La diáspora de los negros mascogos en La Laguna
El desierto se abre en una carretera de luz que parte al horizonte. Quizá ellos, los negros mascogos que hace más de 150 años decidieron quedarse en La Laguna, pasaron por aquí. O por alguna parte de este vasto paisaje convertido en recuerdo árido. Hacia allá peregrina el automóvil Versa, hacia una amnesia no consumada. Apenas son las ocho. Vamos al ejido San Marcos y al ejido Tacubaya, en San Pedro de las Colonias, Coahuila. Vamos a la tierra de Felipe Álvarez, el patriarca de un pueblo que hoy lucha por rescatar su identidad.
Hay historias que aguardan años, incluso siglos, para ser descubiertas. Fue en 2020 cuando el profesor Enrique Hernández Vásquez visitó por primera vez la localidad de El Nacimiento, en el municipio coahuilense de Múzquiz. Era algo que tenía pendiente, pues durante su época universitaria un relato lo impresionó: a mediados del siglo XIX, un grupo de afrodescendientes se había refugiado en México para escapar de la esclavitud en Estados Unidos. Sus integrantes se hacían llamar negros mascogos. El profe, entonces un joven estudiante, admiró la valentía y el hambre de libertad de esas personas, un pueblo al que siempre quiso conocer.
Pero la historia que le aguardó en El Nacimiento tenía ramales de mayor longitud. Alguien le comentó que un grupo de negros mascogos había viajado a Parras de la Fuente. El profe se intrigó: ¿Cuándo? ¿De qué modo? ¿Por qué razón? Las preguntas le revolotearon como palomas en una plaza, pero pronto entendió que el pasado sólo habla si uno sabe interrogarlo.
De regreso en Torreón, el profe se puso a investigar y dio con un artículo en El Siglo de Torreón: “Una raza olvidada”, publicado en noviembre de 2014 y firmado por el historiador parrense Gildardo Contreras Palacios, donde pudo recabar más datos. En ese texto encontró que los negros mascogos no sólo arribaron a Parras, sino que llegaron a la Hacienda de Santa Ana de Hornos, hoy municipio de Viesca, en 1859, tres años antes de que la Guerra Civil estallara en Estados Unidos.
A pesar del calor, el profe tiene fresco ese texto. Lo narra desde la parte trasera del vehículo mientras observa cómo la mañana le pinta el desierto en la ventanilla. Antes ya recorrió este camino, cuando por sus propios medios se dispuso a buscar a los descendientes de los primeros mascogos que habitaron La Laguna. En ese entonces siguió una pista casi a ciegas, tanteando rumores en los ejidos de San Pedro, andando por terracerías, preguntando casa por casa, restaurando los relatos esparcidos por las tolvaneras.
Luego de esa primera aventura, el profe se dedicó a vaciar sus apuntes en la computadora. La usó como un telar y enlazó cada palabra de cada testimonio oral; materializó su atención a una memoria ignorada. Entonces dio con un nombre: Felipe Álvarez, un mascogo que hasta 1890 vivió en la Hacienda Santa Ana de Hornos. El profe lo eligió como centro de su investigación y construyó su árbol genealógico a través de archivos parroquiales. El texto frente a sus ojos creció como aguas bravas, un torrente formado por ecos del pasado y voces del presente. Cuando se dio cuenta de su profundidad, la historia de un éxodo decimonónico se le desbordó por la pantalla.

Una vez que terminó su texto, en el que incluyó fotografías para acompañar ciertos pasajes, el profe decidió imprimirlo en blancas hojas de papel bond que grapó como plaquette. La primera presentación en Torreón apareció como Los que se quedaron. Crónica de los negros mascogos en la región lagunera, la cual tuvo lugar la mañana del 19 de febrero de 2026 en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales (FCPyS) de la Universidad Autónoma de Coahuila (UAdeC).
CONTEXTO HISTÓRICO
El historiador Jorge Tirzo Lechuga indica que para entender la migración de los negros mascogos a México hay que remontarse a las llamadas Guerras Seminolas en Estados Unidos. Estas se desarrollaron entre 1817 y 1818, y fueron una serie de conflictos armados entre los indígenas seminoles y el ejército estadounidense en los estados de Florida, Alabama y Georgia. Conocida es la frase de Andrew Jackson, séptimo presidente de Estados Unidos, al declarar que “el mejor indio es un indio muerto”.
Tirzo Lechuga es uno de los coautores del libro Negros mascogos. Una odisea al Nacimiento, publicado por la UAdeC, investigación para la cual pasó unos meses viviendo en El Nacimiento, registrando los usos y costumbres de la comunidad mascoga.
Incluso para el historiador, la diáspora de esta etnia es complicada de abordar, pues los indígenas seminoles huyeron hacia el sur y se aliaron con otras tribus como la kikapú y los negros mascogos, que a su vez huían de la esclavitud. Los mascogos, gracias a líderes como Juan Caballo, llegaron a Coahuila en la década de 1850.
“Primero se van a establecer en Piedras Negras, en El Moral y en El Remolino. Van a tratar de internarse un poco más en el territorio, porque grupos de filibusteros y de rangers texanos se internan en México —en ese momento la frontera no tiene tanto control— para cazar a esta gente. Entonces, el gobierno de Coahuila se toma en serio esto y los va a internar un poco más en el territorio”.
Fue en ese internamiento que los negros mascogos llegaron a Parras de la Fuente y posteriormente a la Hacienda de Santa Ana de Hornos. “De Parras los van a mover a Múzquiz, a El Nacimiento, donde finalmente quedan”. Más adelante, líderes como el mascogo Juan Caballo negociaron con el gobierno mexicano para obtener certeza jurídica sobre las tierras de El Nacimiento. Primero con Maximiliano de Habsburgo, luego con Benito Juárez, quien les ratificó más de siete mil hectáreas.
Por su parte, la comunicóloga Paulina del Moral, en su libro Tribus olvidadas de Coahuila (1999), también menciona la diáspora mascoga a La Laguna, poniendo especial énfasis en el año 1858, cuando Santiago Vidaurri era el gobernador del entonces estado de Coahuila y Nuevo León. El texto menciona lo siguiente:

“Al mes siguiente, Vidaurri realizó las gestiones para el traslado de 164 negros a la región de Parras. El 6 de junio, después de una escala en Monclova, el primer grupo de 80 mascogos ya se dirige a la Hacienda de Hornos, propiedad del latifundista Leonardo Zuloaga. Un segundo grupo sale en el verano y el resto permanece en El Nacimiento. Después de una breve estancia en Hornos, establecieron su asentamiento principal en la Hacienda El Burro, a media distancia de Parras”.
En 2017, con base en el Decreto 803, los mascogos de Múzquiz obtuvieron el reconocimiento como grupo étnico de Coahuila.
FELIPE ÁLVAREZ, EL PATRIARCA
Según la investigación realizada por el profesor Enrique Hernández Vásquez, Felipe Álvarez fue un mascogo que llegó a México con el grupo que comandaba Juan Caballo. Nació aproximadamente en 1830 y tenía origen africano. El profe no dio con el rastro de sus padres, pero sí con el de su esposa, Rafaela Ramírez. Luego descubrió que la pareja tuvo un hijo al cruzar la frontera y a quien bautizaron como Andrés en la parroquia de Santa Rosa de Lima, en Múzquiz, en 1853.
“En esa época, Felipe tenía 70 años aproximados. Y de ahí me agarro, de ese dato empiezo a investigar. Encuentro su acta de defunción y ahí se menciona un hijo suyo, en la declaración, quien comparece ante el registro civil. Y ahí ya tengo otro nombre. Además de Felipe, ya tengo el nombre del hijo. Y sigo y sigo, y encuentro más nietos, y empiezo a armar el árbol genealógico de la familia”.
Según el artículo de Gildardo Contreras, el grupo de mascogos encabezado por Felipe Álvarez habría sido el que se quedó en La Laguna para posteriormente salir de la Hacienda Santa Ana de Hornos y, entre 1869 y 1870, trasladarse a las haciendas de San Marcos y El Burro, para luego relacionarse con los habitantes y dar paso a una nueva mezcla interracial.
Felipe Álvarez falleció en 1891, a la edad de 70 años. Le sobrevivieron sus hijos Josefa, Leonides, Manuela, Abraham, María de Jesús, Tomás, Andrés y Pantaleón. Fue a partir de esos nombres que el profe Enrique comenzó a buscar a los descendientes del patriarca.
LA HERENCIA DE ‘EL NEGRO’ PINEDA
La colonia Los Sauces, en San Pedro de las Colonias, se ubica a unos cuantos metros del panteón municipal. Allí, sobre el bulevar La Esperanza, don Martín Pineda atiende una miscelánea. Su bienvenida al profe Enrique es un gesto hospitalario entre las verduras y los abarrotes. “Pásele, pásele”. El tendero es tataranieto de Felipe Álvarez e hijo de Francisco ‘El Negro’ Pineda. Su hogar es el elegido por el profe Enrique para iniciar el recorrido.

—¿Qué siente de tener esta descendencia?
—Pos es la base de donde nace uno. Y la educación que nos dio mi padre fue normal, dentro de lo que cabe en una familia. Mi padre aquí fue pionero de los burritos y el lonche caliente. Ellos vendían en la plaza (de San Pedro), los fines de semana, lonches de chile relleno, lonches de carnitas, de aguacate, de jamón. Su tradición fue con lo que iniciaron ellos en San Pedro, los meros pioneros. Incluso, el día de finados, él ponía un puesto aquí en el panteón, con un lonche de papel grandote. Y ya sabía la gente que ahí estaba mi padre, le llamaban ‘El Negro’ Pineda.
Don Martín comparte una fotografía de su padre. En ella se observa una barra abarrotada de panes franceses, refrescos y aderezos. También hay un pizarrón con el menú y los precios escritos con tiza. Rodeado de clientes y cubierto con un delantal, ‘El Negro’ Pineda prepara uno de sus famosos lonches. Era un hombre alto, fornido, de mentón pronunciado, pelo rizado y con la piel tan oscura como la noche del desierto. “Él se sentía orgulloso de que descendía de negros”, indica don Martín.
‘El Negro’ Pineda también fue boxeador. Otra fotografía lo inmortaliza encima de un cuadrilátero. Don Martín asegura que le daba duro al guante y señala el miedo en la cara de su oponente. ‘El Negro’ Pineda ganó algunos campeonatos regionales y heredó el apodo a su hijo, quien también se dice orgulloso de su origen.
EL PANTEÓN DE LOS NEGROS
El ejido San Marcos se encuentra a unos 10 kilómetros al sur de la cabecera municipal de San Pedro de las Colonias. En algunos parajes, los bordes de la carretera agrietada se asemejan a un basurero; hay escombro y bolsas de plástico atoradas en los mezquites. De vez en cuando, entre las áridas parcelas, se asoman solitarios nogales y otros árboles antiguos que seguro están ahí desde antes de que el hombre pisara estas tierras. El profe da indicaciones: hay que seguir derecho, pasar el pueblo de San Esteban, cruzar el canal y luego el lecho seco del río Nazas.
El profe indica parar en un terreno y adentrarse unos metros entre los matorrales. A lo lejos se divisa una cruz de madera con un pedazo de tela que ondea con el aire. “Es el panteón de los negros”, dice el profe, quien gracias a su investigación descubrió que en alguna parte de este páramo se sepultó a negros mascogos que habitaron la Hacienda de San Marcos durante el siglo XIX. Los relatos le indicaron que anteriormente aquí se encontraba otra cruz de madera, pero que desapareció. Así que en diciembre de 2025 organizó una ceremonia con los pobladores e instaló una nueva cruz, con el fin de honrar a los espíritus y declarar el lugar como sagrado.

Don Gerónimo Mayo Uribe, de 76 años, es habitante del ejido San Marcos. Durante la entrevista acude a un recuerdo de su infancia, donde al pasar por este terreno veía la vieja cruz ya mencionada. Era el paso para recolectar leña junto a su padre. “Le dije que qué era aquí y me dijo que era el panteón de los negros desde hace muchos años”. Asegura que otros pobladores del ejido también recuerdan esa cruz, pero acepta que desconocía el origen de su pueblo.
—Yo no sabía de eso, hasta que el profe vino y nos explicó que ellos venían de Estados Unidos, que llegaron a no sé qué parte de Coahuila y de ahí se vinieron. Dicen que en ese tiempo nada más era Viesca, un ranchito cercano que es San Juan Bautista, San Marcos y Mapimí, que supuestamente son los ranchos más viejos que existen.
San Marcos se divide en dos partes: una vieja y una nueva. En la vieja es posible ver edificaciones antiguas de adobe, incluida una gran estructura que los pobladores aseguran se trata de un despepite; es decir, un lugar donde se separaban las semillas de la fibra de algodón, prueba del pasado algodonero de la hacienda que allí se encontraba y que probablemente llamó la atención de los mascogos.
—Aquí siempre fue el algodón. Le voy a hablar que hace más de 30 o 40 años aquí se sembraban más de 500 hectáreas de algodón…. Que somos 229 ejidatarios y con la parcela escolar 230, pero se regaba todo y sembrábamos puro algodón, una parte de maíz o de frijol. Y a eso nos hemos dedicado aquí.
—¿Y en los tiempos en que llegaron los mascogos?
—Bueno, en esos tiempos no sé decirle. Dicen que sembraban algodón porque supuestamente en San Marcos viejo había un despepite. Ahí están las ruinas de donde tiraban las cenizas, sería de calderas o no sé, pero ahí están.
A don Jerónimo lo acompaña Víctor Manuel Durán Guerrero, comisariado del ejido. Fue él quien apoyó al profe Enrique para gestionar la colocación de la nueva cruz en el panteón de los negros y así marcar un lugar histórico. También ha buscado a Brenda Cecilia Güereca Hernández, alcaldesa de San Pedro de las Colonias, con la intención de que los ayude a cercar el terreno del panteón, pero no ha tenido éxito.
El comisariado nombra a uno de los descendientes mascogos localizado por el profe Enrique: don Toribio Gámez, quien vive en San Marcos viejo, allá por donde están las ruinas. El profe, quien no ha perdido detalle de la entrevista, indica que su domicilio será la próxima parada.

En una humilde casa, don Toribio pasa los días postrado en una silla de ruedas; la diabetes le ha arrebatado una de sus piernas a sus 84 años de edad. Su abuelo fue José Álvarez, nieto de Felipe Álvarez y habitante de San Rafael. Don Toribio desconocía la existencia de los negros mascogos y el origen de su ascendencia. En su momento, fue el segundo descendiente de Felipe Álvarez que el profe Enrique encontró con vida.
—¿A qué se dedicaba su abuelo?
—Se dedicaba a la labor, a trabajar en el algodón y cosas que sembraban como melones, sandías.
—¿Y él le platicó sobre los negros mascogos?
—Nunca le pregunté de ellos, porque yo no sabía, no los conocía.
Mientras don Toribio relata, el profe Enrique pide papel y pluma para hacer apuntes. Sobre la hoja en blanco escribe algunos nombres que el propio don Toribio va compartiendo. Entonces el profe le pregunta por sus familiares y trata de completar un nuevo árbol genealógico. Don Toribio habla de su madre Josefa, hija de José Álvarez, y también de una tal Néstora, quien lleva la travesía de recuperar la memoria de los negros mascogos hasta el vecino ejido Tacubaya.
TACUBAYA Y EL RASTRO DE NÉSTORA
El camino a Tacubaya bordea un canal de riego rebosante de agua. El profe comparte que Nestora solía recorrer este camino a pie para visitar a una hermana que tenía en San Marcos. De ella se cuenta que nació en 1900, que era negra, manca, una mujer humilde, alegre, bailadora, que vivía de la caridad pública. El profe también registró que Nestora solía cubrir el muñón de su brazo con una especie de calcetín.
Hay una historia peculiar sobre Néstora que el profe narra en su libro. En una de sus caminatas de regreso a Tacubaya desde San Marcos, una tolvanera provocó que Néstora se extraviara en medio del desierto. Por fortuna encontró el camino, pero desde ese día, cada que salía a recorrer los pueblos, se pegaba un letrero en la espalda: “Néstora va a San Marcos”, para que la gente le ayudara a llegar.
En Tacubaya se erigió la Hacienda El Burro y es conocido por albergar un edificio que es patrimonio arquitectónico de San Pedro: la Escuela Ignacio Allende, construida en 1911. Este inmueble es importante porque el profe encontró que en él dio clases, entre 1925 y 1930, otra descendiente de Felipe Álvarez: María de Jesús Álvarez.
“Ellos llegaron aquí, a la Hacienda El Burro, aproximadamente en el año 1870, para incorporarse en los trabajos de la hacienda como peones asalariados. Aquí todavía podemos ver una buena cantidad de personas que son descendientes de los mascogos”.

LAS VOCES DE LAS MASCOGAS
En la investigación del profe Enrique, el papel de las mujeres con raíces mascogas es fundamental. Juana Pineda y Karla Zurita son primas y también descendientes de Felipe Álvarez, de la línea de Andrés Álvarez. Ambas residen en Torreón y acompañaron al profe Enrique en la UAdeC para la presentación de Los que se quedaron.
Juana es hija de Otilo Pineda o ‘El Negro’ Otilo, otro personaje de San Pedro de las Colonias que solía vender camarones en la Plaza Principal. Juana sabía que su padre era descendiente de negros, pero desconocía la línea de los mascogos.
“Yo sabía que su mamá era negra, porque yo no la conocí. Conocí a mis tías. Cuando convivo con mis tías, yo las veo morenas, pelo chino. Luego el profesor busca y da con nosotros, da conmigo, con mi hermano, con mi primo y de ahí nos enlazamos, por medio del celular, con mi hermano y una prima de Estados Unidos”.
La investigación del profe Enrique le ha permitido a estas mujeres contactar con más familiares, adentrarse en su pasado, forjar una identidad. Karla tiene los rasgos afrodescendientes más marcados que Juana, sobre todo llama la atención su pelo rizado. Juana afirma que le ha agradado conocer sus raíces. Su orgullo se revela en la serigrafía de una playera donde está plasmado el árbol genealógico que el profe hizo de su familia.
UNA HISTORIA QUE CONTINÚA
El profe Enrique tiene en claro que su investigación no ha concluido, que todavía tiene pendiente visitar más lugares y recolectar más relatos que permitan visibilizar esta raíz étnica de La Laguna. Luego de que el sello independiente Cravioto Editores reeditara el libro Los que se quedaron…, el profe todavía tiene pendiente tramitar el registro de los negros mascogos laguneros ante el Instituto Nacional de los Pueblos Indígenas (INPI). Recientemente, el Gobierno de México lanzó una consulta nacional para la elaboración de la Ley General de los Pueblos Indígenas y Afromexicanos.
“Hay que reconocer que la región lagunera estuvo compuesta por muchos grupos de migrantes. Se ha dicho mucho de los alemanes que vinieron a vivir a la región, se ha hablado mucho de los chinos, de los españoles, y poco se ha hablado de los negros. Creo que esa es la razón por la que hay que rescatar la historia de ellos, para completar los orígenes de la Comarca y de los que vivimos aquí”, dice el profe.
A través de su ímpetu y sensibilidad social, el profe avivó un recuerdo errante en la zona rural de La Laguna, uno que hoy busca recuperar su dignidad y memoria. Bien lo dice el editor Germán Cravioto en el prólogo de la reedición de Los que se quedaron: tras su investigación, el profesor Enrique Hernández Vásquez no se ha encargado de cerrar una historia, sino de abrirla.