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La mirada melancólica del arte

De la bilis negra a las promesas rotas de la modernidad

Imagen: Adobe Stock

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ABRAHAM ESPARZA VELASCO

Si bien en la Antigüedad se consideraba a la melancolía como una enfermedad, a partir del Renacimiento se comenzó a asociar con cualidades contemplativas propias del uso de la razón, vinculándose a la idea del “genio artístico”. En la actualidad, sin embargo, la tristeza profunda nace de la observación de un mundo “en ruinas” que se ve reflejado en expresiones artísticas variadas: desde obras plásticas hasta arte digital. 

Desde la Antigüedad clásica, la melancolía ha estado presente como un concepto universal. Cualquier persona la ha sufrido, pero es una regla escrita que el artista, o por lo menos la manera arquetípica en que se lee la personalidad artística, viaja ineludiblemente por ese estado emocional.

La tristeza es un lugar común al que se llega después de obtener conocimiento. Reflexionar sobre nuestra existencia nos enfrenta a hechos difíciles de aceptar, por ejemplo, la fragilidad individual y el poco control que tenemos de nuestro entorno, ambos temas sobre los que el artista debe reflexionar para emitir su perspectiva a través de sus creaciones. La labor de introspección los deja expuestos, vulnerables ante la indeterminación implícita de la naturaleza humana.

EL GENIO ARTÍSTICO

En los tiempos de la medicina hipocrática griega se creía que la bilis negra, cuando estaba más presente que las otras tres sustancias básicas del cuerpo (sangre, bilis amarilla y flema), producía melancolía. Pero Aristóteles estableció, además, que el también llamado humor negro favorecía tanto a la genialidad como a la desesperación. La melancolía se ha transformado, desde ese momento, en una categoría estética, filosófica y psicológica cuya presencia en el arte es común. 

Es durante el Renacimiento que pasó de ser una enfermedad a convertirse en un componente del genio artístico. El exceso de bilis negra estaba relacionado no solo con la tristeza, sino con la introspección y la contemplación. El llamado temperamento saturnino define a este estado anímico como signo de la razón, presente en el carácter y la conducta de los artistas, tal como se describe en el compendio Nacidos bajo el signo de Saturno (1982).

Los astros, la reflexión y una figura femenina idealizada son elementos básicos de la representación de la melancolía en la iconografía medular de Alberto Durero, que es considerada un arquetipo. La mujer alada es a la vez poderosa y aletargada, rodeada de artefactos como el compás, una esfera, un poliedro y herramientas de medición.

Con la presencia de instrumentos técnicos se sugiere una tensión significativa entre las facultades racionales y las limitaciones del espíritu humano, una insuficiencia ineludible: la idea de sentirse pequeño ante el universo.

Melancolía I (1514), de Alberto Durero.
Melancolía I (1514), de Alberto Durero.

La balanza, la campana y el cuadro mágico —un cuadrado con números que suman una misma cantidad en diferentes disposiciones—, siendo símbolos astrológicos y numéricos, implican una síntesis de la tradición medieval que alude al llamado “mal saturnino” y a la frustración propia del quehacer creativo.

Esta herencia renacentista se encuentra presen te en El sueño de la razón produce monstruos (1799), grabado de Francisco de Goya que muestra una figura en una posición parecida al ángel de Durero, aunque en una pose que recuerda más al postramiento, a la inconsciencia. De este modo, el artista español señala a la razón como una puerta que abre paso al desencanto. La crisis espiritual, la inquietud intelectual y las convulsiones colectivas del mundo en aquella época confluyen en una tristeza que funge como una reacción natural ante lo que escapa del control humano. Así, esta emoción adquiere una nueva fuerza desde la mirada de Goya, en un momento histórico definitorio para la estética de la melancolía. 

LAS PROMESAS ROTAS DE LA MODERNIDAD

En 1621, el clérigo y erudito inglés Robert Burton definió la melancolía como una condición universal derivada de la modernidad temprana y las tensiones espirituales de ese periodo.

Durante el Romanticismo se percibió como un sentimiento de la sublimidad, ligado a la conciencia de la infinitud —muchas veces surgida de la observación del paisaje—, como ocurre en la conocida obra El caminante frente al mar de nubes (1818), de Caspar David Friedrich, donde la mezcla entre grandeza y cierto temor se une a la contemplación del horizonte. La experiencia espiritual resultante tiene que ver con la cualidad estética de lo sublime.

La melancolía, en este momento histórico, se relacionaba no sólo con la sensación de pequeñez ante el mundo, sino con el memento mori —que se traduce como “recuerda que vamos a morir”— y el vanitas, tipo de bodegón que incluye la marchitación de elementos orgánicos como símbolos de finitud.

El siglo XX, sin embargo, contempló perspectivas científicas, como la del psicoanálisis o lo sociohistórico, al momento de configurar la tristeza. “Hay dos formas de ser feliz: una es hacerse el idiota y otra es serlo”, afirma la frase atribuida a Sigmund Freud —pero que en realidad no aparece en ninguno de sus textos. Esta cita irónica y pesimista resuena con la concepción moderna de la melancolía. 

Lejos quedaba su percepción como mera exacerbación emocional, cediendo paso a la razón como uno de sus ejes definitorios, aunque ya no desde la perspectiva de “genialidad” del Renacimiento, sino desde un pesimismo marcado por las guerras mundiales y los cambios de aquellas décadas.

Freud distinguía la melancolía de la depresión definiéndola como la pérdida de un objeto de manera no totalmente consciente, es decir, para él era una identificación dolorosa con lo que se ha perdido.

Posteriormente, en el libro El sol negro (1987), la filósofa y psicoanalista búlgara Julia Kristeva la equiparó con un fracaso simbólico, una imposibilidad de traducir el dolor en lenguaje. El sufrimiento no expresado se somatiza, generando una incomodidad emocional y física, pero también una falta de entrenamiento para escuchar el dolor de los demás. 

Vanitas (1640), de Harmen Steenwijck. Imagen: Wikimedia Commons
Vanitas (1640), de Harmen Steenwijck. Imagen: Wikimedia Commons

Vale la pena, además, considerar la visión del melancólico que Walter Benjamin plasmó en El origen del drama barroco alemán (1925), donde señala que este mira a su alrededor reconociendo la verdad histórica de que el mundo contemporáneo se ha construido sobre guerras y desastres. Por lo tanto, observa con detenimiento y busca más allá de lo evidente. El arte del siglo XX se suscribe, entonces, a una des ilusión por las promesas perdidas de la modernidad.

Las fotografías del estadounidense Gregory Crewdson, por ejemplo, capturan escenas suburbanas taciturnas, herederas de la tradición del pintor Edward Hopper. La intención del fotógrafo es advertir sobre la fractura del sueño moderno.

Incluso proyectos más actuales y más cercanos al entretenimiento, como son las instalaciones inmersivas de teamLab o videojuegos posapocalípticos como The Last of Us, basan su estética en la observación silenciosa de un entorno en ruinas a través de imágenes que nos parecen bellas e incluso sublimes, que nos transportan a la anteriormente mencionada contemplación melancólica.

La tristeza hoy tiene su base en tragedias como la ambiental, en las características de un mundo que ha cedido ante factores económicos y sociales que, más que nunca, escapan al control individual.

Ninguno de estos temas son ajenos al arte; por el contrario, han estado atravesando sus discursos a lo largo de las décadas, adaptándose conforme el entorno se transforma.

UNA ACTUALIDAD HEDONISTA

Cuando el filósofo y psicoanalista Slavoj Zizek ejercía como terapeuta, recogía testimonios de personas que se reconocían conflictuadas por no sentir suficiente placer. Buscaban un estado de ánimo positivo casi por obligación, como si fuera una carga autoimpuesta. 

La actualidad está marcada por un deseo constante de felicidad inmediata, régimen que requiere de un entorno social que lo mantenga y propague. En este sentido, el mundo es uno de posibilidades infinitas donde ha surgido lo que el filósofo Byung-Chul Han llama la “sociedad del rendimiento”, que se caracteriza por reproducir un discurso donde todas las metas que nos propongamos son realizables si hacemos un esfuerzo suficiente. Eso genera la idea errónea de que si alguien no alcanza sus objetivos es únicamente debido a sus fallas personales, dejando fuera todo factor externo. Por supuesto, esta obsesión con el rendimiento está directamente relacionada con un cansancio mental y físico que nos deja ante sentimientos como es el de la insuficiencia.

Para Han, la subjetividad neoliberal está marcada por el agotamiento y la incapacidad para la pausa contemplativa. La personalidad melancólica, pues, se ve en la encrucijada de vivir en la aceleración y la exigencia de productividad, sin poder lograr la introspección que la caracterizaba en épocas anteriores.

El filósofo británico Mark Fisher, en Realismo capitalista (2009), argumenta que la cultura contemporánea es la de una “melancolía de un futuro perdido”, donde prevalece la sensación de que las posibilidades sociales y políticas imaginadas en el pasado han sido clausuradas. A eso se añade que, en este modelo económico, la afectividad también se gestiona como si fuera capital, según teoriza la socióloga Eva Illouz. 

Pero en este contexto, cuando surge la tristeza profunda, irónicamente, el individuo deja de funcionar para la sociedad y, por lo tanto, la melancolía se convierte en una respuesta natural a la pérdida de comunidad, al colapso ecológico y al dominio de un placer impostado. Quizá la melancolía revele, a través del arte, las preocupaciones que la sociedad del rendimiento oculta a simple vista.

Instalación Planets (2018), de teamLab. Imagen: teamLab
Instalación Planets (2018), de teamLab. Imagen: teamLab

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