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Sexualidad

La intimidad bajo el yugo de la precariedad

El agotamiento crónico provocado por jornadas laborales extenuantes, la precariedad económica y la carga del trabajo doméstico no remunerado actúa como un potente inhibidor neurobiológico del deseo.

Imagen Adobe Stock

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PRISCILA CASTAÑEDA

La sexualidad humana no florece en el vacío, sino que requiere, por definición biológica y psicológica, un sustrato mínimo de seguridad, tiempo y disponibilidad mental. Cuando una sociedad somete a su población económicamente activa a jornadas extenuantes, salarios insuficientes y traslados metropolitanos de horas, está confiscando su derecho al placer, al erotismo y a la vinculación afectiva sana. Desde la psicología clínica se devela, con alarmante frecuencia, una “disfunción del deseo” relacionada con un sistema socioeconómico que agota los cuerpos antes de que estos puedan encontrarse.

EL SECUESTRO DE LA LIBIDO: TRÁFICO, DINERO Y CORTISOL

Para comprender la inhibición del deseo en contextos de explotación laboral, es imperativo revisar la neurobiología de la respuesta sexual humana.

La libido depende del delicado equilibrio entre el sistema nervioso simpático (encargado de las respuestas de lucha o huida en situaciones de peligro) y el sistema nervioso parasimpático (responsable de la relajación, la digestión y la restauración orgánica). La excitación sexual es un lujo evolutivo que el cerebro sólo se permite sentir cuando percibe que el entorno es seguro. Dicho en otras palabras y desde la perspectiva humanista de Abraham Maslow, no hay expresión de la sexualidad cuando necesidades más básicas como vivienda, alimentación o sueño no han sido satisfechas.

El panorama cotidiano de un trabajador promedio en nuestras urbes es la antítesis de la sensación de seguridad parasimpática. El estrés financiero crónico aunado al estrés ambiental de pasar horas diarias atrapado en el tráfico vehicular o en un transporte público deficiente, mantiene el eje hipotálamo-hipófisis-adrenal (HHA) en un estado de alerta perpetua. La liberación masiva y prolongada de cortisol y adrenalina actúa como un inhibidor del deseo. El cortisol elevado disminuye la producción de testosterona —hormona central de la libido en ambos sexos— y apaga los circuitos de recompensa dopaminérgicos vinculados al erotismo. Un cuerpo exhausto, siempre alerta por la hostilidad del entorno y angustiado por las deudas, neuropsicológicamente no puede desear.

La disparidad en el deseo y la energía se acentúa cuando una sola persona se hace cargo de todas las labores domésticas y de crianza. Imagen Magnific
La disparidad en el deseo y la energía se acentúa cuando una sola persona se hace cargo de todas las labores domésticas y de crianza. Imagen Magnific

EL TRABAJO DOMÉSTICO NO REMUNERADO

Cuando la precariedad alcanza el hogar, cada individuo que lo integra entra de manera automática en “modo supervivencia”. En este estado cognitivo, la atención suele estrecharse y reorientarse exclusivamente a la resolución de contingencias inmediatas, por ejemplo, pagar la renta, asegurar la comida, coordinar los horarios escolares de los hijos o resolver los desperfectos domésticos urgentes. En este escenario no queda espacio para el juego, la seducción o el diálogo amoroso desinteresado. La pareja deja de ser un espacio de encuentro erótico y se transforma en una sociedad en la que ambos gestionan la escasez.

Esta dinámica se vuelve especialmente violenta e injusta en la clásica configuración donde uno de los miembros desempeña la totalidad del trabajo doméstico y de crianza sin recibir remuneración. En la práctica clínica es un motivo de consulta recurrente: el cónyuge que regresa de una jornada laboral externa llega exigiendo (a veces sutilmente, a veces agresivamente) gratificación sexual, asumiendo que su pareja ha estado en una posición de “descanso” simplemente porque no sale de casa. Esta postura, independientemente de lo familiar que nos resulte, refleja un analfabetismo social y una falta de empatía monumental.

La labor del hogar no tiene horarios de salida, carece de prestaciones y no otorga fines de semana. Quien trabaja en casa suele experimentar un burnout sensorial y físico idéntico o superior al del trabajador fabril o de oficina. Al negarse al encuentro sexual debido al agotamiento extremo, la contraparte suele reaccionar desde el enojo, asumiendo la negativa como un rechazo personal o un castigo.

Para evitar el resquebrajamiento de la relación es necesario detener el ciclo de diferencia-coacción-acusación-polarización. Imagen Magnific
Para evitar el resquebrajamiento de la relación es necesario detener el ciclo de diferencia-coacción-acusación-polarización. Imagen Magnific

EL MODELO DE ÁLVAREZ-GAYOU

Para desenredar este nudo en la terapia de pareja, resulta de gran utilidad recurrir al modelo de enfoque multiaxial de la sexualidad humana propuesto por el Dr. Juan Luis Álvarez-Gayou. A diferencia de otros modelos que priorizan la genitalidad y la respuesta puramente fisiológica, su enfoque enfatiza la importancia de los aspectos relacionales, afectivos y cognitivos como ejes transversales del erotismo.

Cuando una pareja vive bajo la explotación laboral, el eje del erotismo suele colapsar porque se reduce a la urgencia de la descarga fisiológica de la persona menos agotada, anulando la sintonía afectiva. La terapia en estos contextos no busca “recetar” posiciones o incrementar la frecuencia mecánica del coito, sino des-genitalizar el encuentro.

La forma de intervención terapéutica suele ser entrenando a la pareja en la recuperación de la intimidad sensorial básica: el contacto visual, las caricias sin una agenda urgente de penetración y el masaje terapéutico. El objetivo clínico es reeducar al sistema nervioso para que vuelva a asociar el cuerpo del otro con un refugio seguro y no con otra obligación que cumplir en la lista de pendientes diarios.

DE LA COACCIÓN A LA POLARIZACIÓN

Desde la perspectiva de la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT), el manejo del conflicto derivado de la falta de intimidad requiere desactivar lo que Christensen y Jacobson describieron como el destructivo ciclo de diferencia-coacción-acusación-polarización.

Este bucle inicia cuando se manifiesta una diferencia legítima en los niveles de deseo o en los ritmos de energía debido a las cargas de trabajo diferenciadas. En lugar de procesar analíticamente esta disparidad, uno de los miembros de la pareja intenta ejercer coacción para forzar al otro a alinearse a sus necesidades eróticas. Ante ello, el otro responde con la acusación, devolviendo el golpe mediante el reproche y el señalamiento de las fallas de su compañero (“tú solo me buscas para eso”, “nunca estás disponible”). Finalmente, el sistema se fractura en la polarización: ambos se atrincheran en posiciones extremas e irreconciliables, donde uno se aleja cada vez más afectivamente para proteger su autonomía y el otro se vuelve más hostil y demandante.

La propuesta de ACT frente a esta trampa relacional es el cultivo de la aceptación de las diferencias, así como la clarificación de valores compartidos. Esto se trata del reconocimiento objetivo de las limitaciones reales de la situación actual y no solamente como una renuncia al “apagón erótico”. Implica que la pareja pueda observar el ciclo destructivo desde una posición de testigos (el Yo-Observador) en lugar de dejarse arrastrar por él. Al aceptar compasivamente que el cansancio no es una agresión personal, se frena de golpe la coacción. A partir de esa aceptación radical de la realidad, la pareja puede elegir, con base en sus valores de cuidado mutuo y conexión, cómo construir micro-momentos de intimidad viables y no necesariemente genitalizados.

La reforma laboral en nuestro país es también un tema de salud mental, de tejido social y de soberanía sobre nuestros propios cuerpos. Una sociedad que agota a sus ciudadanos al punto de impedirles el goce de su intimidad y el refugio de sus afectos es una sociedad clínicamente enferma. Defender el espacio de la pareja frente a la voracidad del mercado es hoy, más que nunca, un acto de resistencia íntima. Al final del día, el amor y el placer no deberían ser los restos sobrantes de una jornada laboral: son los cimientos sobre los cuales edificamos nuestra dignidad humana.

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