Cayó el dictador pero la dictadura sigue en pie. La captura de Maduro no tiene nada que ver con la restauración democrática. Se trata de una afirmación imperial que se deshace de una figura incómoda, de una amenaza a los que se quedan y de un aviso al resto del continente. El presidente de los Estados Unidos tiene el poder y la voluntad de deshacerse de cualquier figura en el hemisferio. La ley interna, el derecho internacional, la soberanía de las naciones, la democracia le tienen sin cuidado. El autócrata solo quiere autócratas afines y democracias subordinadas. La ilegitimidad del gobierno de Maduro, el fraude electoral que lo mantuvo en el poder, la persecución a los disidentes no tienen nada que ver con la intervención militar del fin de semana.
Las fiestas por la nueva era en Venezuela son, por lo menos, prematuras. El gobierno de Trump declara que asume el control del país y que, a partir de ahora, se harán cargo de Venezuela los señores que planearon y ejecutaron la maniobra militar. No parece que tras las bombas y la detención haya una idea clara de qué hacer ahí. Nosotros estamos al mando en Venezuela, pero, al mismo tiempo, hemos entrado en negociaciones con quien ha asumido el poder ejecutivo en remplazo de Maduro.
Trump se entiende bien con militares, pero se entiende mejor con los cleptócratas. No tiene ninguna urgencia por el establecimiento de un régimen democrático en Venezuela. Sabe bien que todas las piezas del Estado se encuentran capturadas por el régimen chavista y no tiene la menor intención de alterar ese funcionamiento. Lo que le importa es que la máquina sirva a sus intereses. El hombre no esconde sus apetitos. Quiere hacer negocio. Busca que sus compañías entren a Venezuela a explotar los yacimientos que la incompetencia chavista es incapaz de utilizar. Lo dice con todas sus letras. En su mensaje tras la intervención, la palabra petróleo surge una y otra vez. No pronuncia nunca la palabra democracia. El gobierno trumpista, que se dice dueño de los destinos del país, no llama a formar un gobierno de transición, no pide la convocatoria a nuevas elecciones. Trump hace apuesta por el chavismo. Está convencido de que el poder real está en manos del régimen y que, golpeado como está por la captura del líder, estará obligado al entendimiento. Negociaremos con la presidenta sustituta, ha dicho el gobierno norteamericano. Su propósito después de la contundencia de los bombardeos y la eficacia quirúrgica de la aprehensión del presidente en funciones es doblar a la dirigencia chavista. Parece estar convencido de que el régimen se ha quedado sin cartas (como le gusta decir a él) y que tendrá que someterse. Si no están dispuestos a la subordinación, vendrá una segunda ola de ataques.
El operativo logró cazar al presidente y, de inmediato, desautorizar a la oposición. Los opositores al régimen recibieron de Trump un golpe devastador. María Corina Machado, la galardonada dirigente opositora, recibió una bofetada del conquistador: será una buena persona, pero no tiene apoyo interno, ni siquiera es respetada dentro de Venezuela. La primera opción de Trump es la sumisión del chavismo, no su fin.
La intervención militar de Trump es ilegal por los cuatro costados. Lo es de acuerdo a la ley de los Estados Unidos y es violación de los principios esenciales del Derecho Internacional. Una ilegalidad tan ostentosa que resulta su mensaje principal. La declaración estruendosa de que vivimos otros tiempos. El despliegue del poder imperial no invocará reglas o ideales, no buscará cooperación ni alianzas. Se mostrará de manera implacable. La estrategia de seguridad nacional de Trump ubica a América Latina como prioridad. El continente entero visto como su zona de dominio incontestable. Trump se concede el poder de poner y de quitar gobiernos, de intervenir militarmente donde le plazca, de interferir en elecciones y remover gobernantes si así lo decide. Frente a esta amenaza, la cabeza fría de la presidenta Sheinbaum no le da al país ninguna seguridad. Lo que nos hace críticamente vulnerables es la narcopolítica. Si la presidenta quiere proteger, como dice, la soberanía nacional tendrá que confrontar las ligas entre el crimen y la política. La complicidad de la coalición gobernante con el crimen organizado es la mayor amenaza a la soberanía.