar no está en servicio y nos pide continuar la plática en otro lugar. El mismo mozo nos acompaña por los pasillos ensombrecidos ante una tarde nublada. Salimos a una terraza, donde otros  huéspedes se zambullen en la piscina. Buscamos otra vez la soledad, refugiarnos del ruido y del oleaje citadino. “No puede haber canto sin silencio”. José Javier Villarreal elige un rincón. Nos llevan un par de sillas y una mesa de jardín; el diálogo se reanuda en esa patria que es la infancia.

“Al principio, para mí, Tecate era un espacio muy reducido que me obligaba a salir. Ahora me doy cuenta de que no, de que es un espacio pequeño, sí, pero muy cosmopolita también, muy abierto a todo”.

José Javier Villarreal dejó Tecate, Baja California, a la temprana edad de quince años. No obstante, tal como dice un verso de Joan Manuel Serrat en la canción “Me diterráneo”, su infancia sigue jugando en la arena de aquel desierto. El encuentro con ese álbum familiar es prueba de una añoranza por huecos genealógicos, por lugares que no se han habitado. Allí resuenan los personajesfamiliares y literarios que él mismo ha escrito.

“Yo me salí a los quince años y, claro, siempre he regresado. Ya sea de vacaciones o más bien cualquier pretexto lo uso para ir. Pero más bien es idílico, es un espacio construido; como las personas que entran al libro se convierten en personajes, creo que los paisajes, la infancia, la añoranza, se convierten en un universo literario, en un motivo de literatura. Y sí, yo sigo en Baja California de muchas maneras”.

El poeta asegura que tiene una relación muy sana con sus libros, pero que le cuesta desprenderse de ellos. Ha transitado un camino donde aparecen obras como Estatua sumergida (1981), Mar del norte (1988), Portuaria (1997), Bíblica (1998), La Santa (2007), Campo Alaska (2012), Una señal del cielo (2017), Un cielo muy azul con pocas nubes (2018), Los secretos engarces (2021) y ahora Retratos de familia. Similar a lo que apunta uno de sus poemas, la poesía de José Javier Villarreal es un relámpago consciente de su luz.

Podemos estar ante el conocimiento del mundo, pero tal vez no tenemos acceso al conocimiento de muchos de los sucesos de nuestras familias. ¿Esos sucesos laten en usted?

Sí, por supuesto. Y creo que me asumo como una suma de todos mis personajes familiares y literarios, creo que no hago distinción. Hubo un tiempo allá por los ochenta donde se veía muy mal que tú citaras o que pusieras epígrafes. Decían: “No, es que eso es literatura de la literatura. No, hay que ser la vida”. Entonces me di cuenta que eso era la vida para mí; es decir, yo me lo había pasado leyendo y emocionándome. Por ejemplo, la vida de Mary Shelley me conmociona mucho. El que haya escrito Frankenstein ylo haya publicado a los 18 años, que se haya muerto su esposo Percy B. Shelley y ella siguiera viviendo, que se le muriera un hijo y ella siguiera escribiendo. Eso me toca y creo que esas historias de familia, esos personajes, nos constituyen, nos hacen ser quienessomos. Pero a veces no sabemos, es más lo que no sabemos que lo que sabemos, pero el desconocimiento y el conocimiento nos conforman. Somos eso: un área de misterio muy amplia.

¿Cómo convivir con los secretos familiares?

Te acostumbras a vivir con ellos, hay pequeños descubrimientos. A mí me gusta mucho jugar con la idea de Los secretos engarces, el libro anterior que tiene que ver con Sor Juana, y cómo vas estableciendo nexos en donde aparentemente no hay nada. Y un día me di cuenta que había una literatura del exilio en México, de la cual no se habla. Entonces dije: “A ver, por ejemplo, Los de abajo, de Mariano Azuela, se escribió en El Paso, Texas; la revista Moderna de literatura se hacía en San Antonio, Texas, y la hacía Nemesio García Naranjo; Visión de Anáhuac se escribe en España. Entonces, obviamente aquí hay una literatura del exilio,porque se está moviendo. A Héctor González, que fue el primer rector de la Universidad de Nuevo León, se le indica que tiene que hacer una traducción de “El cuervo”, de Poe. Él está en Baja California, pero vive en Caléxico. Vive ahí porque Caléxico le da una seguridad —y ahí imprime el librito— ante los vaivenes políticos de México. Y un buen día, hace como unos cinco o seis años, me encuentro una carta de mi bisabuela donde mi abuela le dice que se va a casar, y mi bisabuela le contesta que desgraciadamente no va a poder ir a su boda porque está en Nueva York. Entonces, mi bisabuela se fue de México a Nueva York, y capaz que murió allá.Claro, había un movimiento, un desplazamiento, pero me di cuenta de que se había suicidado en San Diego, me impresionó, porque San Diego para mí era la ciudad modélica, la ciudad donde todo estaba bien. Luego investigando, me doy cuenta de que hay un índice muy alto de suicidios en San Diego. Otra cosa agregada es que la mujer de Sándor Márai, Lola, agonizó y murió en el hospital Mercy, y algunos domingos iba con mis tías abuelas a desayunar pancakes al Pancake House, que está casi enfrente del Mercy. 

Imagen: Yamin Martínez/ Cultura UANL
Imagen: Yamin Martínez/ Cultura UANL

Menciona en un verso el alzheimer que afecta a su madre. ¿Qué reflexiones le deja esta pérdida de la memoria?

He pensado que, gracias a mi madre, la figura que atraviesa todo el libro, así con gran fuerza, con mucho vigor, es mi padre. Mi madre está como esa ausencia, silente, no habla, no sabes qué está pensando, si está pensando, no sabes en qué sueña, no sabesqué recuerdos tiene o si tiene recuerdos. Es como una entidad vital recogida como una especie de piedra, y alrededor de esa piedra se mueve todo. Sí, yo creo que más que un reflejo, es una obligación. Me sentí obligado a escribir esa historia familiar, ainventar esa historia familiar, a raíz de la verdad incuestionable del silencio de mi madre. Ahora, cuando era adolescente, muy jovencito, quería traducir a Pound. Mi madre era bilingüe completamente, yo no, y le decía: “mamá, ayúdame”. Entonces, hicimos varias versiones de Pound, de poemas muy breves que luego seguí trabajando. Me acuerdo de una frase de Pound cuando élestá en Eclesiastés: “Hay un tiempo para hablar y un tiempo para callar”. Mi madre llegó a ese tiempo del silencio y a mí me sobrecoge porque hay también otra cuestión: yo era como el hijo predilecto de mi madre, su príncipe. Mis hermanos menores decían: “Es que cuando tú llegues te va a reconocer”. Había como esa esperanza de que me reconocieran, ¿y no? O sea, metraspasaba su mirada, y bueno, creo que textualmente me traspasó su mirada y su silencio.

Ovidio es un poeta que aparece en su poemario. Usted versa que él escribió en el exilio, ¿es posible que a un poeta se le exilie, en sentido metafórico, cuando es capaz de habitar tanto la palabra como el silencio?

Es una muy buena pregunta, gracias, para una reflexión ensayística. Yo creo que el enamorado, el apasionado, no es un tipo o tipa que vive en la estratosfera, sino que tiene la capacidad de ver su realidad a través de esa pasión amorosa. El exiliado, el que sale, el que se ve expulsado o se autoexilia, va a tener presente lo que tú decías, esa infancia que sigue jugando, que ya no está eran así como chispazos de zonas en blanco. Mis abuelos vivían en Ciudad de México, y de pronto se van a principios de los cuarenta, finales de los treinta, a Baja California. No a Tecate, sino a un terreno federal que mi abuelo compra y pone ahí sus viñedos y su granja avícola. Pero era irte a lo último, o sea, ¿qué lo hizo salir de Ciudad de México con pretensiones de escritor e irse a la nada? Pues te queda como en blanco eso, o ¿por qué mi madre estudió la high school en Los Ángeles y no continuó? Son cosas que van quedando inconclusas y que me interesan mucho, o los mismos sitios. Lo he dicho mucho, pero es que me conmueve: Sándor Máraime gusta mucho como escritor; lo leo mucho, y cuando  ahí; hay una gana y una voluntad de recrearla. Tienes el canto y tienes el silencio. No puede haber canto sin silencio, porque si no hubiera silencios, sería el ruido. Entonces, el verso, que a mí eso me gusta mucho, tiene esa cadencia, esa melodía, esos golpes de voz, esos acentos, esas pausas, esos silencios, esos regresos, que lohace muy dúctil, como una especie de plastilina. Incluso estaba pensando que un verso de un poema breve sería como un trozo de queso añejo (a mí me encanta). En cambio, un verso de un poema extenso sería como esa miel de maple en la cuchara, el hilillo, porque lo puedes moldear, lo puedes extender, lo puedes adelgazar, lo puedes engrosar, siendo un verso. Pero uno está en un poema breve y otro está en un poema extenso. Un poema breve tiene que ser un chispazo, tiene que ser una iluminación, un hallazgo. Y un poema extenso es un regreso, es un volver, es un ir a. Yo creo que ahí los griegos son muy sabios por la poesía del regreso como en la Odisea: tienes que regresar, tienes el acicate de la aventura que te impulsa a salir, pero luego tienes la nostalgia que te obliga a regresar.

Imagen: Yamin Martínez/ Cultura UANL
Imagen: Yamin Martínez/ Cultura UANL

Hay otro poema donde se menciona a las películas western y a personajes que se congelan en el tiempo. También los personajes de las novelas o de los poemas se quedan congelados en el tiempo. ¿Sucede lo mismo con los álbumes y los rostros de nuestros familiares?

Bueno, es que ahí está, estamos en la misma tesitura. Es decir, tú ves una película, lees una novela, un poema, ves un cuadro, ves una coreografía, vas a una obra de teatro, y claro, si eso te impresiona, lo congelas, haces una imagen de eso. Bueno, la fotografía es eso, es tomar una imagen, tomar un punto, si uno piensa que la vida está hecha de múltiples puntos. Y claro, ese punto que tomas, lo dislocas, porque ya no está el punto que estaba detrás ni el punto que le sigue, sino que es ese instante, uno que te va a acompañar. Ahí entramos a otro nivel, que es la eternidad. Yo sí creo en lo eterno. Creo que cuando yo me muera, el mundo se acaba, y ya no me va a importar más. Pero mientras yo recuerde, lo que yo recuerde entra en la dimensión de la eternidad,de lo eterno. Cuando mi padre murió, fue difícil. Yo le hice un Taj Mahal: él era de Higueras (Nuevo León), ahí está mi biblioteca y fui construyendo una casa en su honor, que es donde ahora voy los fines de semana o en las vacaciones. Es como darle movimiento a ese instante para no perderlo. Hay un poema de Olga Orozco impresionante: “Oda a Valerio” —Valerio es su segundo esposo—, que dice: “Memoria, no me sirves”. La memoria te condiciona a estar en el pasado. Y para Olga Orozco, Valerio está en el presente: “Me hablas con un nuevo lenguaje que no sé, pero voy a aprender”.

Leeré “Despedida”, un poema suyo en Retratos de familia: “No era que las ramas y los arbustos te despidieran, / o que el viento se hubiese desatado / justo al salir de casa; eras tú que no encontraba las palabras / para decir adiós”. Me puse a pensar sobre las tantas palabras que tenemos en el idioma español y nos cuesta mucho elegir las que debemos usar para despedirnos.

Ese poema es una imagen de hace muchísimos años, el poema no, el poema es reciente, la imagen es de muchos años, porque esa es otra, de que se va cocinando, se va destilando, no sabes con qué vas a trabajar. De repente te sorprendes al momento que estás trabajando el poema, o escribiéndolo. 

Yo ya estaba estudiando en Monterrey y teníamos la costumbre familiar de que cuando llegabas, o te ibas, toda la familia iba a despedirte; mi padre, mi madre, mis hermanos; los perros no iban porque nunca cabían, pero era así. Hay una carretera de paga, de cuota, entre Tecate y Tijuana, que ahí me gusta mucho, con los paisajes. Entonces, mi padre iba manejando, yo iba de copiloto, mi madre, mis hermanos. Y claro, yo me sentía muy, muy triste de regresar a Monterrey, de dejar la casa familiar. Y yo veía cómo los arbustos se movían, porque es muy ventoso. Eso me gusta porque en la Ilíada es la ventosa Ilio. Baja California es muy ventoso —está en los Antenas— y los incendios también (son frecuentes). Entonces se movían las ramas, y yo tuve la certeza de que me estaban hablando esas ramas, y ya, pasó el tiempo, pasaron muchas cosas, mucha, mucha vida pasó, y de pronto me di cuenta que no es que me estuvieran hablando las ramas, es que yo hablaba en las ramas, yo decía adiós a mi papá, a mi mamá, a mis hermanos, a mí mismo, o sea, a mí mismo bajacaliforniano, al adolescente le decía adiós, pero no encontraba las palabras, no había palabras, era el movimiento de las ramas, o sea, no encontré el lenguaje.

Sobre un verso donde menciona que le gustaban mucho los mapas, ¿considera que sus libros son también de alguna manera un mapa de su sentimentalidad?

Sí, ahí sí, creo que no hay más que decir. De niño y de adolescente me encantaban los mapas. Era un estudiante no muy bueno, y allá por quinto año de primaria a sexto descubrí que podía sacar cien (de calificación) y un diploma en geografía; me sabía todos los ríos, las capitales del mundo, las montañas, las cordilleras, los lagos, los mares, los océanos, todo me sabía, y claro, eso estaba prefigurando mi salida, porque tenía una ambición de mundo desmedida. Hacer esos mapas, en recortarlos, pegarlos, colorearlos, iluminarlos, las cartulinas, los cartoncillos, creo que es muy cercano a hacer un poema. Ahora que lo mencionas, sí, creo que mis libros son cartas de marear, son mapamundis, son atlas de una sentimentalidad de la que podríamos trazar altitudes, latitudes, un mapa del tesoro, de un tesoro que siempre está ahí, que prácticamente ya alcanzaste, ya diste con él, pero entonces despiertas.

srodriguez@elsiglo.mx

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