Foto: Unsplash Mantas Hesthaven
La fuga de cerebros se refiere a la migración de académicos o especialistas de su lugar de origen hacia otras regiones con el fin de encontrar mejores oportunidades para desarrollarse profesionalmente.
Este término, nacido como brain drain por su origen anglosajón, fue acuñado en 1960 cuando la Royal Society, en Reino Unido, empezó a registrar la constancia con la que inventores y científicos británicos emigraban, sobre todo, a Estados Unidos y Canadá para trabajar en laboratorios con mejores instalaciones.
Es una práctica que se genera por distintas causas que pueden clasificarse en dos categorías: lo que aleja a las personas de su lugar de origen y lo que las atrae de otro. Entre el primer grupo destacan:
Salarios. Con el paso del tiempo, la poca mejora en los sueldos de una región hace que los trabajadores especializados lleguen a la conclusión de que no alcanzarán una estabilidad económica adecuada si se quedan ahí.
Escasez de incentivos. La falta de becas, instalaciones apropiadas y apoyos para la investigación y la innovación tecnológica disminuyen la motivación.
Corrupción. Hay casos en que las buenas oportunidades dependen meramente de los contactos e influencias por sobre las capacidades del individuo. Si no se tienen esas “palancas”, las expectativas a futuro se reducen drásticamente.
En la cara opuesta de la moneda, lo que les atrae de otros países es la posibilidad de tener ingresos suficientes, de acceder a infraestructura que posibilite sus prácticas de trabajo y de obtener apoyo para sus actividades. Al mudarse, los profesionistas altamente capaces por lo general se sienten recompensados, valorados y realizados.
CONTEXTO
Aunque la fuga de cerebros no es algo nuevo, en los últimos años ha alcanzado un mayor auge porque, a diferencia de las décadas pasadas, hoy los avances tecnológicos permiten conocer y acceder a más oportunidades en el extranjero.
Muchas de las personas que se “fugan” empiezan por relacionarse con empresas de otros países de forma remota, sobre todo a partir de la pandemia por covid-19, cuando el trabajo desde casa y las actividades en línea tomaron relevancia. De este modo se volvió más sencillo conseguir empleos en otras regiones sin tener que trasladarse a ellas, lo que, en consecuencia, facilita el contacto con extranjeros y, a largo plazo, favorece que los profesionistas se muden definitivamente a las sedes de dichas compañías.

Otra rama a considerar es la mano de obra especializada. Muchas naciones de primer mundo se enfrentan actualmente a una transición tecnológica apresurada, por lo que requieren de más personal a su disposición, de modo que, como estrategia, ofrecen facilidades a expertos extranjeros para ser contratados, como visas de trabajo o procesos rápidos para residencias.
EL CASO DE MÉXICO
Debido a su cercanía geográfica, Estados Unidos es la primera opción de los mexicanos para emigrar.
Históricamente, en México el porcentaje del producto interno bruto (PIB) destinado a la investigación y desarrollo se ha mantenido bajo. De hecho, se encuentra por debajo de los niveles recomendados por la Unesco, que sugiere un monto mínimo del uno por ciento, pero en nuestro país no alcanza ni el 0.5 por ciento del PIB.
Además, existe un desequilibrio entre los salarios y el nivel educativo de los profesionistas especializados. Existen miles de trabajadores con maestrías y doctorados que seguido se encuentran con sueldos y/o prestaciones incompatibles con sus perfiles.
La proximidad y los acuerdos que ofrece Estados Unidos, como las visas de trabajo o los planes académicos, son incentivos para que los expertos en diversos sectores decidan cambiar su residencia.
Aunado a esto, existe otro factor determinante para este tipo de migración: la seguridad. Es innegable que los contextos sociales de algunas zonas de México, sobre todo aquellas con fuerte presencia del crimen organizado, exhortan a las personas a establecerse en otro lugar junto con sus familias.
Entre el 80 y 90 por ciento de los académicos que emigran lo hacen a Estados Unidos, seguido de la Unión Europea y Canadá.
CEREBROS MEXICANOS EN FUGA
A continuación, tres ejemplos de mentes brillantes mexicanas que tuvieron que emigrar del país para desarrollarse profesionalmente:
Mario Molina. Originario de Ciudad de México, cursó Ingeniería Química en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), aunque parte de su educación la cursó en la Universidad de California y en la Universidad de Freiburg. Fue activista, profesor, químico y un puente entre la comunidad científica mexicana y los círculos internacionales.

Ganó conjuntamente el Premio Nobel de Química en 1995 gracias a sus investigaciones sobre las amenazas del clorofluorocarbono (CFC) y otros gases en la capa de ozono. Su trabajo desarrollado en laboratorios de Estados Unidos —en ese entonces el único país con la tecnología y el presupuesto para dichos estudios— permitió exponer los riesgos de estos compuestos.
En 2005 se fundó el Centro Mario Molina para Estudios Estratégicos sobre Energía y Medio Ambiente en México, que impulsa políticas públicas para la calidad del aire.
Luis Enrique Velasco. Nacido en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, cursó la educación básica en México y a sus 17 años emigró a Estados Unidos para completar sus estudios superiores, graduándose como ingeniero mecánico en la Universidad de Brigham Young. Después ingresó al Jet Propulsion Laboratory (JPL) en Pasadena, California, donde trabajó más de una década en proyectos de exploración interplanetaria.
Se destaca su participación como líder del grupo de diseñadores para la entrada, descenso y aterrizaje del rover Perseverance, un robot que en 2021 aterrizó en Marte, lo que marcó un paso importante en la exploración del planeta rojo. En la actualidad, Velasco está desarrollando otro modelo que traerá muestras físicas de Marte a la Tierra para el año 2028.
Además, ha fundado iniciativas que promueven la industria tecnológica en el estado que lo vio nacer, con el fin de capacitar a jóvenes estudiantes para que no se vean en la necesidad de emigrar para educarse. Asimismo, colabora de forma activa con universidades mexicanas dando talleres y conferencias, y tiene la meta de formar un clúster espacial al sur de México.
Katya Echazarreta. Nacida en Guadalajara, Jalisco, en 1996, se vio obligada a emigrar junto a su familia hacia Estados Unidos. Graduada como ingeniera eléctrica por la Universidad de California en Los Ángeles, fue seleccionada para una estancia de investigación en el JPL, donde participó en más de cinco misiones de la NASA.
En 2022 fue seleccionada de entre más de siete mil aspirantes para volar al espacio como parte de la misión Blue Origins NS-21 junto con otras cinco personas, convirtiéndose así en la primera mujer mexicana en viajar al espacio suborbital.
Recientemente creó una fundación en México para promover el apoyo a la educación en ciencias, matemáticas y tecnología entre la juventud. Además, organiza campamentos espaciales y ha sido partícipe de iniciativas del Congreso de la Unión para fomentar la inversión en la Agencia Espacial Mexicana.
Lo que estos tres personajes tienen en común son sus propuestas para que las generaciones venideras tengan, en su propio país, las oportunidades que ellos solo encontraron en el extranjero. No se trata únicamente de profesionistas que se “fugan”, sino que buscan dejar un legado en sus lugares de origen.