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Entrevista

Kiko Amat, escribir sobre la sexualidad humana

En "Dick o la tristeza del sexo" (Anagrama, 2025), el autor comparte una historia ambientada en la Barcelona de los años ochenta que, a través del humor y la ironía, señala los estándares sexuales que actualmente se tornan irrealizables.

Foto: FIL/ Carlos Zepeda

Foto: FIL/ Carlos Zepeda

SAÚL RODRÍGUEZ

Ha decidido escribir un libro lleno de verdades sobre la sexualidad humana. No ha tenido reparos ni censura en trastocar la realidad por medio de la ficción para adentrarse en la mente de un adolescente. Al escritor Kiko Amat (Barcelona, 1971) le fastidian las medias tintas, el cotilleo, esconder los impulsos sexuales tras bambalinas. En Dick o la tristeza del sexo (Anagrama, 2025), el autor comparte una historia ambientada en la Barcelona de los años ochenta que, a través del humor y la ironía, señala los estándares sexuales que actualmente se tornan irrealizables. 

Franki Prats, un quinceañero católico y virgen, crea en su imaginación al personaje de Dick Loveman, un galán espaciotemporal capaz de vivir todo tipo de peripecias lujuriosas a través de la historia. Frankie está erotizado y atormentado por su propia capacidad imaginativa y los placeres solitarios: fantasea con su propia madre, se acompaña de su amigo “sexperto” Bruno Berniola y atraviesa una serie de experiencias carnales, pero también vive el drama de no sentirse deseado por nadie. 

Autor de otras novelas como El día que me vaya no se lo diré a nadie (Anagrama, 2003), Antes del huracán (Anagrama, 2018) o Revancha (2021), Kiko Amat es dueño de una narrativa sincera y sin tapujos, envuelta en una urbanidad cruda como himno de lo cotidiano. Tal como lo indica su perfil, su bibliografía responde a un “novelista de cercanías, periodista cultural sin carrera, anglófilo militante y apasionado fan del pop”. 

En su reciente visita a la Feria Internacional del Libro Coahuila (FILC) 2026, celebrada en el Centro Cultural Universitario de la Universidad Autónoma de Coahuila (UAdeC), en el municipio de Arteaga, Kiko Amat, acompañado por Eduardo Ribé, presentó Dick o la tristeza del sexo ante el público coahuilense, dando cuenta de un texto cubierto por pornografía triste y humor negro. 

Como sociedad, ¿hemos sido hipócritas con nuestros impulsos sexuales? 

Los victorianos lo eran. Por ejemplo, tapaban las patas de los pianos para que les dieran impulsos. Incluso una pata de piano te podría provocar. Sí, creo que hemos sido hipócritas. No hay un término medio. Habiendo leído sobre contracultura y la teórica liberación de los años sesenta y de la generación hippie, también ves que un cierto tipo de “libertad” se puso como paradigma basado en, por ejemplo, la fornicación aleatoria, y tampoco creo en eso. Nunca he visto el sexo como algunos autores que me dan cringe y un poco de vergüenza ajena, que ponen siempre el follar como el acceso a un estadio superior. Yo no creo que sea nada así, porque el follar es el acceso a la intimidad, a una cosa táctil, el acceso al amor, a una serie de cosas prácticas, divertidas, pero no te va a elevar o a convertir en alguien superior. Con lo cual, se ha sido hipócrita y, en los lados donde no se ha sido hipócrita, el sexo se ha llevado a una dimensión que tampoco me parece tema. 

En el entorno donde se desarrolla tu novela, que es Barcelona, ¿de qué manera se vive la sexualidad en la sociedad catalana? 

No soy sociólogo, no sé cómo se lleva esto en sociedad. Lo que sí puedo decir es que este es un libro ambientado en los ochenta y en esa época todavía imperaba un concepto de masculinidad que ahora se está deconstruyendo con mayor o menor éxito, el cual está basado en la idea caricaturezca de la habilidad, del ser hombre o del ser macho. En el caso de las mujeres, (el ideal) era una especie de madonna recatada o fresca. Todo eso son ideas que predominaban en los ochenta y a las que el personaje de mi novela vive subyugado, a un concepto caricaturesco de la masculinidad. Aparte, él vive sintiéndose que no está a la altura de unos estándares irrealizables por sí mismos, que son los de un rollo macho, Conan, polludo. Y cualquier persona que no esté a esa altura es menos hombre, por decirlo de algún modo. Entonces, creo que esto ha mejorado en cierto modo, que se ha progresado en ese sentido y que ahora ya no hay esa aversión de la súper masculinidad, pero sigue existiendo una subclase estética. Se ha llegado a un punto donde se concibe de forma razonable el cambio de sexo, pero todavía tenemos unos estigmas de tipo físico: un gordo es un gordo, un feo es un feo, y creo que esto no se ha podido erradicar y crea una casta inferior de gente… En el libro, en un momento, se dice: se te da la posibilidad de cambiar de sexo, de cambiar, de orientar tu deseo, pero nadie te dice qué hacer cuando nadie te desea. Creo que eso marca un poco por dónde va el libro. 

Antes de iniciar este proyecto, estabas escribiendo una novela criminal ambientada en el Baix Llobregat de Barcelona y luego empezaste a escribir Semen. En ese intervalo, ¿cómo es que el personaje de Franki Prats se te aparece? 

Bueno, Semen aún no existía, no se llamaba así. Yo estaba haciendo una novela: Revancha, que era mi anterior novela sobre skinheads, nazis y homosexuales —algunos de ellos—. Y como sucede a veces en narrativa, en el oficio de la ficción, la anterior se te queda un poco dentro… Si tienes suficiente oficio y te has dedicado a la vocación lo suficiente, sabes hacer de forma competente una novela, pero eso no quiere decir que te excite o te dé las razones suficientes para llevarla a su conclusión lógica. Así escribí esta novela que estaba entremedio, que más o menos chutaba, la cosa funcionaba, pero necesitas una razón mayor para escribir una novela; que no sea explicar una historia o la sola competencia de tu oficio, sino que necesitas una compulsión, como la que tienen todos los autores. Y yo, cuando empecé a escribirla, aparecía un sicario lagrimoso, con bagaje de madre impropia, bestialismo y trauma de cariz puramente sexual, y ahí vi que eso abría una nueva vía. Vi que aquello era lo divertido de la historia y lo que quería explorar, no lo otro. Y a partir de ahí, eso lo llevé a otro libro que, en su origen, se llamaba Semen y entonces creé el personaje de Franki Prats, pero nació de la idea de que el trauma sexual, la impropiedad de la madre y tal, generaba una nueva novela que tenía la compulsión necesaria para poder escribir sobre ella. 

Foto: FIL/ Bernardo de Niz
Foto: FIL/ Bernardo de Niz

Cuando analizaba al personaje de Franki, este congeniaba mucho con las tres fases de la masturbación infantil de Freud: la edad de la lactancia, el florecimiento de la activación sexual y la masturbación de la pubertad. ¿Tomaste en cuenta esos factores u otra teoría psicoanalítica al momento de construir a Franki como personaje? 

En realidad, mis libros no salen de libros. Y aunque llevo mucho tiempo en el oficio, casi siempre la motivación es no libresca. Como decía Josep Pla, que es un autor catalán que me encanta, decía de Borges que no era un autor de la vida, sino que era un autor de los libros. Por lo tanto, la energía o el núcleo que origina mis novelas, nunca es libresco; desde luego, nunca pienso en tema y nunca pienso en teoría. Soy de la tradición que pone personajes en sitios, les da un entorno físico, les hace vivir en él y todos empiezan a desarrollar sus características —que esto viene de una dimensión— y todo empieza a adquirir una cierta solidez. Por lo cual, la respuesta es no, no pensé en Freud, pero lo he leído mucho. Mis libros no son literarios en el sentido de la teoría literaria o en el de la referencia literaria, pero yo quería que también este libro fuera, sin ser pomposo ni pretencioso, una novela donde un personaje con ínfulas grandilocuentes y tendencias al autismo pudiera hablar de libros que entendía y no entendía, y de esa forma poner una serie de influencias literarias de una forma que no fuera pomposa ni académica, sino que fuera lúdica y que formara parte del lenguaje. Que Franki hable así de estos libros es un poco quijotesco; me estoy riendo de las malas lecturas y de las formas en que ciertos libros nos pueden influenciar de la forma errónea. 

Eso me recuerda a la influencia de su padre, del profesor. 

Sí, un autor tiene que tener cierta tendencia a la venganza. Yo creé al padre de Franki Prats con base en el tipo de persona que me origina más desprecio, el tipo de alimañana que me origina más desprecio en la capa de la Tierra: un académico pomposo que encima no parece haber entendido la única cosa que debió haber sido su fuente de conocimiento, que son los libros, y que parece haberlos pillado de la forma errónea. Mis personajes casi siempre son de clase obrera y quería que Franki viviera en un mundo de clase media por varias razones: por ese padre académico y pretencioso, y también porque quería un entorno donde, por razones puramente prácticas… o sea, en un hogar de hacinamiento de clase obrera uno no se puede masturbar con ligereza. Yo necesitaba que Franki desarrollara sus aberraciones o sus fantasías de la forma más libre posible dentro de los cauces permitidos y por eso necesitaba un ambiente de clase media. 

Foto: César Núñez
Foto: César Núñez

¿Consideras que Dick o la tristeza del sexo es una sucesión de lamentables infortunios? 

Sí, lo es… es una sucesión de lamentables infortunios, pero que no son aberrantes. Cuando empezaba a escribir la novela, algún primer lector me había dicho que era una novela aberrante. En realidad no creo que lo sea. Es infortunado lo que le sucede a Franki, pero no creo que ninguna de las cosas que le pasan sean súper aberrantes por definición; creo que la prerrogativa de un autor es distorsionar la realidad para que sea comprendida como tiene que ser. Y ninguna de las cosas pilladas por sí mismas, en esta novela, son tan exageradas a no ser que las leas en su contexto. En Dick… parece que siempre le pasan cosas muy extremas a Franki, pero la realidad es que cada una de las cosas que le pasan a Franki le pasan y le han pasado a un adolescente medio durante una gran parte de la historia. Conozco con cero grados de separación a gente que ha vivido las exactas vivencias por las que atraviesa Franki en la novela. ¿Es un infortunio? Sí, pero a la vez no es una aberración literaria, sino que está sacada de la más estricta realidad de un adolescente. 

Hablemos de Dick Loveman, el alter ego que usa Franki para sus impulsos sexuales. ¿Crees que el protagonista lo genera de forma inconsciente o es fruto de una imaginación abundante? 

Sí, yo como adolescente tenía una imaginación fecunda y Franki…. Hay dos formas de enfrentarse al drama o a la tragedia: una es convertir el infortunio en humor, y convertirlo en anécdota para poder sobrellevarlo y alcanzar algún tipo de cauterización de la pena. La otra es evadirte a un mundo de fantasía. Franki se va a un mundo de fantasía para poder copear con lo que le sucede en el día a día. Esto forma parte un poco de cómo era yo como adolescente, que desarrollé un mundo de imaginación para sobrellevar las cosas que me sucedían. Eso por un lado, y segundo —esto sí que es puramente de influencia absoluta artística—, que me encantan las pelis o los libros donde los protagonistas se evadan a un sitio de fantasía: Billy Liar de Keith Waterhouse o Richard Sherman de The Seven Year Itch. Cada vez que un personaje se va a otro sitio que representa una reencarnación mucho más triunfante, eso evidentemente me apela. Y como me apela, invariablemente tiene que acabar en mis libros. En mi debut, en El día que me vaya no se lo diré a nadie, el protagonista ya se iba a un mundo paralelo donde le pasaban cosas contra su voluntad y eso tiene un paralelismo con esta novela; mi debut y esta novela tienen el paralelismo del mundo paralelo y el paralelismo de los opuestos. Mi primera novela era una novela como casta y bastante indie pop, en el sentido de que hacía una especie de apología de un amor puro, no físico, y yo quería que Dick… fuera el perfecto opuesto, ¿sabes? Cuando revisas toda tu carrera… me releí mi primera novela y dije: “Aquí falta”. No entiendo por qué escribí una novela sobre la castidad si yo no soy así y quiero hacer el perfecto opuesto, que es una novela hardcore, una novela lo máximo de guarra posible y a la vez el máximo no solemne sobre el sexo posible: una novela que hable de sexo, que hable de sexo hardcore a la vez que lo desdogmatiza, lo desritualiza y lo desolemniza mediante el humor. 

Foto: FIL/ Natalia Fregoso
Foto: FIL/ Natalia Fregoso

¿A qué lugares es capaz de acceder Dick que Franki no puede? 

El triunfo, el puro triunfo sexual, canónico, estipulado. No se considera ninguna otra opción sexual, esa es la única que tiene a su alcance. Por tanto va directamente al paroxismo e imaginar que es un fornicador galáctico. 

Tras el abuso sexual de su tío, ¿crees que Franki usa a Dick como una manera de defenderse del mundo? 

Esto es así y él se va a un mundo para sobrevivir a las cosas que le están sucediendo, tanto como en Dick como cuando penetra en el juego de Bruce Lee. Pero una de las cosas que hacen que el libro sea como es, es la utilización del humor grotesco. Yo siempre he escrito libros razonablemente cómicos, pero a la vez que quería escribir el libro más guarro de la historia, quería escribir el libro más divertido de la historia. A lo mejor a una gente no le parece tan divertido, pero a mí Dick me hace imaginar. La retórica de esta novela está estructurada con base en las cosas que me hacen más gracia en el mundo: la dicción grandilocuente, las descripciones de sexo de forma paródica basándome en la dialéctica de las revistas porno de los años setenta y ochenta, que tienen más influencia en lo que hago que una novela de humor inglesa. Realmente para Dick, para cómo funciona Dick, una de las raíces es haber visto películas porno en los ochenta, haber visto esos diálogos y que te parecieran hilarantes. Piensa que no estaban concebidos para hacerte reír ni mucho menos, estaban hechos para que fueran serios, por tanto, creo que el humor es una de las partes cruciales de Dick y tiene que ver tanto con la concepción que tengo del porno y lo ridículo que es, como con haber crecido en un entorno y una clase social que tomaba el humor como defensa ante las hostias del mundo; crecí entre gente que entendió de forma instintiva que la única forma de explicar el propio trauma, la propia pena, no era a través de la luctuosidad o el victimismo, sino transformándolo en anécdota. 

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Escrito en: Kiko Amat Dick o la tristeza del sexo Anagrama

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