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La Güera

Ella no sabe todo lo que suscita en mí; tampoco todas las interrogantes que me formulo a partir de su presencia, por ejemplo: ¿qué estamos dispuestos a hacer cada uno de nosotros para estar donde sentimos que se expresa la vida con libertad?

La Güera

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MARCELA PÁMANES
MARCELA PÁMANES

Los animales nos dan muchas lecciones; es una pena que no nos detengamos a ver sus comportamientos.

Como ya te he compartido, en mi casa habita Bruno, un ovejero australiano sordo, dueño de un porte y una gracia increíbles. Ha pasado sus casi 13 años de vida rodeado de cuidados. Es dócil, disciplinado y entiende con un improvisado lenguaje de miradas y señas.

Nunca sale si no es acompañado y ahora que le han llegado los años, su parsimonia en el andar demanda paseos rodeados de la calma que necesita para husmear todo lo que él quiera. Paradójicamente, esos paseos se han acortado en distancia y prolongado en tiempo.

Demanda cariño, atención y alimento; es todo. Y él hace lo que le corresponde: acompañar incondicionalmente. Si abrimos la puerta a la calle, no saldrá si no tiene nuestra autorización. Puedo concluir, entonces, que prefiere su casa por encima de todo.

No así la Güera, una perra criolla que tiene figura de galgo y escapa de su hogar tantas veces como puede. Sí, es eso, una escapista. Anda por la calle con soltura.

Los vecinos la conocemos y hemos aprendido a quererla. Hace mes y medio que está en la calle, una de las tantas veces que ha preferido estar afuera. Cuando busca resguardarse, se queda en la entrada de mi casa o en una cochera abierta. Procura su alimento y resuelve sus necesidades sola.

Su conducta hace que me pregunte un montón de cosas: ¿es más feliz en la calle?, ¿sus dueños no la extrañan?, ¿se siente querida?, ¿está dispuesta a hacer cualquier cosa con tal de gozar su libertad?

La Güera obedece comandos: se sienta, te da la mano, le dices “no” y atiende la orden. Es juguetona; siempre trae una sonrisa en su cara, pero si cree que buscas atraparla corre desaforada. Seguro que sus primeros días de vida no fueron fáciles, la impronta se queda. Huye de lo que considera puede ser una amenaza.

Cuando por las noches apagamos la luz, solo voltea discretamente y entorna los ojos. Es una perra guardiana. A todo lo que se mueve le ladra, persigue motos y quien se atreva a querer llegar a la casa le representará un obstáculo. Muchas veces la he invitado a cruzar la reja, le he puesto una cama y ni así acepta quedarse.

Cuando por fin regresa a su hogar la extraño, pero me libera la certeza de que sé dónde está. Ella no sabe todo lo que suscita en mí; tampoco todas las interrogantes que me formulo a partir de su presencia, por ejemplo: ¿qué estamos dispuestos a hacer cada uno de nosotros para estar donde sentimos que se expresa la vida con libertad?, ¿qué podríamos sacrificar para sentirnos plenos?, ¿será que vivimos prisioneros en ambientes donde no recibimos lo que necesitamos para que la alegría se manifieste?, ¿será que el miedo a la incertidumbre es lo que nos detiene o será que no confiamos en que de una u otra manera sobreviviremos ante cualquier circunstancia?

Vivimos atados a personas, a cosas, a estilos de vida, a lo que la sociedad nos ha dicho que debemos poseer para ser exitosos y felices, espejismos que se diluyen a la menor provocación. Tengo claro que es prácticamente imposible sustraerse a la comodidad de una casa confortable, a los gestos de amor y consideración de los demás, a contar con un plato vasto que sacie el hambre. A todos nos gusta vivir bien, pero de ahí a que la felicidad solo provenga de ello hay mucha distancia.

Lo que nos está pasando es que nos ponemos cada día la vara más alta, de tal suerte que la existencia nos sirve para alcanzar todas esas sofisticaciones que hoy están a nuestro alrededor: las experiencias gastronómicas, las catas de vino, los cruceros, los viajes, los deportes, la vida social que exige esmerados detalles; todo ello se ha convertido en el aliciente de la plenitud, aunque luego de vivirlo quede una estela de vacío.

Cuando veo correr a la Güera, cuando se revuelca en el pasto, cuando se detiene a revisar con atención una bolsa de basura, veo a un ser vivo que goza en medio de la sencillez de sus pretensiones. Me queda claro que hay mucho que aprender de ella.

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