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LA COLUMNA DEL PERRO

PERDONARSE A SÍ MISMO

No sé si se habrán fijado, pero los perros nos perdonan todo de antemano. Si nosotros, por ejemplo, salimos en la mañana de la casa enojados y no nos despedimos ni del perro, y regresamos en la tarde o en la noche, nuestra mascota nos va a recibir con la mayor de las alegrías, ladrando, corriendo y saltando, como si con este derroche de expresiones muy propias de su especie nos quisieran decir: no sé qué te hice o si yo fui el causante de que te salieras enojado, pero de cualquier forma, perdóname.

Qué diferente ocurre con el ser humano, al tener éste que pedir perdón cuando ha agraviado a alguien, o para perdonar a quien de alguna forma lo hubiere ofendido. Esto se debe a que, en el hombre, se interpone, por desgracia, el sentimiento del orgullo, que nos detiene y estorba para pedir o recibir perdón de una manera natural.

Pero cómo no va a ser difícil esta cuestión del perdón, si a quien más deberíamos de perdonar y no lo hacemos es a nosotros mismos… No nos perdonamos el ser imperfectos, no nos perdonamos cuando hacemos el ridículo, no nos perdonamos alguna actitud mediocre y, por difícil que parezca, en muchas ocasiones no nos perdonamos el ser exitosos.

Cuando aparentemente hemos perdonado a algo o a alguien y volvemos a tener contacto con él, no podemos menos que recordarnos que nosotros fuimos condescendientes y le otorgamos el perdón aun sin merecerlo.

Últimamente se ha encontrado que muchos de los padecimientos y enfermedades se deben al hecho de que hemos guardado durante muchos años, algunas veces desde niños, viejos rencores, malentendidos y situaciones negativas que nos tocó vivir y que traemos grabadas en nuestro interior y que, de cuando en cuando, recordamos y que nos sirven también de pretexto perfecto para echarles la culpa cuando fallamos en algo… Y decimos: por culpa de mis papás yo soy así… o de niño me pasó una mala experiencia que me traumó y por eso soy así… o si yo hubiera tenido quien me diera la mano estaría mejor.

La vida me ha empezado a enseñar, y no precisamente por las buenas, que si no empezamos por perdonarnos a nosotros mismos y a todos, absolutamente todos los que "creemos" que nos han ofendido, los dolores crónicos o agudos, los problemas gastrointestinales constantes, las deficiencias físicas, el cansancio crónico, el dormir mal, el no saber descansar, el no poner límites a las situaciones que nos rebasan, el ya no reírse de las situaciones cotidianas, terminarán por convertirse en enfermedades verdaderas que primero nos quitarán l a calidad de vida tan deseada por todos y después la vida por completo.

Entonces, seamos como los perros, vivamos el día intensamente, dejando nuestro destino en manos de DIOS y perdonemos todo para así nosotros también ser perdonados, y no vivir angustiados en busca de la felicidad perfecta y constante que no existe para nadie.

Y ahora, para terminar, una gota de filosofía:

Sería mejor predicar con el ejemplo… pero es muy aburrido. "Catón"

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Escrito en: Museos Museo Comunitario Avilés Villa Juárez

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