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Jorge Volpi

La letra escarlata y la IA

JORGE VOLPI

Un sitio literario reporta que la Premio Nobel Olga Tokarczuk reconoce haber usado inteligencia artificial; ante la avalancha en redes, aclara que solo se valió de ella para consultar datos. Semanas más tarde, los agentes de Jerry Falade retiran el manuscrito de la novela Call Me, I'll Hide the Body, que recibió una oferta de más de dos millones de dólares, porque no son capaces de certificar "cómo evolucionó el texto desde el origen", es decir, no están seguros de que no haya utilizado IA. En México, la periodista Yuriria Sierra publica un libro en el que reconoce haber conversado con LLM y sufre numerosas descalificaciones.

Estos casos revelan el prejuicio hacia cualquier escritor que se valga de la IA, tanto si lo reconoce como si no. Mientras en otras disciplinas, tanto científicas como artísticas, se ha convertido en una herramienta cada vez más natural -prestigiosas revistas, como el American Journal of Political Science, ahora aceptan que los autores usen IA a lo largo del proceso de investigación y escritura, siempre y cuando lo transparenten y se hagan responsables de los textos-, en el ámbito literario continúa siendo un estigma.

A diferencia de lo que ha ocurrido con la música, el audiovisual, las artes plásticas o las escénicas, donde siempre se asumió que la creación podía ser colectiva, nuestro sistema literario aún descansa sobre el mito del genio solitario del Romanticismo. Si bien la autoría jamás ha sido monolítica -de las epopeyas orales a La Fábrica de Alexandre Dumas o de los textos al alimón de Borges y Bioy a los experimentos del Oulipo-, persiste la obsesión por esa figura de autoridad que se asume superior al resto. Esta arrogancia ha provocado que la literatura se haya convertido en el campo más reacio al cuestionamiento de este principio, borrando la tradición que va de los juegos retóricos del barroco al nouveau roman, pasando por las vanguardias del siglo XX.

Hoy, el modelo de negocio basado en la autoría se ha visto confrontado con la más inquietante de nuestras invenciones: máquinas que usan el lenguaje de forma tan eficiente como los escritores que lo asumían como su patrimonio exclusivo. ¿La reacción? Primero, el pánico y la rabia y, luego, una serie de medidas para exhibir y sancionar a los escritores que usan IA.

Para cumplir con la Ley de IA europea, la mayor parte de los proveedores occidentales de frontera han implementado marcas de agua en los textos generados o corregidos con IA. Perversamente, el modelo no parece haber sido diseñado para funcionar, sino solo para satisfacer el ánimo público. Basta con que un texto generado con un modelo sea reescrito por un modelo chino, no sometido a esta regulación, para borrar la marca de agua, en tanto los modelos abiertos que corren localmente, como los de Kimi o Meta, vuelven obsoleta la idea. Por si no bastara, desde antes incluso de la entrada en vigor de la norma existían programas diseñados para degradar o eliminar estas letras escarlatas. El sistema desata así una carrera del gato y el ratón: en tanto los proveedores no ofrezcan herramientas públicas para detectar sus marcas, empresas como Pangram o GPTZero tratarán de identificar sus patrones y cada nuevo mecanismo de detección estimulará nuevas técnicas para eludirlo, en una tarea que difícilmente resultará concluyente.

El problema central, en términos literarios, radica en la obsesión por perseguir el origen de un texto, sin que importe el trabajo intelectual que implicó o su propio valor artístico. Los peligros asociados con esta nueva industria son incontables, pero, en vez de preocuparnos por imaginar nuevas formas de usar éticamente la IA -y de impulsar la transparencia en el proceso-, hemos optado por alimentar un ambiente de terror y por invertir la carga de la prueba, como en el caso de Falade: los autores serán sospechosos de usar IA hasta que no demuestren lo contrario. Tal vez ha llegado la hora de cimbrar de nuevo los límites de la autoría, como hicieron tantos escritores en el pasado, de Breton a Barthes. De este modo, podríamos dejar de invertir ingentes recursos en exhibir el origen artificial de un texto para centrarnos en evaluar los logros concretos de la tensión creativa que puede producirse en el trabajo crítico entre las máquinas y los humanos.

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