La cocina, un microcosmos multicultural
La cocina (2024) es una coproducción méxico-estadounidense, cuarto largometraje del multilaureado cineasta mexicano Alonso Ruizpalacios (Güeros, 2014; Museo, 2018; Una película de policías, 2021), estrenada en la 74° edición del Festival Internacional de Cine de Berlín y ganadora de cinco de once nominaciones en los Premios Ariel. La cinta explora cómo se vive el “sueño americano” dentro de un entorno laboral multicultural, pero sobre todo marcado por las relaciones de poder.
La historia transcurre durante un solo día de trabajo en The Grill, restaurante transitadísimo de Times Square, Nueva York. Mayormente seguimos a Pedro (el versátil actor Raúl Briones), un cocinero a la vez carismático e insufrible que trata de evitar que la mesera Julia (Rooney Mara) interrumpa el embarazo producto de sus amoríos.
También se nos presenta, de manera breve, una multitud de personajes, desde la primeriza Estela (Anna Díaz), recién llegada de un Sanborns, y Nonzo, un trabajador tranquilo que se mantiene al margen del caos, hasta el lujurioso espía “Ratón” (Esteban Caicedo) y Rashid, el dueño del negocio (Oded Fehr). Todos ellos quedan envueltos en una dinámica laboral peculiar, violenta, pero profundamente humana.
El guion es una adaptación de la obra de teatro homónima de Arnold Wesker, quien echó mano de sus propias memorias como estudiante universitario, cuando tuvo que trabajar de mesero y lavaplatos en Londres. Si la premisa de la explotación laboral y psicológica ya es interesante, Ruizpalacios decide agregar una dimensión más: una combinación de maneras de ver el mundo que complican el entendimiento mutuo.

EL LADO OSCURO DEL SUEÑO AMERICANO
La revista Deadline describió La cocina como “The Bear en esteroides”. Esta comparación es efectiva desde el punto de vista del marketing, principalmente por la popularidad de la serie creada por Christopher Storer, pero también resulta reduccionista.
Aunque ambas abordan el ambiente restaurantero desde el estrés y el caos, las preocupaciones son diferentes. The Bear tiene como tema central el duelo, las relaciones familiares y la culpa. La cocina, en cambio, pone énfasis en la convivencia multicultural producto de la migración, fenómeno que hace a los trabajadores soportar condiciones complicadas en pro de su supervivencia.
Ruizpalacios no se interesa por la odisea migratoria, sino en lo que ocurre después: la adaptación, la convivencia y la constante incertidumbre de quienes intentan construir una vida en un país que los recibe con hostilidad. Aquí la cocina no es únicamente un lugar de trabajo donde las emociones están descarnadas; es un microcosmos social donde diferentes nacionalidades, idiomas, culturas y experiencias chocan constantemente.
La película inicia con un plano cenital del mar alborotado por un navío, una imagen que remite a la típica llegada a Estados Unidos que el cine ha incrustado en el inconsciente colectivo: la visión de libertad y nuevas oportunidades. Pero esta expectativa se rompe cuando, después de pasar por pasillos sombríos y laberínticos, llegamos a la cocina, un espacio no menos oscuro a pesar de que siempre está iluminado.
El estilo de Ruizpalacios es vistoso y dinámico. Influenciado en gran medida por la nueva ola francesa y el free cinema inglés, juega constantemente con el movimiento de la cámara, los encuadres y la iluminación. Es de celebrarse que aunque ya ha incursionado en producciones estadounidenses como Narcos: México (2018) y Andor (2022), en su cine se sigue apreciando ese estilo libre que siempre lo ha caracterizado.
En La cocina trabaja con pasillos estrechos, habitaciones reducidas o salones atiborrados de objetos que potencian la sensación de claustrofobia. Para hacer sentir la aceleración, emplea constantemente el recurso del plano secuencia. Es sobresaliente el trabajo de coreografía entre todos los elementos del plano para, sin dejar a un lado la composición estética, evocar emociones asfixiantes.

PERSONAJES MULTIDIMENSIONALES
Parte fundamental para desarrollar el caos es no solo enfocarse en el espacio, sino en las personalidades de los personajes. El elenco es coral y cada integrante está dotado de una complejidad especial. Sus sentidos morales se presentan en una escala de grises que enriquece la narrativa.
Un gran acierto es mostrar únicamente lo que podemos apreciar de una persona durante la jornada laboral. Esto permite comprender que cada trabajador tiene una historia que no vamos a conocer, pero que vale la pena imaginar. La construcción de Pedro y Julia se hace a partir de momentos mínimos donde tenemos un vistazo más allá de su personalidad profesional.
Al igual que todos los demás, Pedro deja ver sus virtudes y sus vicios. Es carismático, inteligente y en ciertos momentos divertido, pero también es violento, soberbio y fastidioso. Incluso como protagonista es muy antipático, pero esto es importante para no excusar su personalidad “tóxica” con las dificultades que ha vivido.
La mayoría de los trabajadores se caen mal entre sí, lo que genera una violencia verbal intensa que se traduce en una lluvia de mentadas de madre en diferentes lenguas. Aun así, hay momentos donde muestran empatía y cierta camaradería, porque a fin de cuentas sus sufrimientos son muy parecidos.
La cinta transita a dos ritmos: lo vertiginoso y la tranquilidad. En esta última encuentran lugar los momentos de mayor poesía y de mayor desarrollo narrativo de los personajes, como la escena de sexo en el refrigerador o aquella donde Pedro insiste a sus compañeros en que cuenten un sueño.
Casi ningún instante de calma sucede en la cocina. De hecho, parece que todo lo que está fuera de ella es serenidad, sobre todo las mesas de los comensales, un paraíso separado del inframundo. Quienes habitan ese privilegio no tienen ni siquiera la ligera sospecha de todo lo que implica que su plato llegue a la mesa.
A pesar de su crítica social, la película no sataniza a los estadounidenses, sino que los muestra como personas con una visión distinta de la vida. El personaje de Max (Spenser Granese) es como un miembro promedio de MAGA que no oculta su racismo a pesar de ser el único nativo que trabaja en ese restaurante, pero aun así los demás le respetan por ciertas acciones que ha realizado.

POESÍA AUDIOVISUAL
La fotografía de Juan Pablo Ramírez, de un blanco y negro de grano reventado, remite a la atemporalidad. Su trabajo de composición es bastante destacado y permite que la película sea uniforme en su estilo tan desmesurado, cuidando la estética y creando planos visualmente bellos.
El trabajo sonoro de Isabel Muñoz Cota aporta al caos, pues mezcla sonidos que envuelven al espectador y confieren una sensación de inmersión al recrear detalladamente la atmósfera de una cocina real.
Por otra parte, ciertos diálogos acarician el esnobismo; no obstante, llegan a transformarse en momentos verdaderamente poéticos que envuelven al espectador en una reflexión importante.
Toda la cinta está construida como una bomba de tiempo y cuando explota es con gran intensidad. El clímax es un momento de catarsis donde uno de los personajes se quiebra, harto de las condiciones que ha soportado.
“¿Qué más quieren?”, les reclama una autoridad en el restaurante. ¿Qué más pueden querer quienes han abandonado su lugar de origen por falta de oportunidades? ¿Qué más pueden querer quienes soportan un ambiente laboral violento porque necesitan sobrevivir? ¿Qué más pueden querer quienes se aferran a la esperanza de conseguir una situación migratoria que les permita finalmente vivir sin miedo? Quizá solo quieran encontrar otra vez su hogar.
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