Imagen: iStock
De norte a sur, el miedo que habita en México no es una emoción que se la lleva el viento: es un legado vivo, inundado de tradiciones, realidades y ficciones. Se encuentra en la tierra donde el hombre envidioso se come su guajolote, en los lamentos de la mujer que ha perdido a sus hijos, en la sangre de las jóvenes asesinadas, en los murmullos que emiten los cuerpos olvidados en las fosas comunes y en los rezos para que la muerte no abra la puerta.
No basta con sentirlo a las 3:00 de la mañana; hay que entenderlo, desde otro ángulo, como una forma de belleza, con una estética propia que lo ha acompañado desde el primer sacrificio en la antigua Tenochtitlan hasta la nota roja publicada en el periódico. El terror mexicano, más que un género literario, es una poética.

MIEDO AL REFLEJO
La vida se concibe con un carácter estético y se procesa a través de los sentidos. En el prefacio de Frankenstein (1831), Mary Shelley dijo: “El interés de mi historia no descansa en la mera situación de lo sobrenatural, sino en los sentimientos humanos que suscita”, apuntando a que lo estético del terror, como género literario, no radica en la creación de monstruos, en hechos sobrenaturales o en el fenómeno paranormal, sino en la resonancia emocional e impacto moral que tiene en el lector.
El terror que Shelley configura en el siglo XIX viene de una antigua tradición que ya se encontraba en Edmund Burke y en el mismo romanticismo inglés: un camino hacia lo sublime, una ambigüedad emocional en la que la acción del espanto se combina con el asombro.
Existen autores que no tienen como meta infundir miedo en el lector mediante criaturas míticas, sino lograr mover fibras, concientizar, fomentar la imaginación e, incluso, humanizar. El terror se convierte en una experiencia moral con toques de estética a la par.
El lector no teme al monstruo en sí, le teme al reflejo que puede regresar: la imagen del humano transformado por su propio poder; la autoconciencia.
Hay una forma de belleza que yace en el espanto, una estética que se regodea en la oscuridad. El filósofo Edmund Burke decía que lo sublime es todo aquello que nos aterra, pero también nos atrae. ¿Por qué seguimos buscando esa sensación?
El miedo, en su forma original, resulta ser una experiencia que nos acerca al humano primitivo. El terror mexicano le saca provecho. Por ejemplo, las películas de Carlos Enrique Taboada, como Hasta el viento tiene miedo o El libro de la piedra, demuestran que el horror no es aquello que hace gritar, sino el crudo silencio posterior. Los reflectores no apuntan al horror de la escena; lo insinúan, lo dejan respirando detrás de la pared. Esa es la sutil marca del terror nacional.
MIRAR DE FRENTE
El horror no es algo de lo que se tenga que huir, por el contrario, debe explorarse. Es una invitación. En esta travesía, la función que tiene la estética del miedo es la de sensibilizar al lector para que, finalmente, vea los detalles en las grietas de la obra: los breves silencios, un ser que desaparece, un secreto que mata. Esta poética desmenuza el lenguaje y lo reparte entre la bruma, en esos imaginarios donde se pueda sentir.
Se debe dejar de mirar el miedo con perspectivas tenebrosas, también se debe ocupar un tercer ojo para observar el mundo que nos rodea: crudo y real, sin seres que extraen la sangre, sin fuerzas sobrehumanas que desgarran la piel o demonios que roban el alma, nada de eso.
En México, el nexo de la muerte con los fantasmas y demonios es tan cercano que funge como un reflejo que los remite a su lado más real: un país que se burla de la muerte una vez al año con las calaveritas literarias, le pone comida a las ánimas y convive en los panteones sin dejar de cantar.

Además, México no necesita inventar demonios, los tiene entre las páginas de su historia contemporánea: Tlatelolco, Ayotzinapa, Ciudad Juárez, Michoacán.
La sociedad mexicana le ha dado elementos a la realidad para convertir el terror en estética, y la literatura lo asume como una forma de resistencia. El cuerpo del terror, por lo menos en nuestro país, es uno que nos recuerda que olvidar es otra forma de muerte.
Por ello, la literatura mexicana de este género —desde los cuentos de Amparo Dávila hasta el violento realismo de Fernanda Melchor— no tiene como propósito provocarle susto al lector; aspira al despertar de la conciencia colectiva e individual. Es el caso de Inés Arredondo en Apunte gótico, donde introduce una narración oscura, llena de metáforas, con un desenlace turbio, arreglada de tal forma que mueve fibras dentro del lector, empleando elementos delicados como la niñez, el incesto y la moral.

Invita a leer en la escabrosidad con los ojos bien abiertos, a descubrir que el miedo puede ser una manera de concebir lo fragmentado que se encuentra el mundo.
Octavio Paz, en El Laberinto de la soledad, nos recuerda que el mexicano aprecia las formas y las apariencias porque teme a la mirada ajena y a la suya propia. Ese temor a ser descubierto, a que nos miren frente a frente, es una raíz estética. El miedo no está fuera: es el reflejo de nosotros mismos.
Pedro Páramo, de Juan Rulfo, obra representativa de la literatura mexicana, revela que el mismo miedo no proviene de los monstruos o demonios foráneos, sino del espectro interior de la culpa colectiva. Rulfo pobló a Comala de muertos, una clara referencia a que en México cohabitamos con voces que no descansan, cuyos ecos vibran en la tierra de los vivos. El terror, como narrativa en la literatura, es un fiel testigo de la negación ante la muerte y el dolor.


La estética del miedo no equivale a replicar la violencia o reescribir actos sangrientos, sino a entrar en sus entrañas como un ejercicio revelador. El miedo abre su corazón al escritor para encontrar eso que tememos ver reflejado.
Aquí el terror es un lenguaje que todos entendemos y asociamos con la muerte. Es una forma única de expresión ante la cruda realidad. Se pronuncia en canciones, poemas, leyendas, en todas las versiones orales y escritas. La literatura es una manera de decir que dentro del dolor hay vida. Ahí recae su poder. “Todo lo que está vivo tiembla”, diría Inés Arredondo. v

Instagram: @yan_palacios