La Haine, el odio como síntoma cultural
A más de treinta años de su estreno, La Haine (1995), la historia de tres jóvenes que deambulan durante veinticuatro horas por los suburbios de París, sigue sintiéndose incómodamente actual porque identifica un mecanismo social que se repite. El odio, aquí, no aparece como un estallido irracional, sino que es síntoma de una caída que la sociedad entera ha aprendido a normalizar.

LA CAÍDA COMO METÁFORA DE UN PRESENTE INCIERTO
El comienzo de La Haine se asemeja a un chiste esperando el remate. Un hombre cae desde un edificio de cincuenta pisos y, mientras atraviesa cada piso, se repite: “Hasta aquí todo va bien”. La frase parece hablar de un individuo, pero al final de la película adquiere otro sentido: describe a una sociedad completa que continúa descendiendo en caída libre mientras insiste en convencerse de que, mientras no toque fondo, no hay nada de qué preocuparse.
La gran decisión de Kassovitz es no mostrar el disturbio que incendió el barrio donde inicia la historia, sino que muestra el día siguiente al incidente. Abdel permanece hospitalizado entre la vida y la muerte después de una brutal golpiza policial. Aquí la violencia aparece como un eco que condiciona cada conversación, cada trayecto en el transporte público y cada silencio entre Vinz (Vincent Cassel), Saïd (Saïd Taghmaoui) y Hubert (Hubert Koundé), los protagonistas. En apariencia no sucede nada extraordinario. Sin embargo, esa espera de un desenlace constituye el verdadero drama: la sensación de que todo parece suspendido mientras el conflicto avanza bajo la superficie.
La exclusión que viven los protagonistas tampoco se presenta como una anomalía. Incluso se usa como un chiste, de forma constante, tanto literal como metafóricamente. Francia se piensa a sí misma como la república de la igualdad, heredera del contrato social y de una ciudadanía universal, de la democracia moderna y los derechos humanos; hija de Rousseau y madre de Hebdo. Pero los tres amigos habitan el reverso de esa promesa al ser ciudadanos sobre el papel y extranjeros dentro de su propio territorio. La violencia policial incluso queda en un segundo plano en cuanto se señala la fractura entre el discurso republicano y la experiencia cotidiana de quienes crecieron en los márgenes de esa misma república, aun siendo franceses.

TRES FORMAS DE HABITAR LA HERIDA
El blanco y negro de La Haine suele interpretarse como una decisión estética, pero en realidad funciona como una decisión política. A mediados de los noventa, la televisión convertía los disturbios de los suburbios en imágenes de consumo inmediato al transmitir patrullas, manifestaciones, incendios y detenidos, todo coronado con titulares sensacionalistas. Kassovitz elimina el color precisamente para impedir que esa violencia resulte seductora. Sin esa distracción visual, la atención se desplaza hacia los rostros, la arquitectura brutalista de los bloques de vivienda y el agotamiento de unos jóvenes que caminan sin destino, existiendo al margen de una sociedad que solo se preocupa por ellos en el papel.
Paradójicamente, cuanto más documental parece la película, más precisa es su construcción cinematográfica. Los largos desplazamientos de cámara, los encuadres geométricos y el ritmo pausado producen una sensación de realidad que nace de un control absoluto de la puesta en escena. Lo cotidiano termina siendo más inquietante que cualquier explosión o disturbio.
Dentro de ese espacio aparecen tres respuestas distintas a una misma herida. Vinz transforma su frustración en una fantasía de poder tras encontrar un arma durante una protesta, lo que le permite interpretar el papel del hombre peligroso, como si la violencia pudiera devolverle una dignidad que la realidad le niega. El joven guarda cierto paralelismo con Travis Bickle, de Taxi Driver (Martin Scorsese, 1976), e incluso hay un pequeño homenaje al personaje frente al espejo.
Saïd, por su parte, sobrevive mediante el humor, utilizando la ironía como un mecanismo de defensa, y también para mantener unido al grupo y amortiguar la tensión constante en el barrio.
Hubert, en cambio, representa la lucidez más dolorosa. El gimnasio de boxeo al que asistía, la única posibilidad concreta de construir otra vida que le permitiera salir adelante, fue destruido durante los disturbios, al igual que algunas escuelas. Él comprende el funcionamiento del ciclo de violencia, pero entenderlo no significa escapar de él.
Los tres personajes desmienten cualquier lectura simplista sobre la juventud de las periferias. No son símbolos de la rabia, la comedia y la razón, sino distintas maneras de procesar una misma situación: la exclusión.

EL ODIO COMO HERENCIA
El desenlace de La Haine es uno de los finales más devastadores del cine contemporáneo. Kassovitz interrumpe la última toma justo antes de ofrecer una respuesta porque la pregunta importante nunca fue quién dispara, sino por qué todos han terminado allí.
La película nació a partir de un hecho real. En 1993, Makomé M'Bowolé, un joven de diecisiete años, murió de un disparo mientras permanecía esposado dentro de una comisaría parisina. Kassovitz escribió el guion como una reacción inmediata a esa noticia.
Lo inquietante es que la historia pronto dejó de pertenecer al pasado, pues en 2005, las muertes de Zyed Benna y Bouna Traoré desencadenaron semanas de disturbios en toda Francia, y en 2023, el asesinato policial de Nahel Merzouk volvió a incendiar las calles.
El ciclo se repite. Cambian los nombres, los rostros, los celulares que registran las imágenes, los instrumentos de vigilancia gubernamental y cambia la velocidad y las plataformas en las que circula la indignación, pero el mecanismo permanece intacto.
Por eso el título de la película también funciona como una advertencia. Hubert pronuncia una frase que resume toda la obra: “El odio atrae al odio”. No se trata de una ley moral, sino de un diagnóstico político y espiritual. Cuando ninguna institución interrumpe el ciclo de exclusión y violencia, el resentimiento termina heredándose como si fuera una tradición. Con un gobierno indolente preocupado más por polarizar a la sociedad para seguir capitalizando votos, y con un sistema enfocado en seguir aumentando utilidades a costa del bienestar de sus trabajadores, no parece que dicha vorágine se vaya a detener pronto.
Treinta años después, La Haine repite la misma historia del hombre que cae. La tragedia no consiste en el impacto contra el suelo, sino en la obstinación colectiva de seguir diciendo, piso tras piso, que hasta aquí todo va bien.