El entonces presidente Obama entrega la Medalla Presidencial de la Libertad a Bob Dylan, Nobel de Literatura, en 2012. Foto: AP/ Charles Dharapak
Como mexicanos, en ocasiones nos molesta que se nos represente como personas con sombrero y botas en todos lados. Si bien el estereotipo puede ser una herramienta rápida para ponernos en contexto, también puede resultar bastante injusto.
A nuestros vecinos del norte también les pasa. Con frecuencia son representados como personas frías, obsesionadas con el consumo y con graves problemas de sobrepeso. Lo lamentable es que muchos de estos productos mediáticos no dan el espacio para profundizar más allá del estereotipo y hablar, por ejemplo, de la enorme importancia que Estados Unidos ha tenido en la literatura.
Volteemos a nuestro librero o hagamos memoria de lo que hemos leído: ¿Cuántos libros de autoras y autores estadounidenses han pasado por nuestras manos? ¿Qué tan presente está su influencia literaria en nuestra vida? Tal vez pensemos que son pocos, pero la cifra seguramente aumenta si agregamos todas esas series y películas que están en nuestro top y que están basadas en libros.
Se considera que el primer libro impreso en lo que hoy es Estados Unidos fue The Bay Psalm Book (El libro de Salmos de la bahía), publicado en 1640 en Cambridge, Massachusetts. Era una traducción al inglés de los Salmos realizada por colonos puritanos.
Por otro lado, The Power of Sympathy (El poder de la simpatía), publicada en 1789, suele ser considerada la primera novela escrita por un estadounidense. Su autor fue William Hill Brown (1765–1793) y fue publicada originalmente de forma anónima en Boston. Su formato es epistolar —es decir, la historia se desarrolla mediante cartas— y está centrada en el amor, la seducción y las consecuencias sociales y morales de las relaciones sentimentales.
RELEVANCIA CULTURAL
Imaginen que un día pudiéramos tronar los dedos y hacer desaparecer toda una cultura o un país. Y no solamente borrarlo en ese momento, sino eliminarlo de toda la historia. Claro que sería un caos. Pero también sería un ejercicio interesante para comprender la globalización y descubrir hasta qué punto las naciones y sus culturas estamos entrelazadas. Con un tronido de dedos desaparecería el legado literario de autores como Danielle Steel, Dr. Seuss, Dean Koontz, Nora Roberts, Gilbert Patten, James Patterson, Stephen King, R. L. Stine y Sidney Sheldon, entre muchos otros.
También desaparecerían de nuestros libreros algunas de las obras de escritores estadounidenses con mayores ventas y difusión internacional: El código Da Vinci, de Dan Brown; El guardián entre el centeno, de J. D. Salinger; Matar a un ruiseñor, de Harper Lee; Lo que el viento se llevó, de Margaret Mitchell; El valle de las muñecas, de Jacqueline Susann; Los juegos del hambre, de Suzanne Collins; El gran Gatsby, de F. Scott Fitzgerald; y Crepúsculo, de Stephenie Meyer.

Y entonces quizá comenzaríamos a dimensionar cuánto de Estados Unidos existe también en nuestros propios referentes culturales.
LOS NOBEL LITERARIOS
Estados Unidos cuenta con una importante lista de galardonados con el Premio Nobel de Literatura. El primero fue Sinclair Lewis, en 1930, y entre los reconocidos posteriormente aparecen nombres como William Faulkner, Ernest Hemingway, John Steinbeck, Toni Morrison, Bob Dylan y Louise Glück, quien recibió el premio en 2020.
Pero ¿qué tiene de especial la literatura estadounidense? Su importancia no está solamente en sus grandes autores, sino en la manera en que estos han retratado —y cuestionado— las contradicciones de su propio país.
Una de sus primeras grandes tareas fue la construcción de una identidad propia. Autores como Washington Irving, Edgar Allan Poe, Nathaniel Hawthorne, Herman Melville y Walt Whitman contribuyeron a construir una voz que comenzaba a ser reconociblemente estadounidense y que se alejaba poco a poco de la tradición literaria europea.
Después está el famoso “sueño americano” y, sobre todo, su crítica. El gran Gatsby, de F. Scott Fitzgerald, es quizá el ejemplo clásico: prosperidad, ambición y movilidad social, pero también desigualdad, frustración y vacío. La historia es mucho más que Leonardo DiCaprio levantando una copa en uno de los memes más famosos de internet.
Sus textos también nos obligan a hablar de raza, esclavitud y derechos civiles. Es imposible comprender la literatura estadounidense sin esta vertiente. Desde Frederick Douglass y La cabaña del tío Tom, de Harriet Beecher Stowe, hasta James Baldwin, Maya Angelou y Toni Morrison, la literatura ha sido un espacio fundamental para discutir la experiencia afroamericana y sus heridas históricas.
Tampoco podemos negar su diversidad de voces. Con el paso del tiempo ha incorporado y dado mayor visibilidad a perspectivas de mujeres, afroamericanos, pueblos indígenas, comunidades latinas, asiático-estadounidenses, migrantes y personas de la diversidad sexual. Por eso resulta cada vez más difícil hablar de una sola “literatura estadounidense”.
A esto hay que sumar su enorme influencia en la cultura popular. Estados Unidos ayudó a convertir géneros que durante mucho tiempo fueron considerados menores en auténticos fenómenos culturales: el terror y el cuento moderno con Poe, el western, la novela negra, la ciencia ficción, el cómic, el thriller y, posteriormente, los grandes fenómenos juveniles.

Hemingway, Faulkner, Steinbeck, Fitzgerald, Salinger, Harper Lee, Stephen King y muchos otros trascendieron las fronteras de su país. Los leemos, los adaptamos al cine, los convertimos en series, los citamos y hasta hacemos memes con sus personajes sin detenernos demasiado a pensar de dónde vienen.
DIVERSIDAD DE PERSPECTIVAS
La literatura estadounidense lleva siglos haciéndose una pregunta aparentemente sencilla: ¿qué significa ser estadounidense? Y las respuestas nunca han sido sencillas. Desde la independencia y la expansión de sus fronteras hasta la esclavitud, la inmigración, el sueño americano, las guerras, el racismo y las luchas por los derechos civiles, sus escritores han construido un enorme espejo en el que la nación se observa, se celebra, se critica y, muchas veces, se contradice. Quizá ahí radique buena parte de su relevancia.
Los estereotipos son cómodos porque nos permiten explicar un país en unos cuantos segundos. México se convierte en sombreros, botas, tequila y cactus; Estados Unidos, en hamburguesas, armas, obesidad y consumismo; y Canadá, en frío, personas exageradamente amables, hockey y miel de maple. Pero ninguna nación cabe en una caricatura.
Detrás de esos lugares comunes existen millones de historias y formas distintas de comprender el mundo. La literatura tiene precisamente esa maravillosa capacidad de romper el estereotipo y permitirnos entrar, aunque sea durante unas páginas, en la vida del otro.
Por eso tal vez la próxima vez que volteemos a nuestro librero descubramos que Estados Unidos ha estado mucho más presente de lo que imaginábamos. En Poe, Hemingway, Fitzgerald, Morrison, Salinger, Harper Lee o Stephen King, pero también en las películas y series que nacieron de sus páginas, en personajes que reconocemos y hasta en memes que compartimos sin conocer necesariamente su origen.
Si queremos que cuando alguien piense en México vea mucho más que un sombrero y unas botas, también tendríamos que estar dispuestos a mirar más allá de las hamburguesas y las papas fritas cuando volteamos hacia el otro lado de la frontera.
Después de todo, para eso también sirve leer: para descubrir que ningún país, ninguna cultura y ninguna persona puede resumirse en un estereotipo.