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La migración enriquece (pregúntenle a Infantino) [Primera parte]

Arturo González González

El Mundial de Fútbol 2026 es el mundial de los migrantes. De los 1,248 jugadores que participan en el campeonato de América del Norte, 289 no nacieron en el país que representan. Una cifra récord. Prácticamente uno de cada cuatro seleccionados juega para un equipo distinto al de su nacimiento. El hecho es más relevante de lo que parece. Es el reflejo de una realidad global que enriquece más de lo que divide en un momento de la historia en el que, otra vez, desde un sector de la sociedad, se tiende a satanizar a la persona de escasos recursos que "viene de fuera". Porque hay que ser precisos: en los países "desarrollados" donde la xenofobia ha resurgido, el discurso antiinmigrante se dirige principalmente contra seres humanos en condición de pobreza que, por necesidad, tuvieron que dejar sus lugares de origen, países de características fisonómicas dominantes distintas a la de los países destino. Es decir, la xenofobia casi siempre va acompañada de aporofobia (rechazo a las personas en situación de precariedad) y racismo. Por eso, que casi un 25 % de los jugadores mundialistas sean migrantes no es un asunto menor.

La migración mundial ha crecido de forma sostenida en los últimos cuarenta años al grado de convertirse en una característica estructural del sistema económico global. No se puede entender la riqueza de sectores sociales y países receptores sin la mano de obra inmigrante, como tampoco es posible comprender la resiliencia de naciones expulsoras sin los beneficios que reportan los emigrantes. En los últimos cuatro decenios el número de migrantes internacionales prácticamente se ha triplicado para alcanzar una cifra superior a los 300 millones de personas, un 3.7 % de la población mundial. La gente migra por tres razones principales: desigualdad, violencia y crisis climática. La segunda abarca desde la inseguridad criminal hasta la guerra pasando por la represión política. Se estima que en los próximos diez años 1,200 millones de personas llegarán a edad laboral en los países en desarrollo, mientras los estados nacionales receptores verán envejecer y disminuir su población activa. En medio de esa realidad contrastante, es imposible ver a la migración como un accidente del sistema. Se trata, más bien, de una respuesta a los desequilibrios que genera una estructura socioeconómica global sustentada en países pobres con excedente de población en edad laboral y países ricos con faltante de la misma.

La migración internacional es una consecuencia del capitalismo global a la vez que una condición de necesidad del mismo. La globalización neoliberal de las últimas cuatro décadas multiplicó las cadenas de producción, la interdependencia económica, el flujo de capitales y mercancías, pero también propició la movilización de personas a países en donde es necesaria la mano de obra barata para ejecutar aquellos trabajos que la población residente ya no quiere o no puede desempeñar. Además -y quizá esto sea lo determinante- para las empresas contratantes es más rentable contratar a un migrante en condición de vulnerabilidad que a un ciudadano, dado que a éste le tendría que pagar un mejor salario y dar más prestaciones. Es decir, la migración no sólo resuelve el problema de la falta de mano de obra en las economías receptoras, sino que también es una solución a la pérdida de rentabilidad por la disminución del costo productivo. Por eso creo firmemente que la estrategia de miedo antiinmigrante que sigue el gobierno de Estados Unidos actualmente no tiene como objetivo principal la deportación -de hecho, bajo el presidente Trump la deportación es mucho menor que con las administraciones demócratas-, sino el sometimiento de la mano de obra migrante a peores condiciones laborales más rentables para el capital.

No es una casualidad que entre 15 y 20 % de los trabajadores de los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) sean inmigrantes. El Fondo Monetario Internacional reconoce que la migración eleva tanto la producción como la productividad de las economías desarrolladas. Y esta mano de obra ya no sólo contribuye en sectores básicos, sino que también forma parte crucial en servicios de todo tipo, desde oficios hasta profesiones. Además, la idea de que los inmigrantes representan una carga para el Estado y el aparato de bienestar social es mentira. La OCDE reconoce que, en términos generales, la población inmigrante contribuye más en impuestos de lo que los gobiernos gastan en ellos en materia social, sanitaria y educativa, y sus prestaciones suelen estar muy por debajo de las recibidas por la población nativa. O sea que para los países receptores la migración no sólo representa una solución a la falta de mano de obra joven y a la baja rentabilidad de las empresas, sino que también significa una mayor recaudación tributaria y un menor gasto social retributivo en comparación con los nativos. Pero la migración también reporta beneficios al país de origen.


               
               

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Escrito en: Signo del zodiaco Mhoni Vidente Horóscopo Astrología

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