EL PEOR PAPÁ DEL MUNDO
Cuando era niño, mi ilusión era tener un caballo en mi casa y, por esa razón, les decía a mis papás con mucha frecuencia que me compraran uno, a lo cual me respondían mis padres, especialmente mi papá, que no me lo iban a comprar y que no molestara. Ante ello, yo insistía una y otra vez: "Al cabo le damos de comer sopa y lo amarramos en el patio", terqueaba yo.
Como mi papá siempre me decía que no, se lo tomaba muy a mal, pues al fin y al cabo, siendo niño, se me hacía todo fácil.
Ahora que soy un adulto y que veo a mi papá ya mayor, me acuerdo de mi gran coloso de los primeros años, cuando de niño pensaba: "Caray, qué fuerte es mi papá; si hasta es amigo de muchas personas, maneja la camioneta con una sola mano, aun en la noche o cuando llueve".
Y ya después, de adolescente joven, pensaba: "¿De dónde sacará tanta sabiduría ese gran viejo? Todo lo sabe. ¡Qué grande es! A su lado yo conquistaré el mundo y sus frutos... Yo quiero ser como él".
Pero llegó la adolescencia tardía, en la que todo de él me parecía injusto, incomprensible, autoritario y pasado de moda. Pensaba yo: "¿Cómo te puedes comparar conmigo, un preparatoriano? Tú, papá, tan apegado a tus tradiciones añejas, en las cuales, de forma inquisitoria, me ponías horarios de llegada después de una fiesta y, celoso, en un falso acercamiento, aspirabas mi aliento tratando de encontrar olor a alcohol o tabaco salidos de mi garganta".
"Qué poco inteligente es", llegué a pensar. "¿Que no entenderá que tengo mis propios problemas, con aquellos mis primeros amigos y mis primeros amores?". Qué exagerado se me hacía; me parecías un carcelero. Me preguntaba si acaso no fuiste joven o si tú no pasaste por los mismos apuros.
Y así me metía siempre yo, refunfuñando entre tibias sábanas, bajo un techo seguro, después de cenar leche y pan, en esas noches de invierno impregnadas con el aroma propio de cada casa; es decir, el olor de mi hogar.
Todavía recuerdo aquella noche que, entre aplausos y felicitaciones, recibí mi título de médico veterinario. Antes de salir de ahí, de ese recinto, entre brindis y abrazos, traté, sentado frente a ti, de compartirte tantas cosas que había aprendido para triunfar en la vida, y tú, callado, solo decías: "Qué bien, hijo, qué bien".
Pero llegaron mis días del inevitable enfrentamiento con la vida y, caray, cómo me hiciste falta cuando, en mis días terribles, pensaba en ese gran amigo, en aquel sabio que todo, en un momento, ponía en claro y me decía: "Adelante, no te rajes".
Y ahora, viejo mío, al verte sin armas y con perlas de sudor en tu frente, con todos mis años vividos, cómo quisiera tener ese milagroso don de, con un abrazo, poder detectar lo negativo en la llegada de mis hijos.
Ahora te veo, papá, sentado y con poca actividad, y eso me parte el alma.
Bendito seas, papá, y ojalá, como mi héroe y mi sabio de aquellos años mozos, me perdones, porque creo que jamás podré llegar a ser tan sabio ni tener la fortaleza que tú has tenido.
Ahora sé que fuiste el mejor padre del mundo, con todos tus defectos, que son humanos.
Entiendo ahora, de grande, por qué no me compraste aquel caballo que siempre soñé tener, y entiendo que las muchas veces que me reprendiste, que me castigaste y que me diste consejos que en aquel tiempo no entendí, fueron siempre para mi bien y con el único fin de educarme y tratar de hacer de tu hijo un hombre de bien.
Y ahora, para terminar, una gota de filosofía:
"Honrarás a tu padre y a tu madre".