La Revolución mexicana ha sido narrada desde casi todos los frentes: el de los generales, el de los vencedores, el de los derrotados. Hace cien años, sin embargo, Nellie Campobello eligió otro punto de vista. El 9 de julio de 1926 apareció Cartucho, un libro que cambió la manera de escribir sobre la guerra y cuya primera edición cumple ahora un siglo. Para conmemorar este aniversario, la editorial Era, que actualmente resguarda los derechos de la obra, celebra la vigencia de uno de los clásicos de la literatura mexicana.
Nacida en Villa Ocampo, Durango, y criada en Parral, Chihuahua, Nellie Campobello es una de las voces fundamentales de la literatura del norte de México y una figura imprescindible para comprender la narrativa de la Revolución. También fue bailarina, coreógrafa y promotora de la danza, pero en Cartucho encontró una forma de escritura absolutamente singular. En vez de reconstruir la guerra desde los grandes acontecimientos, reunió escenas, recuerdos y voces que sobreviven en la memoria de una comunidad. La mirada de una niña organiza el relato. Sin inocencia observa, recuerda y registra sin explicar, dejando que sean los hechos y las palabras de los otros los que revelen el horror.
En el prólogo de esta edición conmemorativa, Jorge Aguilar Mora se pregunta por qué una obra de tal originalidad pasó casi inadvertida durante tanto tiempo. Su respuesta va más allá del menosprecio hacia el talento de una escritora. Señala que Cartucho tampoco coincidía con la versión de la Revolución que terminó por imponerse. Campobello escribió sobre el periodo más cruel del conflicto, entre 1916 y 1920, cuando el villismo era perseguido y derrotado, y otorgó voz a Villa y a sus soldados en un momento en que predominaba el repudio hacia ellos. Aguilar Mora recuerda, además, que Cartucho no fue el único libro excluido del canon revolucionario: otras obras que se apartaban del relato oficial también quedaron durante años fuera de las listas de títulos imprescindibles.
El libro está integrado por breves estampas inspiradas en personajes reales. Soldados villistas, madres, vecinos, muchachas, niños y fusilados aparecen apenas durante unas páginas, suficientes para fijar un gesto, una muerte o una historia. Ahí están Nacha Ceniceros, convertida en leyenda por su valentía; Elías Acosta, cuya elegancia persiste incluso después de muerto; o Pancho Villa, visto desde la cercanía de quienes convivieron con él y no desde el pedestal de los héroes. La violencia nunca busca el efectismo. Forma parte de la vida cotidiana y convive con la curiosidad, el humor, la ternura o el asombro propios de la infancia.
La prosa de Campobello es precisa y contenida. Cada fragmento parece independiente, pero todos juntos construyen un mosaico donde la memoria personal adquiere el mismo peso que la historia oficial. Esa combinación de oralidad, lirismo y economía narrativa explica por qué Cartucho sigue siendo una obra difícil de clasificar y, al mismo tiempo, una lectura imprescindible.