En 1974, a un año del golpe de Estado en Chile, una pareja se estacionó ante un edificio de Buenos Aires para esperar el coche del general Carlos Prats, leal a Salvador Allende. La pareja había colocado una carga de explosivos en ese vehículo. Cuando el objetivo se acercó al edificio, ella pulsó un mando a distancia, pero estaba apagado. El coche se detuvo lo suficiente para qué él corrigiera la falla: el general y su esposa fueron consumidos por las llamas.
Los asesinos eran el estadounidense Michael Townley y la chilena Mariana Callejas. Dos años después, él sería responsable de la muerte en Washington de Orlando Letelier, ministro de Relaciones Exteriores de Allende. También estaría involucrado en los asesinatos de un diplomático español que colaboraba con la resistencia chilena y de prisioneros peruanos torturados con gas sarín. Townley y Callejas trabajaban para la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA), mecanismo de represión de la dictadura de Pinochet.
Este es el tema de una pieza maestra del periodismo narrativo, escrita por Juan Cristóbal Peña: Letras torcidas, que reconstruye en detalle la inmersión de Townley-Callejas en un abismo sin fronteras.
Desde el punto de vista literario, el libro resulta apasionante; desde el punto de vista ético, perturbador, pues arroja un saldo inquietante: el mal no puede ser explicado. Estamos, de nuevo, ante la indescifrable normalización del oprobio que Hannah Arendt advirtió en los crímenes del nazismo.
Michael Townley era un mercenario sin ideología; mataba como quien va de pesca o repara un motor. Inculto, hábil y tenaz para los trabajos prácticos, prosperó como asesino a sueldo de los militares.
Más desconcertante es la actitud de su esposa, Mariana Callejas, escritora de relieve, con una sorprendente historia de vida. En su juventud abrazó el socialismo y trabajó en un kibutz de Israel. Después de esa experiencia comunitaria se acercó a grupos de izquierda en Chile y luego vivió en Estados Unidos, donde se aproximó a posturas de derecha. En ninguna de sus escalas políticas mostró convicciones fuertes. La aventura y el riesgo le interesaban más que las ideas.
Callejas destacó en el taller literario de Enrique Lafourcade con cuentos sobre los solitarios que había conocido en Nueva York. En el claustrofóbico ambiente de la dictadura, marcado por toques de queda, fue animadora de la vida intelectual; formó su propio taller y abrió las puertas de su casona a los jóvenes que empezaban a escribir. Las sesiones solían terminar en fiestas rumbosas: un oasis bohemio en medio de un mundo rigurosamente vigilado.
En ese recinto se torturó y mató a disidentes, y se instaló un laboratorio para preparar gas sarín (el jardinero se sorprendió de encontrar ratas y conejos muertos entre las plantas y abandonó su trabajo cuando descubrió un charco de sangre). Si los oficiales nazis oían a Brahms y leían a Goethe antes de ir a los hornos crematorios, Callejas discutía de estrategias narrativas mientras su esposo fraguaba atentados en la parte baja de la casa (la sofisticación intelectual no siempre repudia el terror). Estos hechos inspiraron la novela Nocturno de Chile, de Roberto Bolaño.
Madre de cinco hijos, Callejas no reparó en el daño que causaba a otras familias. Su casa se transformó progresivamente en un cuartel visitado por militares y al que iban a vivir cubanos anticastristas y fascistas italianos.
De manera sorprendente, Callejas escribió cuentos en los que asume la mirada de los torturados, los secuestrados, los perseguidos. Peña sintetiza las tramas y cita suficientes pasajes para saber que se trata de una autora significativa. No sólo asombra el estilo literario, sino la notable empatía con que la autora escribe de quienes sufren por su culpa. La literatura era el reverso de su vida.
Todo escritor se desprende de sí mismo para situarse en la piel del otro. Callejas representa un caso extremo de este impulso. Fue verdugo de inocentes a los que compadeció por escrito. Los editores reconocen su talento, pero no han querido reeditarla.
La escritora de la DINA encontró un modo aberrante de ejercer su indudable vocación. ¿Qué habría escrito si no se hubiera nutrido del espanto? Imposible saberlo.
De acuerdo con Heráclito, las deudas del deseo son saldadas con el alma. Surgidas del terror, las historias de Mariana Callejas reciben el pago del silencio.