Imagen: Torch Media
En el arte pictórico, la sensibilidad infantil, la percepción visual y el desarrollo cognitivo temprano se entrelazan sin juicio crítico. Elencuentro del niño con la obra no comienza por la búsqueda de significado ni por una interpretación intelectual; es, más bien, una experiencia casi biológica. Su respuesta es honesta en lo sensorial, una apertura directa al color y a la organización del espacio. Como lo mencionan los investigadores María Acaso, María Isabel Merodio y Manuel Hernández en el libro Arte infantil y cultura visual (2005), el infante percibe la imagen desde una plasticidad que le permite explorar, asociar y reaccionar sin los filtros que con el tiempo impondrán la experiencia, el lenguaje y la cultura.
Para acercarnos a esta mirada, exploraremos en este texto la obra de Henri Matisse, Wassily Kandinsky y Karel Appel. La elección no se debe a una preferencia estética, sino a la posibilidad de observar en ellos ese espíritu infantil.
En Matisse, el niño encuentra la liberación del color en cómo el tono desborda el objeto y se convierte en atmósfera. En Kandinsky, descubre una arquitectura invisible, el sonido interno de la forma que vibra antes de convertirse en figura. En Appel, en cambio, aparece la urgencia del gesto, una materia pictórica que se siente con la mirada y lleva al impulso natural del juego. Más que funcionar como referencias, estos artistas son puntos de acceso para observar esa plasticidad en un estado reactivo, directo y dispuesto al asombro.
MATISSE: LA AUTONOMÍA DEL COLOR
Al observar las composiciones de Henri Matisse, el niño conecta de inmediato con la emancipación del color, como si no necesitara atravesar ningún filtro previo para entrar en contacto con él. En obras como La habitación roja, donde el rojo invade paredes, mantel y fondo hasta casi anular la profundidad, el color deja de describir los objetos y comienza a imponer su propia lógica.
Para la mirada adulta, el color funciona como un adjetivo —el cielo es azul, la manzana es roja—, una cualidad que forma parte de las cosas. Para la mirada infantil, es una fuerza autónoma que habita el espacio con peso propio y que no depende de ningún objeto para justificarse.
Mientras el espectador “educado” intenta identificar la figura —la mesa, la fruta, la silla—, el niño no se detiene en eso y se entrega a la vibración del plano saturado, a la intensidad colorida. En Matisse, el rojo no requiere la validación de la fruta, sino que aparece como una pulsión cromática que actúa sobre la retina y desencadena una respuesta neurofisiológica inmediata e involuntaria.

Esta correspondencia nace de una plasticidad cerebral sin fronteras entre lo visto y lo sentido, entre percepción y emoción. El menor habita el plano de Matisse con naturalidad, en parte porque su propia estructura cognitiva se encuentra en una fase de síntesis donde la mancha y el plano bastan para construir un sentido del mundo, sin necesidad de sistemas más complejos. Lo que ocurre es una forma de comunicación no verbal que desvía la lógica representativa y se enfoca directamente en la energía de la luz.
Matisse despierta la curiosidad del niño, permitiendo que la sensibilidad estética surja en la claridad de las formas y en la intensidad del matiz, mucho antes de que el entorno imponga una categoría lógica al fenómeno visual. Aquí, el niño es habitado por el color.
KANDINSKY: LA SINESTESIA DEL ESPÍRITU
Con Wassily Kandinsky, la mirada se vuelve rítmica, musical y estructural. En obras como Composición VIII, donde líneas, círculos y planos parecen organizarse como una partitura, el niño no se pregunta qué significa una línea quebrada o un círculo suspendido; más bien sigue el movimiento de las formas, como si algo en ellas marcara un ritmo. Percibe el “sonido” y la tensión de la composición como una experiencia sensorial que se repite y que se organiza frente a él.
En la infancia hay una capacidad sinestésica, una forma de mezclar los sentidos que con el tiempo se va perdiendo. Esta sinestesia se debe a que las conexiones neuronales aún no están especializadas. Los colores, entonces, pueden sentirse como timbres y las formas como presiones o pausas dentro de una partitura que se construye mientras la mirada se desplaza.
Las abstracciones de Kandinsky conectan con ese momento en que el cerebro infantil empieza a ordenar lo que percibe, una organización simple donde ciertas formas se agrupan, se separan o se equilibran sin necesidad de explicación. Pero los puntos y las líneas que parecen flotar no están ahí al azar; el niño reconoce que hay una dirección, una relación entre ellos, algo que se repite y se sostiene.
Al recorrer estas formas, no busca identificar figuras, sino que sigue el orden que se le presenta y se deja llevar por él. El recorrido no es lineal, el ojo regresa, insiste en ciertas formas, se detiene en relaciones que no entiende del todo pero que reconoce como parte de una composición… su mirada aprende al observar. La conexión con la mancha y el trazo ocurre armónicamente,sin traducirse, como si esa organización fuera familiar.

KAREL APPEL: LA MATERIA COMO TERRITORIO DE JUEGO
En la obra de Karel Appel, la sensibilidad estética se encuentra con la necesidad del tacto y con una materia que parece viva. En pinturas como Clown, donde las figuras parecen construidas a partir de brochazos espesos, el niño reconoce una forma de expresión cercana a su propio gesto. El estilo gestual y salvaje de Appel se une con el infante que comprende y aprehende el mundo a través de la acción física, del hacer más que del pensar. Ahí es donde el aspecto emocional se vuelve central en la experiencia. Los niños captan de inmediato la atmósfera de un cuadro y transforman lo que ven en algo vívido, cercano, tangible.
Appel trabaja con un trazo que se desplaza por el espacio con una libertad que el niño reconoce como propia, cercana a su forma dejugar sin reglas. Es el arte entendido como una extensión del cuerpo y de la vida. Esa relación la experimenta como un instinto, donde ver y hacer son parte del mismo impulso. En ese momento, el menor no solo observa la obra, también se proyecta en ella, reconociendo el empaste y el brochazo como una invitación al movimiento y a la acción. Esta identificación desdibuja la separaciónentre quien mira y lo mirado, estableciendo un vínculo directo entre el artista y la intención del pequeño.

RECUPERAR LA MIRADA PURA
La mirada infantil muestra que la belleza y la conexión no son algo aprendido, sino resonancias biológicas y prelingüísticas. Al acercarnos a Henri Matisse, Wassily Kandinsky y Karel Appel desde esta perspectiva, entendemos que el arte no es algo que deba enseñarse a “comprender” mediante etiquetas, periodos o estilos, sino algo a lo que se vuelve a través de los sentidos.
La mirada del niño, con su plasticidad y su honestidad, se presenta como un encuentro directo entre nuestra arquitectura neuronal y el asombro frente a lo visible. En esa apertura al estímulo, en esa forma de recibir la atmósfera de un cuadro sin prejuicio, sesostiene la parte esencial de la experiencia estética.
El niño no necesita explicación. Su relación con la obra no pasa por el significado, su encuentro con ella es sin mediación. Tal vez el arte es ese momento en el que, como sugiere Wassily Kandinsky, la forma y el color se experimentan antes de ser traducidos.
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